Anoche soñé que caminaba por el porche del terreno.
Miraba las baldosas salmón y azul marino del suelo, tratando de no pisar las claras y pensando que mi familia era muy elegante porque nadie tenía tanto gusto para unas baldosas de porche en toda la urbanización.
Así era yo y así sigo siendo: una persona extremadamente orgullosa de pertenecer a su estilosa familia.
El caso es que en mi sueño arrastraba un cochecito enorme, de color rosa y un poco roñoso.
No podía ver a "mi bebé" y pesaba muchísimo porque el cochecito era el doble de alto que yo, pero imaginaba que era mi satánica muñeca Rosita, con sus pelos de punta y trasquilados por mi momento peluquera, sus ropas marranosas y su inquietante mirada con un ojo abierto de par en par y el otro a la virulé.
Mi Rosita era una bebé imperfecta, pero yo la quería muchísimo, el cochecito era enorme y me costaba más llegar a ella, pero no hubiese cambiado jamás a mi hija de goma por ninguna otra.
He despertado pensando en lo poco que me hacía yo a la idea a esa edad de lo complicada que podía ser la maternidad.
Por aquel entonces pensaba que la prueba más dura era parir, como muchas otras niñas, temía ese momento que relacionaba con el dolor más intenso de la vida, con los gritos, con el miedo, incluso con la muerte.
Después imaginaba que todo iba rodado. Que todo eran bañitos alegres, purés con cuchara de plástico, cambios de ropa y de zapatos y pasarme el día haciendo peinaditos.
Esos entrenamientos que hice mediante el juego nunca me prepararon para tener un hijo con Síndrome de Asperger.
Eso era algo que no pasaba en mi casa. Los bebés nacen, nacen vivos, están sanos, son felices y normales.
Nada me preparó para que mis hijos no nacieran vivos. Eso en mi casa no pasaba y mis muñecos de goma roñosa nunca morían.
Una vez que logré que naciera y viviera, estuviera sano y fuera feliz mi primer hijo, resultó no ser "normal".
No se interesaba por las mismas cosas que los nenes de su edad, ni deseaba contacto, no quería colechar con sus padres, se sentía molesto por la luz del sol, por los cambios de temperatura bruscos, por los ruidos, que para nosotros habituales, eran para él ensordecedores.
¿Qué puedo hacer yo si me han enseñado que los niños son todos iguales y desean las mismas cosas?
Estoy tratando de comprender, respetar y amar la diferencia, pero es duro. A veces siento que no llego a nada, que no puedo ofrecerle lo que él demanda, su necesidad de conocimiento es infinita y yo a su lado me siento como si no supiera sumar dos más dos.
Es vergonzoso para mí admitirlo pero me jode muchísimo a veces, encontrarme con un niño que habla con sus padres de temas convencionales, que escucha y los mira mientras ellos le dan la réplica, porque siento que los entiende, sin distracciones, sin una puta mosca, un robot o una máquina del tiempo que ronde su mente.
A veces uno necesita un poco de normalidad, es así de simple. Y que la mente descanse de tanto surrealismo. Otras, la normalidad puede resultar tediosa. Necesito poder volar de un mundo a otro sin que ello suponga un trauma cada vez. Necesito adaptarme.
El otro día en la oficina, un compañero me dio a conocer una palabra nueva, que se utiliza comúnmente en Nigeria: Wahala.
Me encantó, sobretodo por lo que supone el lenguaje y su diversidad: unión, conocimiento, empatía, comunicación, igualdad.
Mi compañero me explicaba con orgullo que la utilizaba en conversaciones con clientes nigerianos, que ellos enseguida captaban el mensaje de que el que la pronunciaba era conocedor de algo más que la situación geográfica de su país.
De todo esto, me quedé con el mensaje de mi compañero al usarla, esa adaptabilidad al medio.
Y he adoptado este término como mi talismán al que aferrarme cuando vienen curvas, porque me he propuesto convertirme en un camaleón emocional y dejarme llevar.
Pensaré wahala cuando sienta que no puedo alzarme sobre el enorme cochecito y ver la cara de mi bebé, cuando la maternidad se me haga cuesta arriba.
Gritaré wahala cuando mi hijo me mencione un millón de veces que quiere el mismo maldito Pokémon, ir a un crucero con comida gratis o me confiese que pegarse en la cara le hace sentir mejor.
Y me sentiré muy, muy wahala cuando vuelva a ver a un niño neurotípico conversar con sus neurotípicos padres.
Estoy dispuesta a volverme más de goma incluso que mi Rosita, a aprender a dejarme llevar, a ser flexible en mi emocionalidad a mi conveniencia.
El significado auténtico de wahala es problema.
Sí, he elegido voluntariamente esa palabra con esa definición y he decidido darle la vuelta y cambiarla a mi propio interés para que me acompañe siempre, supongo que para que me recuerde la manera de combatir los obstáculos, adaptándome a ellos sin dejar que me paralice el miedo al cambio.
Y así, con suerte, quizá un día el cochecito de mi Rosita, no estará sucio y no será tan pesado ni resultará tan difícil de mover. Y con más suerte todavía, me sienta capaz de acompañar a mis hijos sin volverme majareta.
Wahala, amiguitos.
Mostrando entradas con la etiqueta Maternidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Maternidad. Mostrar todas las entradas
jueves, 4 de agosto de 2016
Wahala
Etiquetas:
adaptabilidad,
amor,
Asperger,
autismo,
cambios,
hijos,
máquina del tiempo,
Maternidad,
moscas,
Pokémon.,
robots,
Rosita,
Síndrome,
sueños,
wahala
lunes, 18 de abril de 2016
Un día de esos
16 de noviembre de 2015
Hoy tengo un día de esos en los que siento que soy lo suficientemente poderosa para mejorar el mundo.
Es lunes y todos en la oficina hablan de los atentados en París.
Creo que mejoro el mundo diciendo abiertamente que no creo que la respuesta sea más violencia, y no lo mejoro por tener más o menos razón. Lo mejoro porque he reflexionado sobre los últimos acontecimientos, me he imaginado el futuro inventando estrategias y consecuciones de hechos, como cuando me enganché al ajedrez y soñaba jugadas magistrales.
Y con violencia, siempre hay mate, pero para blancas y para negras.
Mejoro el mundo porque reflexiono y decido, no repito lo que dicen los demás si no es porque estoy de acuerdo y casi nunca comulgo con nadie al cien por cien.
Yo no quiero perder a nadie, necesito a todos los seres de este mundo, todos conforman el efecto mariposa que necesito, egoístamente, para tener mi propio final feliz.
Yo sigo viva, yo soy poderosa, yo puedo cambiar el mundo.
18 de abril de 2016
Hace dos días que apenas consigo dormir y no me siento capaz ni de cambiar las toallas del baño.Como para cambiar el mundo estoy yo...
Mi vida está tranquila, he cumplido un sueño importante, voy consiguiendo objetivos, tengo salud, tú también, somos felices.
¿Qué cojones me pasa?
Cada día me pesa menos el culo y más el alma. ¿ Dónde se pide el certificado de discapacidad emocional?
Vuelve a ser lunes y todos en la oficina hablan de que ya llega el calor, que qué agobio...
Hoy no me da la paciencia para aguantar mamarrachadas y estoy al límite de agredir a seres humanos armada con un Pilot en cada mano, como el colgao' aquel, el del vídeo que circula por Facebook, que se liaba a lanzar por los aires todas las pantallas de ordenador de la oficina.
El tío de las pantallas estaba hasta las pelotas y yo también lo estoy.
Y, ¿sabes qué creo que me pasa? Que trato de mantenerme fuerte, para demostrar que puedo con todo, que la catarsis que estoy viviendo no me afecta para nada, que cuando me hablas y caigo en cuenta de que tenemos mucha suerte porque verbalices, es una sensación agridulce, pero no digo nada...
Pues no es así, oiga.
Mi cuerpo está cansado, está haciendo unos cambios brutales y dispone de poca gasolina.
Mi mente no da para más, con tanto papeleo y cambios que asimilar y tanta responsabilidad por asegurar, como podamos, tu futuro.
Mi alma llora mucho, supongo que lo necesita, está colapsada, llena a reventar de amor por ti, preocupada por hacerlo todo bien, feliz al mismo tiempo porque sabe que, en cuanto llore la última lágrima, comenzará una nueva etapa llena de momentos preciosos.
Y mi espíritu, sencillamente, quiere volar, huir, ¡está cagado de miedo!
Así que hoy vuelvo a sentirme poderosa, aunque no pueda con nada.
Yo sigo viva, yo soy poderosa, yo puedo cambiar el mundo... Pero no será hoy.
Y es que, a veces, los superhéroes también necesitan un descanso.
Hoy tengo un día de esos en los que siento que soy lo suficientemente poderosa para mejorar el mundo.
Es lunes y todos en la oficina hablan de los atentados en París.
Creo que mejoro el mundo diciendo abiertamente que no creo que la respuesta sea más violencia, y no lo mejoro por tener más o menos razón. Lo mejoro porque he reflexionado sobre los últimos acontecimientos, me he imaginado el futuro inventando estrategias y consecuciones de hechos, como cuando me enganché al ajedrez y soñaba jugadas magistrales.
Y con violencia, siempre hay mate, pero para blancas y para negras.
Mejoro el mundo porque reflexiono y decido, no repito lo que dicen los demás si no es porque estoy de acuerdo y casi nunca comulgo con nadie al cien por cien.
Yo no quiero perder a nadie, necesito a todos los seres de este mundo, todos conforman el efecto mariposa que necesito, egoístamente, para tener mi propio final feliz.
Yo sigo viva, yo soy poderosa, yo puedo cambiar el mundo.
18 de abril de 2016
Hace dos días que apenas consigo dormir y no me siento capaz ni de cambiar las toallas del baño.Como para cambiar el mundo estoy yo...
Mi vida está tranquila, he cumplido un sueño importante, voy consiguiendo objetivos, tengo salud, tú también, somos felices.
¿Qué cojones me pasa?
Cada día me pesa menos el culo y más el alma. ¿ Dónde se pide el certificado de discapacidad emocional?
Vuelve a ser lunes y todos en la oficina hablan de que ya llega el calor, que qué agobio...
Hoy no me da la paciencia para aguantar mamarrachadas y estoy al límite de agredir a seres humanos armada con un Pilot en cada mano, como el colgao' aquel, el del vídeo que circula por Facebook, que se liaba a lanzar por los aires todas las pantallas de ordenador de la oficina.
El tío de las pantallas estaba hasta las pelotas y yo también lo estoy.
Y, ¿sabes qué creo que me pasa? Que trato de mantenerme fuerte, para demostrar que puedo con todo, que la catarsis que estoy viviendo no me afecta para nada, que cuando me hablas y caigo en cuenta de que tenemos mucha suerte porque verbalices, es una sensación agridulce, pero no digo nada...
Pues no es así, oiga.
Mi cuerpo está cansado, está haciendo unos cambios brutales y dispone de poca gasolina.
Mi mente no da para más, con tanto papeleo y cambios que asimilar y tanta responsabilidad por asegurar, como podamos, tu futuro.
Mi alma llora mucho, supongo que lo necesita, está colapsada, llena a reventar de amor por ti, preocupada por hacerlo todo bien, feliz al mismo tiempo porque sabe que, en cuanto llore la última lágrima, comenzará una nueva etapa llena de momentos preciosos.
Y mi espíritu, sencillamente, quiere volar, huir, ¡está cagado de miedo!
Así que hoy vuelvo a sentirme poderosa, aunque no pueda con nada.
Yo sigo viva, yo soy poderosa, yo puedo cambiar el mundo... Pero no será hoy.
Y es que, a veces, los superhéroes también necesitan un descanso.
Etiquetas:
alma,
atentados,
burocracia,
cojones,
descanso,
discapacidad,
discapacidad emocional,
final feliz,
futuro,
Maternidad,
miedo,
París,
poder.
martes, 3 de marzo de 2015
Sentido y poca sensibilidad.
Cuando abultaba poco más que un protozoo, yo ya asumía la maternidad como algo de lo que tenía que huir.
Fui una niña deseada, digamos que en una escala de 0 a 10, - 312 o así.
Siempre escuchando que mi madre había dejado de vivir su vida por tenerme a mí, que tuviese cuidado de no joder la mía trayendo niños al mundo tan joven. Recuerdo que era bien, bien pequeña, y mi abuela me decía "tú haz lo que quieras, pero el puntico, bien cerradico" ¡Jajaja! No tenía ni idea de lo que me decía, lo entendí mucho después. Pero viendo lo críptica que es con el tema de la educación sexual, no me sorprende que su hija tuviera un embarazo no deseado...
¡Ni que yo tuviera la culpa de que la mía hubiese sido madre adolescente! Ni siquiera creo que fuera su culpa.
De hecho, a día de hoy creo que la culpa no es tal, porque la culpa es la incriminación de un acto negativo, y hoy sé que dar vida es el acto más generoso y bueno que pueda existir.
Cuando escribía la carta a los Reyes Magos, pedía siempre ser negra. ¡Dios, hubiera matado por ser negra!
A los 8 años, cuando por fin me cosqué de que la piel solo le cambia de un día para otro a Michael Jackson, y coincidiendo con mi primera regla, empecé a pedirles a los Reyes una ligadura de trompas. Sí, lo sé...
Siempre he sido una tía muy previsora y extremadamente responsable. Y no me gusta fallar a nadie. Confiaban en que no iba a "repetir los errores de mi madre". Con lo que tenía claro que no iba a ser madre nunca, por elección propia. Pero era mentira podrida, no lo había elegido yo.
Tengo que decir que mi pobre madre nunca me dijo que se arrepintiera de habernos tenido, ni que añorara lo que no vivió por tenernos tan joven. Personalmente creo que este malestar que he arrastrado tantos años, ese sentimiento de culpa, lo adquirí en el vientre materno. Así que no lo ha causado nadie.
Recuerdo que cuando cumplí los 18 años, me abracé a mí misma por haber conseguido ser mayor de edad sin tener un hijo, ¡joder, ni que los bebés fuesen champiñones!
A los 20 conocí a mi costilla, un hombre nacido para ser padre, un hombre al que a los dieciocho segundos de conocer, le dejé clarinete que yo no iba a tener hijos jamás...
Y ¡qué de vueltas da la tortilla!
Pasados unos años nos casamos y a los 25 nació en mí un instinto maternal que daba miedo, era como la necesidad de comer chocolate cuando tienes la regla, pero en cantidades industriales.
Por aquel entonces yo ya me había reconciliado conmigo misma, con mi madre, con los anticonceptivos inexistentes y decidí ser madre.
Durante 18 meses no pasó nada, entonces me empecé a cagar en el Karma y en mí por haber sido tan bocazas y haber deseado en mi fuero más íntimo no ser madre.
Lloraba todos los meses un mar entero por los bebés que no llegaban.
Hasta que me quedé embarazada.
C nunca llegó a nacer con vida, pero le dio sentido a la mía. Supe lo que es sentir el amor más inconmensurable, la plenitud pero también la pena más extrema. Comprendí que un hijo jamás puede privarte de vivir, porque es la vida en sí mismo. Un hijo solo puede sumar.
Así, que mi bebé C, me hizo madre, una madre con los brazos vacíos, pero madre. Y como todos los hermanos mayores, allanó el camino a sus hermanitos pequeños. Me preparó para ellos.
Y más tarde llegaron D y M, V también se nos quedó por el camino.
Bebés rechonchitos que te enchufan en un segundo, toda la sabiduría emocional del Universo, sin USB ni nada. Personas que han tenido la suerte de tener una madre que les adora por encima de todas las cosas, y yo, la inmensa fortuna de haber sido elegida por ellos, por los cuatro, que me enseñan a ser mejor todos los días y que me recuerdan lo preciosa que es la vida.
Así que, ¿qué puedo decir? Gracias mamotis, por haberme dado la vida para yo podérsela dar a los míos, gracias Reyes Magos por no haber cumplido todos mis deseos y gracias pegotes de mami porque hoy sé que nací para vosotros, para ser vuestra madre y eso me hace muy feliz.
Espero estar a la altura...
Fui una niña deseada, digamos que en una escala de 0 a 10, - 312 o así.
Siempre escuchando que mi madre había dejado de vivir su vida por tenerme a mí, que tuviese cuidado de no joder la mía trayendo niños al mundo tan joven. Recuerdo que era bien, bien pequeña, y mi abuela me decía "tú haz lo que quieras, pero el puntico, bien cerradico" ¡Jajaja! No tenía ni idea de lo que me decía, lo entendí mucho después. Pero viendo lo críptica que es con el tema de la educación sexual, no me sorprende que su hija tuviera un embarazo no deseado...
¡Ni que yo tuviera la culpa de que la mía hubiese sido madre adolescente! Ni siquiera creo que fuera su culpa.
De hecho, a día de hoy creo que la culpa no es tal, porque la culpa es la incriminación de un acto negativo, y hoy sé que dar vida es el acto más generoso y bueno que pueda existir.
Cuando escribía la carta a los Reyes Magos, pedía siempre ser negra. ¡Dios, hubiera matado por ser negra!
A los 8 años, cuando por fin me cosqué de que la piel solo le cambia de un día para otro a Michael Jackson, y coincidiendo con mi primera regla, empecé a pedirles a los Reyes una ligadura de trompas. Sí, lo sé...
Siempre he sido una tía muy previsora y extremadamente responsable. Y no me gusta fallar a nadie. Confiaban en que no iba a "repetir los errores de mi madre". Con lo que tenía claro que no iba a ser madre nunca, por elección propia. Pero era mentira podrida, no lo había elegido yo.
Tengo que decir que mi pobre madre nunca me dijo que se arrepintiera de habernos tenido, ni que añorara lo que no vivió por tenernos tan joven. Personalmente creo que este malestar que he arrastrado tantos años, ese sentimiento de culpa, lo adquirí en el vientre materno. Así que no lo ha causado nadie.
Recuerdo que cuando cumplí los 18 años, me abracé a mí misma por haber conseguido ser mayor de edad sin tener un hijo, ¡joder, ni que los bebés fuesen champiñones!
A los 20 conocí a mi costilla, un hombre nacido para ser padre, un hombre al que a los dieciocho segundos de conocer, le dejé clarinete que yo no iba a tener hijos jamás...
Y ¡qué de vueltas da la tortilla!
Pasados unos años nos casamos y a los 25 nació en mí un instinto maternal que daba miedo, era como la necesidad de comer chocolate cuando tienes la regla, pero en cantidades industriales.
Por aquel entonces yo ya me había reconciliado conmigo misma, con mi madre, con los anticonceptivos inexistentes y decidí ser madre.
Durante 18 meses no pasó nada, entonces me empecé a cagar en el Karma y en mí por haber sido tan bocazas y haber deseado en mi fuero más íntimo no ser madre.
Lloraba todos los meses un mar entero por los bebés que no llegaban.
Hasta que me quedé embarazada.
C nunca llegó a nacer con vida, pero le dio sentido a la mía. Supe lo que es sentir el amor más inconmensurable, la plenitud pero también la pena más extrema. Comprendí que un hijo jamás puede privarte de vivir, porque es la vida en sí mismo. Un hijo solo puede sumar.
Así, que mi bebé C, me hizo madre, una madre con los brazos vacíos, pero madre. Y como todos los hermanos mayores, allanó el camino a sus hermanitos pequeños. Me preparó para ellos.
Y más tarde llegaron D y M, V también se nos quedó por el camino.
Bebés rechonchitos que te enchufan en un segundo, toda la sabiduría emocional del Universo, sin USB ni nada. Personas que han tenido la suerte de tener una madre que les adora por encima de todas las cosas, y yo, la inmensa fortuna de haber sido elegida por ellos, por los cuatro, que me enseñan a ser mejor todos los días y que me recuerdan lo preciosa que es la vida.
Así que, ¿qué puedo decir? Gracias mamotis, por haberme dado la vida para yo podérsela dar a los míos, gracias Reyes Magos por no haber cumplido todos mis deseos y gracias pegotes de mami porque hoy sé que nací para vosotros, para ser vuestra madre y eso me hace muy feliz.
Espero estar a la altura...
Suscribirse a:
Entradas (Atom)