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miércoles, 18 de marzo de 2020

Haz que cuente

Es curioso cómo es tan relativo el tiempo.

Recuerdo, en el instituto, ver el minutero retroceder sin parar, en la clase de primera hora de los lunes: Filosofía.

Y yo quería morir antes que seguir escuchando el dichoso tic tac, del reloj colgado encima de la pizarra, ese tic tac que casi atronaba, sobre el silencio de una clase plagada de adolescentes semiinconscientes.

Y juro que veía la aguja retroceder, torturándome, recordándome lo que costaba, para una chica, reina del drama, como yo, superar cada día con éxito.

Es en esos años de estudio, junto con la magnífica etapa del estreno de la maternidad, cuando se pone de moda en tu vida, aquello de "aprovecha ahora, que los años pasan volando" y te falta el canto de un duro para echarte a llorar o escupir a semejantes consejeros en su cara de listos.

Pero es verdad, la vida y el tiempo, como dice Bebe, corre en patines, cuesta abajo y no tiene freno hasta que te das el golpe.

Y ahora mismo estamos en pausa, todos y todas, a nivel mundial, qué fuerte y que aleccionador, ¿no?.

La naturaleza, la guerra silenciosa (teoría de mi abuela), la enfermedad, la irresponsabilidad del ser humano, la teoría de la conspiración, la selección natural, o yo qué coño sé, nos ha obligado a parar en seco y creo que lo más constructivo es tratar de aprovechar este valioso tiempo y, paradójicamente, filosofar, sin medir el tiempo.

El primer día de encierro, tenía sensación de falta de aire, solamente quería estar sola, estaba cabreada, muy cabreada, porque lo que hacía que mis días volaran, que la vida se precipitara a alta velocidad, mi orden, mi milimetrada rutina, se había ido a la mierda sin mi consentimiento.

El segundo, empecé a focalizar mi enfado hacia los políticos, así, sin más. Pero necesitaba redirigir mi mala onda hacia un ente abstracto o me iba a volver loca y/o a cargar a mi familia, que también estaban pasando por su proceso de adaptación.

Durante el tercer día me dio por echarle sentido del humor de forma desmesurada mientras, paralelamente, observaba las décimas en el termómetro y comenzaba a sentirme mal de salud.

Y el cuarto, decidí ignorar a mi cuerpo, para dejar de somatizar, y empezar con mi proceso de imposición de adaptación a las nuevas circunstancias, dejó de importarme todo, solo quería sobrevivir emocionalmente a esto.
E hice listas de tareas, listas de ocio en casa, listas de actividades con los niños, tratando de incluirme en una vorágine nueva, pero igual de intensa y estresante que antes del confinamiento.

Hasta que, mientras hacía las listas, tan excitada que sentía mi corazón palpitar a toda leche, en todo mi ser, me di cuenta de que necesitaba esa organización, estructurar el tiempo para que pasase, sin importar vivirlo en sí mismo.

Pero, ¿qué coño?

Menudo golpe de realidad. Menudo colocón de perspectiva.

Conté hasta 10 y me abrí.

Me abrí al sentir popular, a la solidaridad, a la empatía, al cuidar a la sociedad en conjunto, a mi responsabilidad como ciudadana.

Y me paré.

Me paré, casi me petrifico cuando mi hija se acercó lo suficiente a mí como para que el olor de su pelo lo impregnara todo, me asusté al pensar que no recordaba su aroma de bebé y no por no haberla tenido cerca antes, ni dedicarle momentos, simplemente no me había parado a olerla hacía mucho y eso da miedo, porque es lo que verdaderamente importa, con lo que nos vamos a quedar, las sensaciones.

Y eso no te lo devuelve el tiempo, o lo atesoras, o perdiste tu oportunidad.

Desconozco el motivo real por el cual estamos todos y todas en este punto, pero quiero pensar que es una lección kármica, una oportunidad para hacer un reset y encontrar lo que para ti debe ser esencial en tu vida, y veo preciso, urgente, que dediquemos tiempo a meditar, a encontrarnos.

Yo no pienso desaprovechar esta pausa, ni malgastarla soñando con volver a "la normalidad", voy a cuidar de mí, a enfocarme y a tratar de darle sentido a todo.

También voy a cuidar de ti, porque si algo nos ha enseñado esta pandemia, es que todos y todas contamos, que un pequeño gesto puede ser grandioso y que la vida es maravillosa.

Haz que tus minutos, tus horas, tus días, sumen, te aporten, te crezcan.

Haz que cuenten.





jueves, 4 de agosto de 2016

Wahala

Anoche soñé que caminaba por el porche del terreno.

Miraba las baldosas salmón y azul marino del suelo, tratando de no pisar las claras y pensando que mi familia era muy elegante porque nadie tenía tanto gusto para unas baldosas de porche en toda la urbanización.

Así era yo y así sigo siendo: una persona extremadamente orgullosa de pertenecer a su estilosa familia.

El caso es que en mi sueño arrastraba un cochecito enorme, de color rosa y un poco roñoso.
No podía ver a "mi bebé" y pesaba muchísimo porque el cochecito era el doble de alto que yo, pero imaginaba que era mi satánica muñeca Rosita,  con sus pelos de punta y trasquilados por mi momento peluquera, sus ropas marranosas y su inquietante mirada con un ojo abierto de par en par y el otro a la virulé.

Mi Rosita era una bebé imperfecta, pero yo la quería muchísimo, el cochecito era enorme y me costaba más llegar a ella, pero no hubiese cambiado jamás a mi hija de goma por ninguna otra.

He despertado pensando en lo poco que me hacía yo a la idea  a esa edad de lo complicada que podía ser la maternidad.

Por aquel entonces pensaba que la prueba más dura era parir, como muchas otras niñas, temía ese momento que relacionaba con el dolor más intenso de la vida, con los gritos, con el miedo, incluso con la muerte.

Después imaginaba que todo iba rodado. Que todo eran bañitos alegres, purés con cuchara de plástico, cambios de ropa y de zapatos y pasarme el día haciendo peinaditos.

Esos entrenamientos que hice mediante el juego nunca me prepararon para tener un hijo con Síndrome de  Asperger.

Eso era algo que no pasaba en mi casa. Los bebés nacen, nacen vivos, están sanos, son felices y normales.

Nada me preparó para que mis hijos no nacieran vivos. Eso en mi casa no pasaba y mis muñecos de goma roñosa nunca morían.

Una vez que logré que naciera y viviera, estuviera sano y fuera feliz mi primer hijo, resultó no ser "normal".
No se interesaba por las mismas cosas que los nenes de su edad, ni deseaba contacto, no quería colechar con sus padres, se sentía molesto por la luz del sol, por los cambios de temperatura bruscos, por los ruidos, que para nosotros habituales, eran para él ensordecedores.

¿Qué puedo hacer yo si me han enseñado que los niños son todos iguales y desean las mismas cosas?

Estoy tratando de comprender, respetar y amar la diferencia, pero es duro. A veces siento que no llego a nada, que no puedo ofrecerle lo que él demanda, su necesidad de conocimiento es infinita y yo a su lado me siento como si no supiera sumar dos más dos.

Es vergonzoso para mí admitirlo pero me jode muchísimo a veces, encontrarme con un niño que habla con sus padres de temas convencionales, que escucha y los mira mientras ellos le dan la réplica, porque siento que los entiende, sin distracciones, sin una puta mosca, un robot o una máquina del tiempo que ronde su mente.

A veces uno necesita un poco de normalidad, es así de simple. Y que la mente descanse de tanto surrealismo. Otras, la normalidad puede resultar tediosa. Necesito poder volar de un mundo a otro sin que ello suponga un trauma cada vez. Necesito adaptarme.

El otro día en la oficina, un compañero me dio a conocer una palabra nueva, que se utiliza comúnmente en Nigeria: Wahala.
Me encantó, sobretodo por lo que supone el lenguaje  y su diversidad: unión, conocimiento, empatía, comunicación, igualdad.
Mi compañero me explicaba con orgullo que la utilizaba en conversaciones con clientes nigerianos, que ellos enseguida captaban el mensaje de que el que la pronunciaba era conocedor de algo más que la situación geográfica de su país.
De todo esto, me quedé con el mensaje de mi compañero al usarla, esa adaptabilidad al medio.
Y he adoptado este término como mi talismán al que aferrarme cuando vienen curvas, porque me he propuesto convertirme en un camaleón emocional y dejarme llevar.

Pensaré wahala cuando sienta que no puedo alzarme sobre el enorme cochecito y ver la cara de mi bebé, cuando la maternidad se me haga cuesta arriba.

Gritaré wahala cuando mi hijo me mencione un millón de veces que quiere el mismo maldito Pokémon, ir a un crucero con comida gratis o me confiese que pegarse en la cara le hace sentir mejor.

Y me sentiré muy, muy wahala cuando vuelva a ver a un niño neurotípico conversar con sus neurotípicos padres.

Estoy dispuesta a volverme más de goma incluso que mi Rosita, a aprender a dejarme llevar, a ser flexible en mi emocionalidad a mi conveniencia.

El significado auténtico de wahala es problema.

Sí, he elegido voluntariamente esa palabra con esa definición y he decidido darle la vuelta y cambiarla a mi propio interés para que me acompañe siempre, supongo que para que me recuerde la manera de combatir los obstáculos, adaptándome a ellos sin dejar que me paralice el miedo al cambio.

Y así, con suerte, quizá un día el cochecito de mi Rosita, no estará sucio y no será tan pesado ni  resultará tan difícil de mover. Y con más suerte todavía, me sienta capaz de acompañar a mis hijos sin volverme majareta.

Wahala, amiguitos.






jueves, 16 de julio de 2015

Gatita.



Y entonces cierro  los ojos y puedo verme a mí, en esa habitación tenue, tranquilita. Arropada por él, por su amor, por su fuerza. Embriagada de emoción, de orgullo por la grandiosidad del momento, por la intensidad de las sensaciones.

Concentrada en mí, en ti y en la magia.

Puedo verme porque estoy en otro plano, otro infinitamente superior que el que nos proporciona la vida terrenal.

Y me observo. Estoy en una cama, concentrada, abriéndome, disfrutando, absorbiendo cada segundo para no olvidarlo, comunicándome contigo para hacerlo juntas, conociendo de verdad a mi cuerpo, su fortaleza, admirándolo, reconciliándome con él.

Y soy tan pequeña, tan poco capaz. Necesito a mi madre, yo sola no voy a poder hacer algo tan importante, nunca hago nada bien, ni nada hasta el final. 

Sin embargo, con mis propios ojos estoy constatando cómo sí lo estoy haciendo, cómo puedo.

Tú mereces todo mi empeño, mereces ser bienvenida como el milagro que eres, mereces que yo me inspire en ti para recuperar las ganas de vivir.

Todos deberíamos ser tan amados como para formar parte de la inspiración vital de otro.

Pero es que yo también soy pequeña, como tú. Siempre he sido una pequeña haciendo cosas de grandes, me tienes que ayudar con esto.

No sé por qué estoy aquí, cómo es posible que yo vea todo lo que está pasando y nadie me vea a mí, ni por qué yo soy una niña pero me puedo ver en esa cama con un cuerpo tan grande, sonriendo y llorando al mismo tiempo, ¿estaré loca?

Esa es otra. Estoy loca.

Pero esta vez no son las normas sociales o los consejos de los demás lo que me empuja, eres tú, son tus ganas, tu entusiasmo por empezar ya una vida que a mí me aterra.

No tienes ni idea de lo que hay aquí, yo todavía me sorprendo a diario. No va a ser fácil.

Y luego está EL TEMA, ¿te has pensado bien hacer esto conmigo? Es fundamental elegir un buen compañero de camino. Yo no soy buena en esto, antes de que te encabezonaras en aparecer yo ya perdí tres veces esta partida.

Soy una niña y no me entiende nadie. Y ahora me veo  en esa cama y no sé qué puedo hacer para ayudarte, para ayudarnos.

Se me ocurren unas ideas muy locas: ¿y si dejo de ser una espectadora? ¿y si participo de mí? ¿y si yo decido cómo recibirte? ¿y si respeto mis tiempos y a mi cuerpo?

Voy a volver, me tumbaré en esa cama, me abrazaré a mí misma, me daré fuerza, aliento, entusiasmo y ganas, y entonces creceré,  pero nunca me iré del todo.

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Has nacido de mí, gatita, he podido. 

Mi cuerpo ha dejado de ser mi enemigo y le estaré eternamente agradecida, he planeado cada detalle de tu nacimiento y lo han respetado. 

Me he sentido querida, realizada como mujer, inteligente, fuerte, valiosa y ¡viva!

Ya nunca nadie podrá decirme que no puedo, ni yo tampoco, porque he podido sin la ayuda de nadie más que la tuya.
Gracias, porque me has ayudado a curar a la niña herida que malvivía en mí. Ahora es feliz.
Trataré de devolverte el favor,  acompañándote con todo mi amor, descubriendo juntas lo maravilloso que es vivir.

“Gracias por ese día en el que mi mente hizo click, gracias por estos dos años, han sido los más felices para mí.
Sigue divirtiéndote, gatita.

Te quiere con el alma, mami.”


La cama volando. Frida Kahlo. 1932.

jueves, 7 de mayo de 2015

Rodrigo.


Ella posó la mano sobre la de él y volcó todo su amor.

Él la recibió como si fuese un manantial en medio del desierto, sediento, ansioso, agradecido.


Rodrigo era un chico guapo, alto, atlético. Sus ojos amarillos, lucían brillantes, llenos de vida.

Rodrigo era feliz.

Vivía en un piso de 70 metros sin ascensor de un barrio obrero de Barcelona. Trabajaba duro en una fábrica de tocadiscos, tras sus horas, hacía extras y tras sus extras, hacía reparaciones en su casa.

En casa tenía todo lo que podía necesitar: Sus aparatejos de genio loco, su pijama planchado, su traje de domingo, sus recuerdos del pueblo del que un día salió en busca de un futuro mejor, su paella de los fines de semana, sus cuatro retoños, su fiel compañera Chispa, que le recibía siempre moviendo el rabito, y Teresa, su amor.

Para Rodrigo su mundo empezaba y terminaba allí, en su hogar, donde tan seguro se sentía, desde donde creía ser capaz de cualquier cosa. 
Era en la alfombra de su salón donde subía a sus niños a su espalda y simulaba ser un caballito, donde los sábados por la noche se marcaba unos pasos de baile con su señora y donde después hacían el amor, eran sus siestas después del telediario, donde su madre y su querida suegra pasaron sus últimos días. Su templo.

Y el trabajo era únicamente un medio para conseguir un fin, el bienestar de su familia.

Últimamente Rodrigo prefería trabajar desde casa, tenía suficientes encargos y dedicaba a sus inventos el tiempo que le quedaba libre.

Le gustaba escribir poesía.

Sus niños cada vez pasaban más tiempo en la escuela y  Teresa se pasaba el día en la cocina.

Se sentía extraño, pero todo tenía que estar bien porque estaba en casa, en casa nada malo podía pasar. Le dolía un poco el cuerpo pero pronto la gripe mejoraría y podrían salir a merendar con los niños, y Teresa se pondría ese vestido de flores que le volvía loco de amor.

Pronto pasaría este invierno.


Pero ahora esta mujer cogía su mano y le pedía por favor que la mirara a los ojos y dijera su nombre.

Y Rodrigo no tenía ni idea de quién era, ni de qué hacía en su casa, ni de qué le iba a decir a Teresa si les encontraba en medio del salón agarrados de la mano.

"- Abuelo, por favor, mírame."

Y estaban a punto de dar las cinco y media y los niños no habían llegado de sus clases, ¿qué estaba pasando?

"- Abuelo, vuelve, soy Marta. Mar-ta."

Y Teresa debía estar muy disgustada con él, porque hacía días que no le dirigía la palabra. Si les encontraba ahora, iba a disgustarse todavía más.

"- Perdone, creo que se confunde, no sé cómo ha entrado en el salón de mi casa, pero debería irse. Mi señora está al llegar. 
- Abuelo, soy tu nieta Marta y la abuela Teresa hace años que ya no está con nosotros.
- ¡Loca! Es usted un demonio que ha venido a mi casa a volverme loco a mí. ¿Qué quiere? ¿dinero? ¡Déjeme en paz o llamo a la policía!
- Abuelo por favor, solo quiero que conozcas a tu bisnieto Hugo, tiene 10 días. Trata de pensar y tranquilizarte."

La cosa es que su cara me resulta familiar, ¿a quién se parece esta chica?

Oh Dios mío, es igual a Teresa.

Pero, ¿dónde se ha metido mi mujer? ¿por qué llora esta muchacha con su bebé en brazos? ¿y mis hijos? ¿por qué me llama abuelo? Yo no soy abuelo, ¡apenas estoy comenzando a ser padre!

Ahora la loca pone algo en un aparato y en el televisor sale un viejo, ¡en color! debe ser un artista veterano, ¡hay que ver lo que me recuerda a mi padre! Pobrecico...

El hombre suelta un discurso, dice llamarse Rodrigo y dice que no hay que tener miedo, que es complicado entender, pero que a veces, la realidad es diferente a como creemos que es, pero que nunca estamos solos. Se mira las manos y las enseña, yo hago lo mismo por imitación.

Mis manos han cambiado mucho en este rato, están arrugadas, blanquecinas y tienen manchas, no son manos fuertes y jóvenes.

Empiezo a entender. No es necesario decir nada, la mujer que está a mi lado, apoya al crío en su pecho con una mano y con la otra alcanza un espejo y me lo presta.

Me miro y no me veo. No soy yo. Sin embargo levanto una ceja y el del espejo hace lo propio. No hay duda, soy yo. Y el del televisor también soy yo.

Pero ya no sé quién, ni dónde estoy, ni qué ha pasado.

Tengo miedo.

Marta me cuenta que Teresa murió hace unos años, también dos de mis hijos, ¡mis niños!.

Comprendo. Lloro. Me quiero morir.

Ha venido a pedirme que vayamos a una residencia, el resto de mi familia espera en una habitación, por lo visto necesito ayuda y ya no me valgo. No pueden soportar devolverme a la realidad todos los días. Verme sufrir así.

Y yo la miro pero por dentro imploro a Dios que me lleve con él.

Accedo. Si me sacan de casa me muero, pero es lo que deseo. Y cojo su mano, la mano de mi nieta mayor, a la que adoro, sin poder comprender cómo he podido olvidarla,  y la beso y ella limpia mis lágrimas con sus dedicos.

"- Te quiero, Martita. ¡Qué bonico es Hugo y qué mozo es!"


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Hoy vengo de trabajar más feliz que nunca, me llevan en coche con chófer a la casa nueva, debo ser  muy importante, ya verás cuando se lo cuente a Teresa.
Esta tarde salimos los seis de merienda y lo celebramos, a ver si se pone ese vestido de flores, ese que me vuelve loco de amor.









martes, 17 de marzo de 2015

De suegras

Anoche, mientras M mamaba, adormilada junto a mí, me dio por pensar...

¿Cómo será cuando crezca? ¿a qué cosas dará prioridad en su vida? ¿ tendrá salud? ¿se sentirá realizada?¿será una persona feliz?

Oh, sí. De eso estoy segura  porque mi misión en la vida es dar el poder a mis hijos para que se hagan felices a sí mismos.

Y mientras esnifaba su pelito de bebé, me imaginé a alguien acompañándole de la mano en su edad adulta, paseando, contándose secretos al oído con cara de panolis...

De pronto una duda me asaltó, ¿cómo tiene que ser la persona que esté con M en el futuro?.

- Muy fácil, Davi, bonica, debe ser alguien que le haga todavía más feliz de lo que ella misma sea capaz.- Me contesté en mi tripolaridad nocturna.

Y me alegro de no creerme en derecho, ni mucho menos en la obligación de tener nada más que decir sobre la futura pareja de alguno de mis hijos.

Entonces, ¿qué se les pasa por la cabeza a esas pequeñas aprendices de bruja que algunos tenemos por suegras? Es algo que me intriga, oye.

Como soy tan cansinamente curiosa, he recopilado algunas experiencias suegrinuerís-tikas, que alguna camarada en la lucha me ha contado, sin poder evitar tener la vena de la sien hinchada como un tronco de lechuga mientras me narra, y es que eso es así, nos consiguen irritar, ahí nos ganan las muy p...oderosas.

Os hago el resumen, del resumen, del resumen, de algunas de sus lindezas.


"Mi suegra, las pocas veces que me ha regalado algo, me lo ha envuelto con tiritas, esparadrapo y vendas."

¿Por qué? Esto solamente tiene una explicación: La mujer te desea muchísima salud, además de ser una máquina con el reciclaje... Ahora en serio, vejaciones sutiles. Le apetece que captes el mensaje de que tú para ella no eres nada.
Consejo: Recibe el mojón (seguramente de segunda mano) que te haya regalado y dile muy educadamente "Señora vieja: esta puta mierda que usted me trae, la devuelva usted al container donde la recogió, y si se anima, deposítese también usted misma ¡EN ORGÁNICO!" Todo esto con una sonrisa hermosa en los labios y bajito, que se acojonan más.


"Mi suegra le dice a mi hija que le llame mamá"

A este otro espécimen, no hay que hacerle de menos. Del latín suegrishijaputis, suelen habitar en lugares próximos al tuyo, desgraciadamente. Se jactan de ser abuelas dedicadas y bondadosas, de las que siempre tienen arroz con leche casero en la nevera; le compran calcetines negros a su hijo en el mercadillo; incluso cuando vas a comer, se acuerda de hacerte ese postre favorito que de tu boca jamás ha salido que lo sea...
Consejo: Comprarle un reborn y vestirlo del S.XVIII, a ver si pilla la indirecta, la tía esquizo.

"Mi suegra duerme sobre una toalla encima de la sábana, cuando se queda en mi casa"

Aquí la cosa empieza a ponerse interesante. Te enfrentas a una contrincante con una gran fortaleza mental y unos cojones más generosos que el Toro de Osborne. ¡Qué manera más poética de llamarte guarra! La adoramos. 
Probablemente la señora sea más puerca en su casa que la Sra. Pig, pero viene a la tuya a soltarte puyitas tales como "Uy, cielo, si que vas liada, ¿no? como no tienes tiempo para dedicarle a la casa..." La misma que cuando te giras un momento, te abre cajones y armarios para encontrar algo sobre lo que poder criticarte a gusto con su compañera habitual en los asientos del autobús de línea.
Consejo: El primero y más importante es que evites que vuelva a hacer noche en tu casa, nunca. El segundo es tener preparada la réplica a tu falta de tiempo para los quehaceres domésticos "Señora vieja: pues verá, no limpio más porque su hijo me dice que total, ya se crió en la mierda, así que si no lo hago pues como que se le hace más hogar, además tampoco su niñito me deja mucho tiempo entre pollazo y pollazo :)"

Y bueno, las hay peripuestas, reinas del mercadillo, rechonchitas abnegadas, las que usan el chantaje emocional constantemente "que si estoy enferma, que si estoy sola, que si me voy a morir..." Existen también las que pasan de todo porque se han separado o han enviudado y están en modo vida loca, estas son las mejores, como mucho tendrás que ir al calabozo a por ella alguna vez o pelearte con Movistar para que le quiten la suscripción a algún timo de éstos de contactos pornis al que se haya apuntado con un sms, nos gusta este tipo de suegra. Contrariamente, está la que pese a tener más hijos conviviendo en casa, se centra en tocarte los huevos a ti, esta no suele tener ni una amiga (excepto la señora con la que coincide en el autobús) porque esta es mala como el demonio, conviene alejarse de este ser lo que más puedas porque su maldad NO SE DIVERSIFICA, se centra en ti, y ya como se crea con poderes sobrenaturales, como una que yo me sé... vas dao.


Afortunadamente, las suegras diabólicas están en peligro de extinción. Cada vez abundan más las que no tienen patologías psiquiátricas, las que quieren a sus hijos y son felices si ellos lo son. Si tienes una buena suegra, cuídala y sigue la tradición con tu nuera y con tu yerno.  
Pero si tú también tienes a una bruja de éstas en tu vida, no seas egoísta y comparte tus bellas experiencias, podemos cagarnos en su estirpe, echar unas risas y recordar lo miserables que son mientras nos entregamos al fornicio con el niñito de sus ojos...

¡¡¡¡Chincha rabiña!!!!








martes, 3 de marzo de 2015

Sentido y poca sensibilidad.

Cuando abultaba poco más que un protozoo, yo ya asumía la maternidad como algo de lo que tenía que huir.

Fui una niña deseada, digamos que en una escala de 0 a 10, - 312 o así. 
Siempre escuchando que mi madre había dejado de vivir su vida por tenerme a mí, que tuviese cuidado de no joder la mía trayendo niños al mundo tan joven. Recuerdo que era bien, bien pequeña, y mi abuela me decía "tú haz lo que quieras, pero el puntico, bien cerradico" ¡Jajaja! No tenía ni idea de lo que me decía, lo entendí mucho después. Pero viendo lo críptica que es con el tema de la educación sexual, no me sorprende que su hija tuviera un embarazo no deseado...

¡Ni que yo tuviera la culpa de que la mía hubiese sido madre adolescente! Ni siquiera creo que fuera su culpa.

De hecho, a día de hoy creo que la culpa no es tal, porque la culpa es la incriminación de un acto negativo, y hoy sé que dar vida es el acto más generoso y bueno que pueda existir.

Cuando escribía la carta a los Reyes Magos, pedía siempre ser negra. ¡Dios, hubiera matado por ser negra!

A los 8 años, cuando por fin me cosqué de que la piel solo le cambia de un día para otro a Michael Jackson, y coincidiendo con mi primera regla,  empecé a pedirles a los Reyes una ligadura de trompas. Sí, lo sé...

Siempre he sido una tía muy previsora y extremadamente responsable. Y no me gusta fallar a nadie. Confiaban en que no iba a "repetir los errores de mi madre". Con lo que tenía claro que no iba a ser madre nunca, por elección propia. Pero era mentira podrida, no lo había elegido yo.

Tengo que decir que mi pobre madre nunca me dijo que se arrepintiera de habernos tenido, ni que añorara lo que no vivió por tenernos tan joven. Personalmente creo que este malestar que he arrastrado tantos años, ese sentimiento de culpa, lo adquirí en el vientre materno. Así que no lo ha causado nadie.

Recuerdo que cuando cumplí los 18 años, me abracé a mí misma por haber conseguido ser mayor de edad sin tener un hijo, ¡joder, ni  que los bebés fuesen champiñones!

A los 20 conocí a mi costilla, un hombre nacido para ser padre, un hombre al que a los dieciocho segundos de conocer, le dejé clarinete que yo no iba a tener hijos jamás...

Y ¡qué de vueltas da la tortilla! 

Pasados unos años nos casamos y a los 25 nació en mí un instinto maternal que daba miedo, era como la necesidad de comer chocolate cuando tienes la regla, pero en cantidades industriales. 
Por aquel entonces yo ya me había reconciliado conmigo misma, con mi madre, con los anticonceptivos inexistentes y decidí ser madre.

Durante 18 meses no pasó nada, entonces me empecé a cagar en el Karma y en mí por haber sido tan bocazas y haber deseado en mi fuero más íntimo no ser madre. 
Lloraba todos los meses un mar entero por los bebés que no llegaban.

Hasta que me quedé embarazada. 

C nunca llegó a nacer con vida, pero le dio sentido a la mía. Supe lo que es sentir el amor más inconmensurable, la plenitud pero también la pena más extrema. Comprendí que un hijo jamás puede privarte de vivir, porque es la vida en sí mismo. Un hijo solo puede sumar.

Así, que mi bebé C, me hizo madre, una madre con los brazos vacíos, pero madre. Y como todos los hermanos mayores, allanó el camino a sus hermanitos pequeños. Me preparó para ellos.

Y más tarde llegaron D y M, V también se nos quedó por el camino.

Bebés rechonchitos que te enchufan en un segundo, toda la sabiduría emocional del Universo, sin USB ni nada. Personas que han tenido la suerte de tener una madre que les adora por encima de todas las cosas, y yo, la inmensa fortuna de haber sido elegida por ellos, por los cuatro, que me enseñan a ser mejor todos los días y que me recuerdan lo preciosa que es la vida.

Así que, ¿qué puedo decir? Gracias mamotis, por haberme dado la vida para yo podérsela dar a los míos, gracias Reyes Magos por no haber cumplido todos mis deseos y gracias pegotes de mami porque hoy sé que nací para vosotros, para ser vuestra madre y eso me hace muy feliz.

Espero estar a la altura...