miércoles, 18 de noviembre de 2015

Para ti

Hoy te he visto, de pronto, en la pantalla del ordenador y se me ha arrugado el corazón.

He podido sentir la contracción en mis entrañas. Tú siempre me remueves, aunque no deba ser así.

Me dueles.

¿Por qué? ¿por qué? ¿por qué?

Yo sé la respuesta.

Junto a ti he sido más yo que nunca, junto a ti he aprendido, he crecido, he mejorado.
He vivido las sensaciones más intensas de toda mi vida.

Tú me has vuelto loca.

Y ¿qué es esto? ¿dónde estamos? ¿qué cojones estamos haciendo?

No te pregunto dónde estás, porque lo sé. Estás en mí, enquistado. Estás en mi mente cuando desayuno con mi preciosa familia, cuando trabajo con ganas y me siento eficaz, cada vez que comparto datos con otro ser humano.

¿Eso fue lo que nos pasó? ¿Esa era toda la información que debíamos compartir?

No lo creo.

Nos cortaron la línea las circunstancias.

¿Piensas en mí alguna vez? Estoy segura que sí. Y que te preguntas qué es esto, dónde estamos y qué cojones estamos haciendo.

Somos idiotas.

Y hoy, que consigo todo lo que me propongo, que soy lo que siempre quise ser, que por fin creo en mí, también te recuerdo. Porque tú siempre lo hiciste, siempre me veías cuando ni yo misma lo hacía.

Gracias por eso.

Gracias por enseñarme el pensamiento práctico, por compartir mis ideas de bombero, por divertirnos tanto, por esos pitis compartidos, por permitirme quererte tanto y por quererme tú a mí.

La vida nos tiene preparados distintos caminos ahora, aprovechemos para recopilar información, porque en esta misma vida nos volveremos a encontrar y deberemos compartirla y ya no se acabará nunca.

Nos veremos pronto, nos daremos un abrazo apretao y no nos acordaremos  de que ha pasado el tiempo, ¡tengo tantas cosas que contarte!

Hasta entonces, cuídate mucho y sé muy feliz.

Tu amiga que te añora y te quiere con todo el corazón.




jueves, 12 de noviembre de 2015

Experimentación interplanetaria


Hasta hace unos años yo quería morirme todo el rato.

Mis días eran una agonía y en la noche no encontraba alivio a mi sufrimiento.

Mi cabeza no paraba de pensar y pensar. Se solapaban los pensamientos negativos, no daba abasto, tenía mucho trabajo reflexionando sin llegar a ningún lado.

Estos pensamientos destructivos no dejaban sitio a los buenos, ni me permitían operar con normalidad. Algo tan simple como vestirme, qué digo vestirme, simplemente levantarme por la mañana era todo un reto.

Recuerdo la decepción al despertar, por seguir viviendo, por seguir en este mundo.

Me inventé que en realidad esta no era la vida, la vida era otra y era espatarrante. Lo que me pasaba es que formaba parte de un experimento maquinado por seres superiores, que ponían obstáculos constantemente a mis pasos y depositaban un saco de cien quilos sobre mis hombros para dificultarme la tarea.

Y nada me valía. Porque todo era mentira. Yo era mentira.

No se puede construir en base a la mentira y mi experiencia en la vida formaba parte de un estudio interplanetario.

No valía la pena intentar escapar, los SIMS no pueden decidir y yo tampoco podía.

Tenía un chip que reproducía imágenes de momentos traumáticos del pasado de forma constante. Y otro, que me decía al oído que nadie sabía que existía yo y a veces me recordaba que todo ser que yo quisiera,  moriría.

Por las noches, si conseguía cerrar los ojos, soñaba estar entre ovillos gigantes de lana que se entrelazaban, estaban enredados y eran eternos, yo trataba de desliarlos pero eran enormes y  estaba tan cansada...


A veces, conseguía compañía para dormir y era glorioso. Durante un ratito no tenía miedo. La ventana no se abría y cerraba sola, no habían personas en la habitación con cara de nada, personas que no debían estar.

Un día se me ocurrió tocar las pelotas a los marcianos manipuladores.

No podía cambiar el escenario, pero podía cambiar el personaje.
Decidí ponerme una careta invisible que solamente yo sabía que llevaba. Mi nuevo personaje desoía los mensajes negativos, ponía sentido del humor a todas las situaciones que se le presentaban, pasaba olímpicamente de los problemas terrenales, no solucionaba ninguno, no tenía fuerzas, pero de eso no tenía que darse cuenta nadie o el plan fracasaría.

Mentira, todo mentira.

La vida seguía sin serme grata pero al menos tenía la motivación de joderle el experimento a los psicópatas que me torturaban.

Así estuve unos años, con la máscara de alguien que tampoco era yo. Sobreviviendo y deseando que una certera maceta cayera de una ventana directa a mi cráneo, la maceta liberadora.

Pero la verdad siempre prevalece, sale a flote como el aceite en un vaso de agua.

Y la verdad es que todo seguía siendo una mierda y que ya no me satisfacía boicotear el plan.
Comencé entonces a pensar en desaparecer del escenario, matar al personaje. Ya había constatado que no iban a permitir que eso pasara por azar, tenía que procurarlo yo.

Y así, una noche de tantas, una que precisamente no planeaba hacerlo, lo hice sin más.

Y mi último pensamiento fue para mis niñas, y fue uno bonito, porque yo no iba a estar para ser un mal referente en sus vidas, lo entenderían algún día. Los demás no se darían ni cuenta de mi marcha.

Iba a ser libre y con suerte, iría a la vida de verdad. Donde la mente piensa las cosas de una en una, donde hay amor por todos los lados y nadie tiene miedo de darlo, ni de recibirlo, donde puedes ser de verdad y no hay miedo, ni dolor.

Y volví y me enfadé mucho.

Ahora sí que me la habían jugado pero bien. Se me había acabado el rollo. Ya no valía la careta que llevaba hasta el momento.

Pero eso no era todo. El Karma me tenía preparada una buena lección.

Mi madre tuvo que venir desde lejos para echarme una mano con esto, fuimos a un psiquiatra nuevo, me hizo el mismo apaño que los demás...

Se concluyó que no podía hacerme cargo de mí misma, hablamos de que mi abuelo me tutorizara, fuimos a verlos para contarles lo sucedido y pedirles ayuda.

Y al llegar a casa de mis abuelos, nos recibió su perro, sobreexcitado, como siempre.

Aunque esta vez no pudo soportar tanta emoción.

Mi abuela cayó desmayada en el mismo pasillo donde nos estaba recibiendo, mi abuelo, fuera de sí, trató de hacerle la reanimación cardio-pulmonar, desgraciadamente sin éxito.

El perro de la familia murió, murió de emoción, de felicidad, ¡qué increíble forma de morir!

Y mis abuelos murieron un poco con él. Ya nunca volvieron a ser los mismos, y hoy, después de once años, todavía lloran su pérdida.

Él era su magnífico y fiel compañero, pero era un perro.

Yo soy una persona, soy su nieta.

¿Cómo coño llegué a creer que tenía derecho a hacerles tantísimo daño? ¿con qué licencia me creo yo para pretender acabar con una vida que en parte me han regalado ellos? ¿Cómo pude llegar a sentir claramente que estaba sola en esto, que mis decisiones me repercutían solamente a mí?

No tengo ni puta idea.

Pero con la marcha de Yanko, finalizó el proyecto de experimentación interplanetaria, cogí las riendas de mi vida y empecé a trabajar en mí incansablemente y como no sabía dónde estaba mi eje, decidí que iba a dejarme llevar por el amor que los demás demostraban hacia mí, por sus consejos, iba a ir de su mano y cuando ya pudiera de nuevo volar sola, volaría.

Y eso hice.

Y trabajé y trabajé, y sigo trabajando. Porque la depresión siempre está al acecho, no puedes bajar la guardia, y cada día pongo otra piedra en la trinchera, para cuando lance sus misiles, no me alcancen.

Para que nunca vuelvan los jodidos marcianitos.



viernes, 16 de octubre de 2015

Martes trece.



Me pregunto qué pensaste al despertar, si te cagaste en el despertador cuando te avisó temprano de que se había terminado el puente y tocaba currar.

Me pregunto si tu cuerpo te había dado algún aviso y no te diste cuenta.

Me pregunto si despertaste pensando en ella.


Yo espero que sí.

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Tu piedra preciosa me dijo por la mañana que no podía soportar más frío que el que hacía ya ese martes de otoño, no tenía ni idea de que iba a ser el otoño más gélido de su vida, y posiblemente el invierno.

No te preocupes, la vamos a abrigar todo lo que podamos.

Sin darnos cuenta, el destino lanzaba señales de que algo inminente iba a pasar, y no pensábamos que la carta del tarot, que decía que iba a tener que renunciar a algo, se iba a referir a ti.

A ti no hubiese renunciado nunca.
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Tu partida me ha hecho pensar.

Deberíamos vivir como si hoy fuera nuestro último día en La Tierra.
Deberíamos planificar menos.
Deberíamos decir más veces TE QUIERO y decirlo de verdad.
Deberíamos lanzarnos más y no esperar a estar completamente seguros de nada.

Porque ya lo ves, no hay nada seguro.

Deberíamos despertar cada mañana agradecidos por respirar.
Deberíamos cuidar nuestro cuerpo para alargar el camino.
Deberíamos disfrutar al máximo, y cuando no, poder echar mano de recuerdos e ilusiones.
Deberíamos acostarnos con la satisfacción de no dejarte nada en el tintero.

Porque ya lo ves, tu corazón se rompe y la clase se queda sin hacer.

Deberíamos sentarnos y dibujar nuestros sueños.
Deberíamos sonreír todo el tiempo, porque tenemos una oportunidad, estamos vivos.
Deberíamos ser fieles a nosotros mismos.
Deberíamos desprogramarnos.

Porque ya lo ves, mueres solo tú, deberías vivir siendo tú y no lo que se espera de ti.

Deberíamos hacer el amor como los locos.
Deberíamos perdonar a los demás y a nosotros mismos y seguir adelante.
Deberíamos trabajar y aprender mejor, pero menos tiempo.
Deberíamos meditar un ratito al día.

Porque ya lo ves, qué frágil es la vida.

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Me pregunto si sabes que ya no estás.
Me pregunto dónde estás.
Me pregunto si sigues siendo.

Si estás cabreado con la vida o si por el contrario, aceptas con serenidad este cambio de planes.

Me pregunto si estás satisfecho o si te faltó algo.

Espero que sientas paz y que no la olvides, porque ella no va a hacerlo nunca.

Gracias por darme una gran lección de vida, en la muerte.

Gracias por tu último domingo.

Me ha encantado conocerte, feliz viaje.






jueves, 8 de octubre de 2015

La vida que se fue de mí.

Aunque parezca imposible, yo cuando nací era muy pequeña.

Creo que por entonces ya era vieja, pero fingí ser bebé para no acojonar a nadie.

Pasaron los años y empecé a interpretar el papel de niña. Y cada vez era más difícil ser y vivir como los demás esperaban que lo hiciera.

Pero yo tenía un plan.

Me gustaba mucho observar situaciones cotidianas.

De cuando mi tía la pequeña se decía cosas al oído con mi tío y se metían mano, creyendo que nadie les miraba, (aunque yo los espiaba de reojo y mi abuelo los miraba como si estuviera a punto de desenfundar la escopeta de su difunto padre) aprendí que las parejas pueden ser cómplices, pueden reír juntos, disfrutan de su tiempo en común y se demuestran cariño.

Yo de eso no tenía ni puta idea.

Siempre tuve la sensación de que a mis padres los habían juntado, con mala leche, un poder superior o algo así.

La sociedad de los cojones, de nuevo, lo que se supone que debemos hacer, eso los unió.

Recuerdo a mi abuela empalmando el desayuno con la elaboración de mil botes de conserva, el arroz con leche de postre para los diecisiete o un rancho de caracoles. Recuerdo entonces, admirarla por su esfuerzo y sentir repelús al mismo tiempo,  por echarlo tanto en cara.
Es curioso que, por mucho que me esfuerce, no consiga visualizar una sola cara de satisfacción por tener a todos sus hijos y nietos a su alrededor. Creo que ella no consigue disfrutar de ello.

Creo que, por ella, y por todos aquellos que  no pueden, me propuse a mí misma amar a mi familia con toda mi alma y no perderme ni un detalle mientras estemos juntos, ni bonito, ni feo.
Aprendí que querer es mucho más que vestir a tus hijos limpios y sin descosidos, llenar el estómago a tu marido con deliciosos platos o agasajar a los invitados con lo que no sueles poner para los tuyos.

Gracias iaia.

También recuerdo especialmente un momento en el que el salón parecía el Valle de los Caídos, que era lo habitual a la hora de la siesta y mi tía favorita abrazaba a mi prima Raquel en su habitación. Era tan chiquitita... La arrullaba con tanto amor, la acariciaba suave, la olisqueaba. Era su momento, el momento de las dos, y yo lo compartía con ellas sin que se dieran cuenta.

Lo siento, chicas. Pero no me arrepiento de ser testigo de uno de los momentos más bonitos que puedo recordar.

Ahora sé que empecé a reconciliarme con mi faceta de hija cuando comprendí que entre ellas se daban paz, cuando miraba la expresión de mi tía conteniendo la emoción al observar a su bebé.

Sé que mi madre también me ha mirado así, pero yo no me permitía reconocer el amor en sus ojos.

Perdóname, mama.

Y bueno, así iba creciendo, sin interesarme absolutamente nada lo que los niños hacían y fijándome en lo que me gustaba y lo que no, de los mayores.

Tenía que aprender a ser grande. A valerme. A no necesitar. Porque si no necesitas, no te decepcionas.

Y decidí no vivir, decidí prepararme para la vida que había planeado. Pero mientras, la vida se iba.

Y me hice mayor, y me di de hostias hasta en el carné de identidad, y lloré un mar, pero, ¿cómo era eso posible? Me había estado preparando tanto para ese momento...

Entonces me inventé que no podía vivir todavía, porque mi cuerpo no era como debía ser.

Y me destruía desde fuera, pero eso te lo cuento otro día.

Otra vez aplazando, otra vez dejando escapar la vida.

Y llegó el día en que me permití ser madre, y me tocó serlo en la muerte. Y me topé con la realidad.
Cuando pude sacar una lectura, comprendí la más valiosa de mis enseñanzas: Que la vida es frágil pero es un regalo maravilloso.

Más tarde volví a experimentar otra maternidad, esta vez en la vida. Y este aprendizaje complementó al primero y me dije a mí misma "ni un minuto más", no aplazo más vivir, no alargo más la posibilidad de ser feliz, no me quedo en el limbo más por miedo a sufrir.


Y ahora solamente quiero ser yo, no un collage de los demás.

Y ya no se me escapa ni un segundo más de vida.




jueves, 16 de julio de 2015

Gatita.



Y entonces cierro  los ojos y puedo verme a mí, en esa habitación tenue, tranquilita. Arropada por él, por su amor, por su fuerza. Embriagada de emoción, de orgullo por la grandiosidad del momento, por la intensidad de las sensaciones.

Concentrada en mí, en ti y en la magia.

Puedo verme porque estoy en otro plano, otro infinitamente superior que el que nos proporciona la vida terrenal.

Y me observo. Estoy en una cama, concentrada, abriéndome, disfrutando, absorbiendo cada segundo para no olvidarlo, comunicándome contigo para hacerlo juntas, conociendo de verdad a mi cuerpo, su fortaleza, admirándolo, reconciliándome con él.

Y soy tan pequeña, tan poco capaz. Necesito a mi madre, yo sola no voy a poder hacer algo tan importante, nunca hago nada bien, ni nada hasta el final. 

Sin embargo, con mis propios ojos estoy constatando cómo sí lo estoy haciendo, cómo puedo.

Tú mereces todo mi empeño, mereces ser bienvenida como el milagro que eres, mereces que yo me inspire en ti para recuperar las ganas de vivir.

Todos deberíamos ser tan amados como para formar parte de la inspiración vital de otro.

Pero es que yo también soy pequeña, como tú. Siempre he sido una pequeña haciendo cosas de grandes, me tienes que ayudar con esto.

No sé por qué estoy aquí, cómo es posible que yo vea todo lo que está pasando y nadie me vea a mí, ni por qué yo soy una niña pero me puedo ver en esa cama con un cuerpo tan grande, sonriendo y llorando al mismo tiempo, ¿estaré loca?

Esa es otra. Estoy loca.

Pero esta vez no son las normas sociales o los consejos de los demás lo que me empuja, eres tú, son tus ganas, tu entusiasmo por empezar ya una vida que a mí me aterra.

No tienes ni idea de lo que hay aquí, yo todavía me sorprendo a diario. No va a ser fácil.

Y luego está EL TEMA, ¿te has pensado bien hacer esto conmigo? Es fundamental elegir un buen compañero de camino. Yo no soy buena en esto, antes de que te encabezonaras en aparecer yo ya perdí tres veces esta partida.

Soy una niña y no me entiende nadie. Y ahora me veo  en esa cama y no sé qué puedo hacer para ayudarte, para ayudarnos.

Se me ocurren unas ideas muy locas: ¿y si dejo de ser una espectadora? ¿y si participo de mí? ¿y si yo decido cómo recibirte? ¿y si respeto mis tiempos y a mi cuerpo?

Voy a volver, me tumbaré en esa cama, me abrazaré a mí misma, me daré fuerza, aliento, entusiasmo y ganas, y entonces creceré,  pero nunca me iré del todo.

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Has nacido de mí, gatita, he podido. 

Mi cuerpo ha dejado de ser mi enemigo y le estaré eternamente agradecida, he planeado cada detalle de tu nacimiento y lo han respetado. 

Me he sentido querida, realizada como mujer, inteligente, fuerte, valiosa y ¡viva!

Ya nunca nadie podrá decirme que no puedo, ni yo tampoco, porque he podido sin la ayuda de nadie más que la tuya.
Gracias, porque me has ayudado a curar a la niña herida que malvivía en mí. Ahora es feliz.
Trataré de devolverte el favor,  acompañándote con todo mi amor, descubriendo juntas lo maravilloso que es vivir.

“Gracias por ese día en el que mi mente hizo click, gracias por estos dos años, han sido los más felices para mí.
Sigue divirtiéndote, gatita.

Te quiere con el alma, mami.”


La cama volando. Frida Kahlo. 1932.

jueves, 7 de mayo de 2015

Rodrigo.


Ella posó la mano sobre la de él y volcó todo su amor.

Él la recibió como si fuese un manantial en medio del desierto, sediento, ansioso, agradecido.


Rodrigo era un chico guapo, alto, atlético. Sus ojos amarillos, lucían brillantes, llenos de vida.

Rodrigo era feliz.

Vivía en un piso de 70 metros sin ascensor de un barrio obrero de Barcelona. Trabajaba duro en una fábrica de tocadiscos, tras sus horas, hacía extras y tras sus extras, hacía reparaciones en su casa.

En casa tenía todo lo que podía necesitar: Sus aparatejos de genio loco, su pijama planchado, su traje de domingo, sus recuerdos del pueblo del que un día salió en busca de un futuro mejor, su paella de los fines de semana, sus cuatro retoños, su fiel compañera Chispa, que le recibía siempre moviendo el rabito, y Teresa, su amor.

Para Rodrigo su mundo empezaba y terminaba allí, en su hogar, donde tan seguro se sentía, desde donde creía ser capaz de cualquier cosa. 
Era en la alfombra de su salón donde subía a sus niños a su espalda y simulaba ser un caballito, donde los sábados por la noche se marcaba unos pasos de baile con su señora y donde después hacían el amor, eran sus siestas después del telediario, donde su madre y su querida suegra pasaron sus últimos días. Su templo.

Y el trabajo era únicamente un medio para conseguir un fin, el bienestar de su familia.

Últimamente Rodrigo prefería trabajar desde casa, tenía suficientes encargos y dedicaba a sus inventos el tiempo que le quedaba libre.

Le gustaba escribir poesía.

Sus niños cada vez pasaban más tiempo en la escuela y  Teresa se pasaba el día en la cocina.

Se sentía extraño, pero todo tenía que estar bien porque estaba en casa, en casa nada malo podía pasar. Le dolía un poco el cuerpo pero pronto la gripe mejoraría y podrían salir a merendar con los niños, y Teresa se pondría ese vestido de flores que le volvía loco de amor.

Pronto pasaría este invierno.


Pero ahora esta mujer cogía su mano y le pedía por favor que la mirara a los ojos y dijera su nombre.

Y Rodrigo no tenía ni idea de quién era, ni de qué hacía en su casa, ni de qué le iba a decir a Teresa si les encontraba en medio del salón agarrados de la mano.

"- Abuelo, por favor, mírame."

Y estaban a punto de dar las cinco y media y los niños no habían llegado de sus clases, ¿qué estaba pasando?

"- Abuelo, vuelve, soy Marta. Mar-ta."

Y Teresa debía estar muy disgustada con él, porque hacía días que no le dirigía la palabra. Si les encontraba ahora, iba a disgustarse todavía más.

"- Perdone, creo que se confunde, no sé cómo ha entrado en el salón de mi casa, pero debería irse. Mi señora está al llegar. 
- Abuelo, soy tu nieta Marta y la abuela Teresa hace años que ya no está con nosotros.
- ¡Loca! Es usted un demonio que ha venido a mi casa a volverme loco a mí. ¿Qué quiere? ¿dinero? ¡Déjeme en paz o llamo a la policía!
- Abuelo por favor, solo quiero que conozcas a tu bisnieto Hugo, tiene 10 días. Trata de pensar y tranquilizarte."

La cosa es que su cara me resulta familiar, ¿a quién se parece esta chica?

Oh Dios mío, es igual a Teresa.

Pero, ¿dónde se ha metido mi mujer? ¿por qué llora esta muchacha con su bebé en brazos? ¿y mis hijos? ¿por qué me llama abuelo? Yo no soy abuelo, ¡apenas estoy comenzando a ser padre!

Ahora la loca pone algo en un aparato y en el televisor sale un viejo, ¡en color! debe ser un artista veterano, ¡hay que ver lo que me recuerda a mi padre! Pobrecico...

El hombre suelta un discurso, dice llamarse Rodrigo y dice que no hay que tener miedo, que es complicado entender, pero que a veces, la realidad es diferente a como creemos que es, pero que nunca estamos solos. Se mira las manos y las enseña, yo hago lo mismo por imitación.

Mis manos han cambiado mucho en este rato, están arrugadas, blanquecinas y tienen manchas, no son manos fuertes y jóvenes.

Empiezo a entender. No es necesario decir nada, la mujer que está a mi lado, apoya al crío en su pecho con una mano y con la otra alcanza un espejo y me lo presta.

Me miro y no me veo. No soy yo. Sin embargo levanto una ceja y el del espejo hace lo propio. No hay duda, soy yo. Y el del televisor también soy yo.

Pero ya no sé quién, ni dónde estoy, ni qué ha pasado.

Tengo miedo.

Marta me cuenta que Teresa murió hace unos años, también dos de mis hijos, ¡mis niños!.

Comprendo. Lloro. Me quiero morir.

Ha venido a pedirme que vayamos a una residencia, el resto de mi familia espera en una habitación, por lo visto necesito ayuda y ya no me valgo. No pueden soportar devolverme a la realidad todos los días. Verme sufrir así.

Y yo la miro pero por dentro imploro a Dios que me lleve con él.

Accedo. Si me sacan de casa me muero, pero es lo que deseo. Y cojo su mano, la mano de mi nieta mayor, a la que adoro, sin poder comprender cómo he podido olvidarla,  y la beso y ella limpia mis lágrimas con sus dedicos.

"- Te quiero, Martita. ¡Qué bonico es Hugo y qué mozo es!"


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Hoy vengo de trabajar más feliz que nunca, me llevan en coche con chófer a la casa nueva, debo ser  muy importante, ya verás cuando se lo cuente a Teresa.
Esta tarde salimos los seis de merienda y lo celebramos, a ver si se pone ese vestido de flores, ese que me vuelve loco de amor.









lunes, 20 de abril de 2015

Los lunes sin Sol.



Es lunes y llueve.


Y sonrío. Y sonrío. Y sonrío.

Es la leche ser feliz.

En una ocasión alguien me dijo que la felicidad no existía, que lo que más se le acercaba eran los acontecimientos bonitos y los orgasmos.

¡Y llegué a creerlo y ya me parecía la leche!

Anhelaba tanto ser feliz, aunque fuera por un ratito... Pero tenía la certeza de que nunca sabría lo que es eso.

¡Cómo me equivocaba!

Pasé la infancia con cara de culo, la adolescencia con cara de culo y parte de mis años de adulta con cara de culo, ¿cómo iba la vida a sonreírme si no le sonreía yo a ella?

Desde la canijura de uno, se aprenden cosas tipo "ante estos estímulos debes sonreír y lo haces porque te hacen feliz"

Rollo:

- Verano.
- Vacaciones.
- Bonanza económica.
- Nacimientos varios.
- Sol.
- Celebraciones de sacramentos absurdos.
- Fin de semana.
- Buenas notas.
- Tu cumpleaños.

Estas son las bases de la felicidad que mamamos desde chicos.
Y bueno, a tope con ello pero, ¿no sería más interesante que nos enseñaran a disfrutar de cada momento? ¿que supiéramos que se puede ser feliz en cualquier época del año? ¿que los lunes están cargados de magníficas oportunidades? ¿que cuando llueve es una genial ocasión para sacar tu paraguas favorito a la calle?

Nadie nos dice que la felicidad no son cosas, ni ocasiones, ni estímulos,  que la felicidad está en ti. Eres tú.

Yo me he propuesto hacerme feliz.

Un día me dije que iba a experimentar a ver qué pasaba si me olvidaba del mundo, para bien y para mal y me centraba en lo que yo misma me pudiera procurar.

Me cansé de excusas. De decirme "estoy deprimida por las cosas que me pasan". Decidí conocerme, aceptarme y aprender a gestionar las situaciones que me pasan en mi propio beneficio.
Me forcé a sonreír delante del espejo. Recuerdo cómo se me torcían los labios, me costaba aquello lo que no está escrito, parecían una barra de hierro...

Pero todo se educa, el optimismo también es plástico y cuando tu mente te dice sí, eres capaz de cualquier cosa.

¿Y si lo pruebas? ¿y si te abres a la vida? ¿ y si te quieres y lo proyectas? ¿y si empiezas a disfrutar el camino y no solamente la meta? ¿y si no te pierdes nada?  ¿y si sonríes?



De nada.  :)