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miércoles, 18 de marzo de 2020

Haz que cuente

Es curioso cómo es tan relativo el tiempo.

Recuerdo, en el instituto, ver el minutero retroceder sin parar, en la clase de primera hora de los lunes: Filosofía.

Y yo quería morir antes que seguir escuchando el dichoso tic tac, del reloj colgado encima de la pizarra, ese tic tac que casi atronaba, sobre el silencio de una clase plagada de adolescentes semiinconscientes.

Y juro que veía la aguja retroceder, torturándome, recordándome lo que costaba, para una chica, reina del drama, como yo, superar cada día con éxito.

Es en esos años de estudio, junto con la magnífica etapa del estreno de la maternidad, cuando se pone de moda en tu vida, aquello de "aprovecha ahora, que los años pasan volando" y te falta el canto de un duro para echarte a llorar o escupir a semejantes consejeros en su cara de listos.

Pero es verdad, la vida y el tiempo, como dice Bebe, corre en patines, cuesta abajo y no tiene freno hasta que te das el golpe.

Y ahora mismo estamos en pausa, todos y todas, a nivel mundial, qué fuerte y que aleccionador, ¿no?.

La naturaleza, la guerra silenciosa (teoría de mi abuela), la enfermedad, la irresponsabilidad del ser humano, la teoría de la conspiración, la selección natural, o yo qué coño sé, nos ha obligado a parar en seco y creo que lo más constructivo es tratar de aprovechar este valioso tiempo y, paradójicamente, filosofar, sin medir el tiempo.

El primer día de encierro, tenía sensación de falta de aire, solamente quería estar sola, estaba cabreada, muy cabreada, porque lo que hacía que mis días volaran, que la vida se precipitara a alta velocidad, mi orden, mi milimetrada rutina, se había ido a la mierda sin mi consentimiento.

El segundo, empecé a focalizar mi enfado hacia los políticos, así, sin más. Pero necesitaba redirigir mi mala onda hacia un ente abstracto o me iba a volver loca y/o a cargar a mi familia, que también estaban pasando por su proceso de adaptación.

Durante el tercer día me dio por echarle sentido del humor de forma desmesurada mientras, paralelamente, observaba las décimas en el termómetro y comenzaba a sentirme mal de salud.

Y el cuarto, decidí ignorar a mi cuerpo, para dejar de somatizar, y empezar con mi proceso de imposición de adaptación a las nuevas circunstancias, dejó de importarme todo, solo quería sobrevivir emocionalmente a esto.
E hice listas de tareas, listas de ocio en casa, listas de actividades con los niños, tratando de incluirme en una vorágine nueva, pero igual de intensa y estresante que antes del confinamiento.

Hasta que, mientras hacía las listas, tan excitada que sentía mi corazón palpitar a toda leche, en todo mi ser, me di cuenta de que necesitaba esa organización, estructurar el tiempo para que pasase, sin importar vivirlo en sí mismo.

Pero, ¿qué coño?

Menudo golpe de realidad. Menudo colocón de perspectiva.

Conté hasta 10 y me abrí.

Me abrí al sentir popular, a la solidaridad, a la empatía, al cuidar a la sociedad en conjunto, a mi responsabilidad como ciudadana.

Y me paré.

Me paré, casi me petrifico cuando mi hija se acercó lo suficiente a mí como para que el olor de su pelo lo impregnara todo, me asusté al pensar que no recordaba su aroma de bebé y no por no haberla tenido cerca antes, ni dedicarle momentos, simplemente no me había parado a olerla hacía mucho y eso da miedo, porque es lo que verdaderamente importa, con lo que nos vamos a quedar, las sensaciones.

Y eso no te lo devuelve el tiempo, o lo atesoras, o perdiste tu oportunidad.

Desconozco el motivo real por el cual estamos todos y todas en este punto, pero quiero pensar que es una lección kármica, una oportunidad para hacer un reset y encontrar lo que para ti debe ser esencial en tu vida, y veo preciso, urgente, que dediquemos tiempo a meditar, a encontrarnos.

Yo no pienso desaprovechar esta pausa, ni malgastarla soñando con volver a "la normalidad", voy a cuidar de mí, a enfocarme y a tratar de darle sentido a todo.

También voy a cuidar de ti, porque si algo nos ha enseñado esta pandemia, es que todos y todas contamos, que un pequeño gesto puede ser grandioso y que la vida es maravillosa.

Haz que tus minutos, tus horas, tus días, sumen, te aporten, te crezcan.

Haz que cuenten.





jueves, 4 de agosto de 2016

Wahala

Anoche soñé que caminaba por el porche del terreno.

Miraba las baldosas salmón y azul marino del suelo, tratando de no pisar las claras y pensando que mi familia era muy elegante porque nadie tenía tanto gusto para unas baldosas de porche en toda la urbanización.

Así era yo y así sigo siendo: una persona extremadamente orgullosa de pertenecer a su estilosa familia.

El caso es que en mi sueño arrastraba un cochecito enorme, de color rosa y un poco roñoso.
No podía ver a "mi bebé" y pesaba muchísimo porque el cochecito era el doble de alto que yo, pero imaginaba que era mi satánica muñeca Rosita,  con sus pelos de punta y trasquilados por mi momento peluquera, sus ropas marranosas y su inquietante mirada con un ojo abierto de par en par y el otro a la virulé.

Mi Rosita era una bebé imperfecta, pero yo la quería muchísimo, el cochecito era enorme y me costaba más llegar a ella, pero no hubiese cambiado jamás a mi hija de goma por ninguna otra.

He despertado pensando en lo poco que me hacía yo a la idea  a esa edad de lo complicada que podía ser la maternidad.

Por aquel entonces pensaba que la prueba más dura era parir, como muchas otras niñas, temía ese momento que relacionaba con el dolor más intenso de la vida, con los gritos, con el miedo, incluso con la muerte.

Después imaginaba que todo iba rodado. Que todo eran bañitos alegres, purés con cuchara de plástico, cambios de ropa y de zapatos y pasarme el día haciendo peinaditos.

Esos entrenamientos que hice mediante el juego nunca me prepararon para tener un hijo con Síndrome de  Asperger.

Eso era algo que no pasaba en mi casa. Los bebés nacen, nacen vivos, están sanos, son felices y normales.

Nada me preparó para que mis hijos no nacieran vivos. Eso en mi casa no pasaba y mis muñecos de goma roñosa nunca morían.

Una vez que logré que naciera y viviera, estuviera sano y fuera feliz mi primer hijo, resultó no ser "normal".
No se interesaba por las mismas cosas que los nenes de su edad, ni deseaba contacto, no quería colechar con sus padres, se sentía molesto por la luz del sol, por los cambios de temperatura bruscos, por los ruidos, que para nosotros habituales, eran para él ensordecedores.

¿Qué puedo hacer yo si me han enseñado que los niños son todos iguales y desean las mismas cosas?

Estoy tratando de comprender, respetar y amar la diferencia, pero es duro. A veces siento que no llego a nada, que no puedo ofrecerle lo que él demanda, su necesidad de conocimiento es infinita y yo a su lado me siento como si no supiera sumar dos más dos.

Es vergonzoso para mí admitirlo pero me jode muchísimo a veces, encontrarme con un niño que habla con sus padres de temas convencionales, que escucha y los mira mientras ellos le dan la réplica, porque siento que los entiende, sin distracciones, sin una puta mosca, un robot o una máquina del tiempo que ronde su mente.

A veces uno necesita un poco de normalidad, es así de simple. Y que la mente descanse de tanto surrealismo. Otras, la normalidad puede resultar tediosa. Necesito poder volar de un mundo a otro sin que ello suponga un trauma cada vez. Necesito adaptarme.

El otro día en la oficina, un compañero me dio a conocer una palabra nueva, que se utiliza comúnmente en Nigeria: Wahala.
Me encantó, sobretodo por lo que supone el lenguaje  y su diversidad: unión, conocimiento, empatía, comunicación, igualdad.
Mi compañero me explicaba con orgullo que la utilizaba en conversaciones con clientes nigerianos, que ellos enseguida captaban el mensaje de que el que la pronunciaba era conocedor de algo más que la situación geográfica de su país.
De todo esto, me quedé con el mensaje de mi compañero al usarla, esa adaptabilidad al medio.
Y he adoptado este término como mi talismán al que aferrarme cuando vienen curvas, porque me he propuesto convertirme en un camaleón emocional y dejarme llevar.

Pensaré wahala cuando sienta que no puedo alzarme sobre el enorme cochecito y ver la cara de mi bebé, cuando la maternidad se me haga cuesta arriba.

Gritaré wahala cuando mi hijo me mencione un millón de veces que quiere el mismo maldito Pokémon, ir a un crucero con comida gratis o me confiese que pegarse en la cara le hace sentir mejor.

Y me sentiré muy, muy wahala cuando vuelva a ver a un niño neurotípico conversar con sus neurotípicos padres.

Estoy dispuesta a volverme más de goma incluso que mi Rosita, a aprender a dejarme llevar, a ser flexible en mi emocionalidad a mi conveniencia.

El significado auténtico de wahala es problema.

Sí, he elegido voluntariamente esa palabra con esa definición y he decidido darle la vuelta y cambiarla a mi propio interés para que me acompañe siempre, supongo que para que me recuerde la manera de combatir los obstáculos, adaptándome a ellos sin dejar que me paralice el miedo al cambio.

Y así, con suerte, quizá un día el cochecito de mi Rosita, no estará sucio y no será tan pesado ni  resultará tan difícil de mover. Y con más suerte todavía, me sienta capaz de acompañar a mis hijos sin volverme majareta.

Wahala, amiguitos.






martes, 21 de junio de 2016

No sos vos, soy yo


Hoy me hablaste feo.

No es lo que dices es el cómo me lo dices a mí.

Me dio por rebobinar y me di cuenta de que hace tiempo que no me respeto, pero a través de ti.

¿Te chirría lo que hago y lo que no? ¿te molestan mis comentarios o mis cambios de humor?
Ese "tonito" despectivo con el que me hablas... quizá tienes algo que decirme y no te atreves.

Pero ese es tu problema.

Yo tengo otro bien grande.

Te voy a decir algo, amor.
He vuelto y mi consciencia ha vuelto conmigo, también me he traído fuerza, seguridad y un par de ovarios y, ¿sabes qué, vida mía? No estamos dispuestos a castigarnos más.

No merezco malas palabras, no merezco malos tonos, ni sentirme ninguneada, ni golpes en la mesa.

Y como sé que no los merezco, eso va a ser algo que no va a volver a repetirse jamás.

Tampoco voy a volverme a conformar con menos de lo que necesito y, ¿sabes qué, miarma? Esta que está aquí necesita mucho, mucho, mucho más de lo que representas tú.

Pero sobretodo, me necesito a mí, toda entera, y no en pedacitos, como estoy ahora.

Te pido perdón, cariño,  porque cambié, porque me fui, porque no debes saber dónde está esa chica que conociste un día.

La vida me dio unos golpes, y no supe curarme bien las heridas. Algunas se quedaron ahí, expuestas, abiertas en canal y tú, que también tienes las tuyas, empezaste a hurgar con tu dedito en mi dolor.

Y yo me dejé, porque pensé que contigo las cosas eran así, y que, con tal de compartir mi pena, no me importaba que fueras tú el que hiciera que escociese.

Te pido perdón porque no lo supe hacer bien, porque me castigué a través de ti, porque te dejé perder al mismo tiempo que me perdía a mí.

Y ya es tarde, rey mío. Ya estoy aquí, he vuelto y me he encontrado el mundo roto, ya no es ideal. Y en este mundo yo no quiero vivir, pero si lo hiciera, ya no sería contigo.

Gracias, por todo, lo malo también me lo llevo, algo construiré con eso también.

Te quise, pero no bien, a mí tampoco, discúlpame y, si puedes, soluciona tus mierdas, y así este ciclo no se repetirá ya más.

Yo me voy a juntar los pedazos, a aprender a quererme, a reconocer quién soy, a descubrir lo que quiero, a bailar bajo la lluvia sola o acompañada, a volver a reír a carcajadas hasta que me duela la tripa, a no preocuparme de si mis actos avergüenzan a alguien, a estar orgullosa de mí y de cada paso que doy, a darle sentido a todo esto de la vida.  

Corazón, me voy a VIVIR.










jueves, 3 de diciembre de 2015

Un resfriado

Parece que los días sean todos iguales: el puto despertador infernal, la misma ducha a las siete y media, el desayuno estresante con los niños, el trabajo, la comida, las tareas de casa, las miserias de siempre en el telediario, el desmayo en el sofá...

Y vuelta a empezar.

Pero hoy no, hoy mi mundo ha cambiado, porque he abierto los ojos y estás aquí.

Te veo,  con tu sonrisa radiante, el brillo de tus ojos y ese garbo al caminar.

Y no puedo creer lo feliz que me siento.

Estás aquí.

No puedo hablar, solamente te miro, embobado.

Y alcanzo a romper la rigidez de mi cuerpo, para conseguir alzar la mano y tocar tu pelo.

¡Tu pelo!

Estás aquí y eso es lo más maravilloso que me ha pasado nunca.

Y te cachondeas de mí, y me dices que si tienes monos en la cara.
Debo estar mirándote como si tuvieras una jungla entera, porque brillas, toda tú, resplandeces, tu risa ha vuelto para llenar el vacío de nuestra casa, y el de mi vida.

Y te abrazo, te apretujo y te siento toda. Y te beso, y te huelo y registro los lunares de tu antebrazo derecho, esos que me gustan tanto porque forman una constelación hermosa, y siguen ahí.

Sin duda, eres tú.

Y lloro, y me deslizo contra la pared hasta llegar al suelo.

¡Ha sido tan duro estar sin ti!

He necesitado aprender a comunicarme con la niña, ya sabes, está en plena pubertad, parece que tiene dudas con su sexualidad, nos ha costado mucho conseguir este grado de intimidad y de confianza.

Y Javi te añora y le ha dado por pegarse con todos los chavales que se atrevan a soplar a su lado.

En estas cosas, tú siempre has sido la Máster del Universo, yo he hecho lo que ha estado en mi mano y hasta lo que no.

Me he convertido en un seguidor de tus maneras de hacer, me obsesiona perpetuarte. Doblar las servilletas como tú, cambiar las sábanas los viernes, hacer croquetas con los restos del pollo asado del domingo, sí, he seguido haciendo tu receta del pollo asado cada domingo.

Y ya van más de cuarenta domingos con sus cuarenta pollos, que te marchaste.

Todavía me cuesta respirar, no se me llenan los pulmones de vida como antes, porque tú te la llevaste contigo.

Mi vida.

Y ahora estás aquí y el tintineo de tus pulseras resuena en mi oído mientras me consuelas y acaricias mi mejilla.

La última vez que hablamos, nos dijimos te amo todo el tiempo, estabas tan pequeña, tan frágil, tan cansada...

¿Quién iba a suponer que tu preciosa constelación nos iba a dar la noticia más amarga de nuestras vidas?

Cáncer.

Eso estaba en ti. Estaba en tu piel de bebé. Y pronto lo invadió todo: tu ser, tu alegría, tus ganas, tu alma.

Y luchaste, mi cielo, y yo contigo, pero al final te fuiste, y yo me quedé aquí sin ti, sin alegría, sin ganas y sin alma.

Viviendo otra etapa en mi vida que me has regalado tú con tu ausencia. Amando a nuestros hijos y a nuestras familias con una intensidad loca, disfrutando de las cosas pequeñas que antes no era capaz de percibir, conectando con la vida de verdad.

Gracias por ello, mi amor.

Y estás aquí y quiero decírtelo: el cáncer ha perdido para siempre, ya nadie morirá por su culpa. La ciencia ha conseguido parar al bicho, y ya no es más peligroso que un resfriado.

Casi lo conseguimos, mi vida. No puedo evitar sentir rabia e impotencia, ¿por qué no pudo pasar esto hace cuarenta domingos? Qué egoísta, ¿verdad?

Simplemente un resfriado, eso me dejó sin el calor de tus manos sobre las mías.

Pero aprovechemos este momento que me regalan los sueños, celebrémoslo, el bicho ha perdido, y aunque cuando despierte tú volverás a no estar, ya no se llevará más vidas.

Ven aquí, abrázame hasta que despierte y espérame donde te quedes tú.



miércoles, 18 de noviembre de 2015

Para ti

Hoy te he visto, de pronto, en la pantalla del ordenador y se me ha arrugado el corazón.

He podido sentir la contracción en mis entrañas. Tú siempre me remueves, aunque no deba ser así.

Me dueles.

¿Por qué? ¿por qué? ¿por qué?

Yo sé la respuesta.

Junto a ti he sido más yo que nunca, junto a ti he aprendido, he crecido, he mejorado.
He vivido las sensaciones más intensas de toda mi vida.

Tú me has vuelto loca.

Y ¿qué es esto? ¿dónde estamos? ¿qué cojones estamos haciendo?

No te pregunto dónde estás, porque lo sé. Estás en mí, enquistado. Estás en mi mente cuando desayuno con mi preciosa familia, cuando trabajo con ganas y me siento eficaz, cada vez que comparto datos con otro ser humano.

¿Eso fue lo que nos pasó? ¿Esa era toda la información que debíamos compartir?

No lo creo.

Nos cortaron la línea las circunstancias.

¿Piensas en mí alguna vez? Estoy segura que sí. Y que te preguntas qué es esto, dónde estamos y qué cojones estamos haciendo.

Somos idiotas.

Y hoy, que consigo todo lo que me propongo, que soy lo que siempre quise ser, que por fin creo en mí, también te recuerdo. Porque tú siempre lo hiciste, siempre me veías cuando ni yo misma lo hacía.

Gracias por eso.

Gracias por enseñarme el pensamiento práctico, por compartir mis ideas de bombero, por divertirnos tanto, por esos pitis compartidos, por permitirme quererte tanto y por quererme tú a mí.

La vida nos tiene preparados distintos caminos ahora, aprovechemos para recopilar información, porque en esta misma vida nos volveremos a encontrar y deberemos compartirla y ya no se acabará nunca.

Nos veremos pronto, nos daremos un abrazo apretao y no nos acordaremos  de que ha pasado el tiempo, ¡tengo tantas cosas que contarte!

Hasta entonces, cuídate mucho y sé muy feliz.

Tu amiga que te añora y te quiere con todo el corazón.




jueves, 12 de noviembre de 2015

Experimentación interplanetaria


Hasta hace unos años yo quería morirme todo el rato.

Mis días eran una agonía y en la noche no encontraba alivio a mi sufrimiento.

Mi cabeza no paraba de pensar y pensar. Se solapaban los pensamientos negativos, no daba abasto, tenía mucho trabajo reflexionando sin llegar a ningún lado.

Estos pensamientos destructivos no dejaban sitio a los buenos, ni me permitían operar con normalidad. Algo tan simple como vestirme, qué digo vestirme, simplemente levantarme por la mañana era todo un reto.

Recuerdo la decepción al despertar, por seguir viviendo, por seguir en este mundo.

Me inventé que en realidad esta no era la vida, la vida era otra y era espatarrante. Lo que me pasaba es que formaba parte de un experimento maquinado por seres superiores, que ponían obstáculos constantemente a mis pasos y depositaban un saco de cien quilos sobre mis hombros para dificultarme la tarea.

Y nada me valía. Porque todo era mentira. Yo era mentira.

No se puede construir en base a la mentira y mi experiencia en la vida formaba parte de un estudio interplanetario.

No valía la pena intentar escapar, los SIMS no pueden decidir y yo tampoco podía.

Tenía un chip que reproducía imágenes de momentos traumáticos del pasado de forma constante. Y otro, que me decía al oído que nadie sabía que existía yo y a veces me recordaba que todo ser que yo quisiera,  moriría.

Por las noches, si conseguía cerrar los ojos, soñaba estar entre ovillos gigantes de lana que se entrelazaban, estaban enredados y eran eternos, yo trataba de desliarlos pero eran enormes y  estaba tan cansada...


A veces, conseguía compañía para dormir y era glorioso. Durante un ratito no tenía miedo. La ventana no se abría y cerraba sola, no habían personas en la habitación con cara de nada, personas que no debían estar.

Un día se me ocurrió tocar las pelotas a los marcianos manipuladores.

No podía cambiar el escenario, pero podía cambiar el personaje.
Decidí ponerme una careta invisible que solamente yo sabía que llevaba. Mi nuevo personaje desoía los mensajes negativos, ponía sentido del humor a todas las situaciones que se le presentaban, pasaba olímpicamente de los problemas terrenales, no solucionaba ninguno, no tenía fuerzas, pero de eso no tenía que darse cuenta nadie o el plan fracasaría.

Mentira, todo mentira.

La vida seguía sin serme grata pero al menos tenía la motivación de joderle el experimento a los psicópatas que me torturaban.

Así estuve unos años, con la máscara de alguien que tampoco era yo. Sobreviviendo y deseando que una certera maceta cayera de una ventana directa a mi cráneo, la maceta liberadora.

Pero la verdad siempre prevalece, sale a flote como el aceite en un vaso de agua.

Y la verdad es que todo seguía siendo una mierda y que ya no me satisfacía boicotear el plan.
Comencé entonces a pensar en desaparecer del escenario, matar al personaje. Ya había constatado que no iban a permitir que eso pasara por azar, tenía que procurarlo yo.

Y así, una noche de tantas, una que precisamente no planeaba hacerlo, lo hice sin más.

Y mi último pensamiento fue para mis niñas, y fue uno bonito, porque yo no iba a estar para ser un mal referente en sus vidas, lo entenderían algún día. Los demás no se darían ni cuenta de mi marcha.

Iba a ser libre y con suerte, iría a la vida de verdad. Donde la mente piensa las cosas de una en una, donde hay amor por todos los lados y nadie tiene miedo de darlo, ni de recibirlo, donde puedes ser de verdad y no hay miedo, ni dolor.

Y volví y me enfadé mucho.

Ahora sí que me la habían jugado pero bien. Se me había acabado el rollo. Ya no valía la careta que llevaba hasta el momento.

Pero eso no era todo. El Karma me tenía preparada una buena lección.

Mi madre tuvo que venir desde lejos para echarme una mano con esto, fuimos a un psiquiatra nuevo, me hizo el mismo apaño que los demás...

Se concluyó que no podía hacerme cargo de mí misma, hablamos de que mi abuelo me tutorizara, fuimos a verlos para contarles lo sucedido y pedirles ayuda.

Y al llegar a casa de mis abuelos, nos recibió su perro, sobreexcitado, como siempre.

Aunque esta vez no pudo soportar tanta emoción.

Mi abuela cayó desmayada en el mismo pasillo donde nos estaba recibiendo, mi abuelo, fuera de sí, trató de hacerle la reanimación cardio-pulmonar, desgraciadamente sin éxito.

El perro de la familia murió, murió de emoción, de felicidad, ¡qué increíble forma de morir!

Y mis abuelos murieron un poco con él. Ya nunca volvieron a ser los mismos, y hoy, después de once años, todavía lloran su pérdida.

Él era su magnífico y fiel compañero, pero era un perro.

Yo soy una persona, soy su nieta.

¿Cómo coño llegué a creer que tenía derecho a hacerles tantísimo daño? ¿con qué licencia me creo yo para pretender acabar con una vida que en parte me han regalado ellos? ¿Cómo pude llegar a sentir claramente que estaba sola en esto, que mis decisiones me repercutían solamente a mí?

No tengo ni puta idea.

Pero con la marcha de Yanko, finalizó el proyecto de experimentación interplanetaria, cogí las riendas de mi vida y empecé a trabajar en mí incansablemente y como no sabía dónde estaba mi eje, decidí que iba a dejarme llevar por el amor que los demás demostraban hacia mí, por sus consejos, iba a ir de su mano y cuando ya pudiera de nuevo volar sola, volaría.

Y eso hice.

Y trabajé y trabajé, y sigo trabajando. Porque la depresión siempre está al acecho, no puedes bajar la guardia, y cada día pongo otra piedra en la trinchera, para cuando lance sus misiles, no me alcancen.

Para que nunca vuelvan los jodidos marcianitos.



jueves, 16 de julio de 2015

Gatita.



Y entonces cierro  los ojos y puedo verme a mí, en esa habitación tenue, tranquilita. Arropada por él, por su amor, por su fuerza. Embriagada de emoción, de orgullo por la grandiosidad del momento, por la intensidad de las sensaciones.

Concentrada en mí, en ti y en la magia.

Puedo verme porque estoy en otro plano, otro infinitamente superior que el que nos proporciona la vida terrenal.

Y me observo. Estoy en una cama, concentrada, abriéndome, disfrutando, absorbiendo cada segundo para no olvidarlo, comunicándome contigo para hacerlo juntas, conociendo de verdad a mi cuerpo, su fortaleza, admirándolo, reconciliándome con él.

Y soy tan pequeña, tan poco capaz. Necesito a mi madre, yo sola no voy a poder hacer algo tan importante, nunca hago nada bien, ni nada hasta el final. 

Sin embargo, con mis propios ojos estoy constatando cómo sí lo estoy haciendo, cómo puedo.

Tú mereces todo mi empeño, mereces ser bienvenida como el milagro que eres, mereces que yo me inspire en ti para recuperar las ganas de vivir.

Todos deberíamos ser tan amados como para formar parte de la inspiración vital de otro.

Pero es que yo también soy pequeña, como tú. Siempre he sido una pequeña haciendo cosas de grandes, me tienes que ayudar con esto.

No sé por qué estoy aquí, cómo es posible que yo vea todo lo que está pasando y nadie me vea a mí, ni por qué yo soy una niña pero me puedo ver en esa cama con un cuerpo tan grande, sonriendo y llorando al mismo tiempo, ¿estaré loca?

Esa es otra. Estoy loca.

Pero esta vez no son las normas sociales o los consejos de los demás lo que me empuja, eres tú, son tus ganas, tu entusiasmo por empezar ya una vida que a mí me aterra.

No tienes ni idea de lo que hay aquí, yo todavía me sorprendo a diario. No va a ser fácil.

Y luego está EL TEMA, ¿te has pensado bien hacer esto conmigo? Es fundamental elegir un buen compañero de camino. Yo no soy buena en esto, antes de que te encabezonaras en aparecer yo ya perdí tres veces esta partida.

Soy una niña y no me entiende nadie. Y ahora me veo  en esa cama y no sé qué puedo hacer para ayudarte, para ayudarnos.

Se me ocurren unas ideas muy locas: ¿y si dejo de ser una espectadora? ¿y si participo de mí? ¿y si yo decido cómo recibirte? ¿y si respeto mis tiempos y a mi cuerpo?

Voy a volver, me tumbaré en esa cama, me abrazaré a mí misma, me daré fuerza, aliento, entusiasmo y ganas, y entonces creceré,  pero nunca me iré del todo.

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Has nacido de mí, gatita, he podido. 

Mi cuerpo ha dejado de ser mi enemigo y le estaré eternamente agradecida, he planeado cada detalle de tu nacimiento y lo han respetado. 

Me he sentido querida, realizada como mujer, inteligente, fuerte, valiosa y ¡viva!

Ya nunca nadie podrá decirme que no puedo, ni yo tampoco, porque he podido sin la ayuda de nadie más que la tuya.
Gracias, porque me has ayudado a curar a la niña herida que malvivía en mí. Ahora es feliz.
Trataré de devolverte el favor,  acompañándote con todo mi amor, descubriendo juntas lo maravilloso que es vivir.

“Gracias por ese día en el que mi mente hizo click, gracias por estos dos años, han sido los más felices para mí.
Sigue divirtiéndote, gatita.

Te quiere con el alma, mami.”


La cama volando. Frida Kahlo. 1932.

jueves, 7 de mayo de 2015

Rodrigo.


Ella posó la mano sobre la de él y volcó todo su amor.

Él la recibió como si fuese un manantial en medio del desierto, sediento, ansioso, agradecido.


Rodrigo era un chico guapo, alto, atlético. Sus ojos amarillos, lucían brillantes, llenos de vida.

Rodrigo era feliz.

Vivía en un piso de 70 metros sin ascensor de un barrio obrero de Barcelona. Trabajaba duro en una fábrica de tocadiscos, tras sus horas, hacía extras y tras sus extras, hacía reparaciones en su casa.

En casa tenía todo lo que podía necesitar: Sus aparatejos de genio loco, su pijama planchado, su traje de domingo, sus recuerdos del pueblo del que un día salió en busca de un futuro mejor, su paella de los fines de semana, sus cuatro retoños, su fiel compañera Chispa, que le recibía siempre moviendo el rabito, y Teresa, su amor.

Para Rodrigo su mundo empezaba y terminaba allí, en su hogar, donde tan seguro se sentía, desde donde creía ser capaz de cualquier cosa. 
Era en la alfombra de su salón donde subía a sus niños a su espalda y simulaba ser un caballito, donde los sábados por la noche se marcaba unos pasos de baile con su señora y donde después hacían el amor, eran sus siestas después del telediario, donde su madre y su querida suegra pasaron sus últimos días. Su templo.

Y el trabajo era únicamente un medio para conseguir un fin, el bienestar de su familia.

Últimamente Rodrigo prefería trabajar desde casa, tenía suficientes encargos y dedicaba a sus inventos el tiempo que le quedaba libre.

Le gustaba escribir poesía.

Sus niños cada vez pasaban más tiempo en la escuela y  Teresa se pasaba el día en la cocina.

Se sentía extraño, pero todo tenía que estar bien porque estaba en casa, en casa nada malo podía pasar. Le dolía un poco el cuerpo pero pronto la gripe mejoraría y podrían salir a merendar con los niños, y Teresa se pondría ese vestido de flores que le volvía loco de amor.

Pronto pasaría este invierno.


Pero ahora esta mujer cogía su mano y le pedía por favor que la mirara a los ojos y dijera su nombre.

Y Rodrigo no tenía ni idea de quién era, ni de qué hacía en su casa, ni de qué le iba a decir a Teresa si les encontraba en medio del salón agarrados de la mano.

"- Abuelo, por favor, mírame."

Y estaban a punto de dar las cinco y media y los niños no habían llegado de sus clases, ¿qué estaba pasando?

"- Abuelo, vuelve, soy Marta. Mar-ta."

Y Teresa debía estar muy disgustada con él, porque hacía días que no le dirigía la palabra. Si les encontraba ahora, iba a disgustarse todavía más.

"- Perdone, creo que se confunde, no sé cómo ha entrado en el salón de mi casa, pero debería irse. Mi señora está al llegar. 
- Abuelo, soy tu nieta Marta y la abuela Teresa hace años que ya no está con nosotros.
- ¡Loca! Es usted un demonio que ha venido a mi casa a volverme loco a mí. ¿Qué quiere? ¿dinero? ¡Déjeme en paz o llamo a la policía!
- Abuelo por favor, solo quiero que conozcas a tu bisnieto Hugo, tiene 10 días. Trata de pensar y tranquilizarte."

La cosa es que su cara me resulta familiar, ¿a quién se parece esta chica?

Oh Dios mío, es igual a Teresa.

Pero, ¿dónde se ha metido mi mujer? ¿por qué llora esta muchacha con su bebé en brazos? ¿y mis hijos? ¿por qué me llama abuelo? Yo no soy abuelo, ¡apenas estoy comenzando a ser padre!

Ahora la loca pone algo en un aparato y en el televisor sale un viejo, ¡en color! debe ser un artista veterano, ¡hay que ver lo que me recuerda a mi padre! Pobrecico...

El hombre suelta un discurso, dice llamarse Rodrigo y dice que no hay que tener miedo, que es complicado entender, pero que a veces, la realidad es diferente a como creemos que es, pero que nunca estamos solos. Se mira las manos y las enseña, yo hago lo mismo por imitación.

Mis manos han cambiado mucho en este rato, están arrugadas, blanquecinas y tienen manchas, no son manos fuertes y jóvenes.

Empiezo a entender. No es necesario decir nada, la mujer que está a mi lado, apoya al crío en su pecho con una mano y con la otra alcanza un espejo y me lo presta.

Me miro y no me veo. No soy yo. Sin embargo levanto una ceja y el del espejo hace lo propio. No hay duda, soy yo. Y el del televisor también soy yo.

Pero ya no sé quién, ni dónde estoy, ni qué ha pasado.

Tengo miedo.

Marta me cuenta que Teresa murió hace unos años, también dos de mis hijos, ¡mis niños!.

Comprendo. Lloro. Me quiero morir.

Ha venido a pedirme que vayamos a una residencia, el resto de mi familia espera en una habitación, por lo visto necesito ayuda y ya no me valgo. No pueden soportar devolverme a la realidad todos los días. Verme sufrir así.

Y yo la miro pero por dentro imploro a Dios que me lleve con él.

Accedo. Si me sacan de casa me muero, pero es lo que deseo. Y cojo su mano, la mano de mi nieta mayor, a la que adoro, sin poder comprender cómo he podido olvidarla,  y la beso y ella limpia mis lágrimas con sus dedicos.

"- Te quiero, Martita. ¡Qué bonico es Hugo y qué mozo es!"


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Hoy vengo de trabajar más feliz que nunca, me llevan en coche con chófer a la casa nueva, debo ser  muy importante, ya verás cuando se lo cuente a Teresa.
Esta tarde salimos los seis de merienda y lo celebramos, a ver si se pone ese vestido de flores, ese que me vuelve loco de amor.









jueves, 9 de abril de 2015

Viernes, 9 de abril de 2010.



Hoy se cumplen cinco años.


Papi y yo te dimos la vida, lo que quizá no sabes es que tú hiciste lo mismo con nosotros.

Y te miro. Y estás tan mayor, tienes salud, eres tan inteligente, tan bonito, y tienes tanto amor siempre dispuesto a regalar... que por un momento creo en Dios.

Porque que estés con nosotros me parece un milagro, una bendición, si  me pongo más solemne.

Seguro que si te cuento esto me preguntarás qué es Dios, y yo no sabré muy bien qué decirte pero te explicaré el cuento de ese chico que murió en la cruz, ese que te conté un día en que fuimos a una iglesia porque te apetecía entrar, el mismo que te emocionaste mirando una imagen de Jesús sangrando en brazos de su madre, y me dijiste:

- Y, ¿por qué no le pone una tirita su mami?
- Porque lo que le han hecho no se cura con tiritas.
- Y, ¿por qué su mamá ha dejado que se haga pupa?
- Porque las madres no podemos proteger a nuestros hijos de todo.
- Y, ¿por qué lloran esos bebés gorditos?
- Se llaman querubines y lloran porque Jesús está muriendo.
- ¿Como el iaio de Nicolás?
- ...


Y hacía más de seis meses que el abuelo de tu primo Nicolás ya no estaba, y yo pensaba que no, pero lo habías entendido perfectamente.
Hablamos de las estrellas, de que hay más personas que queremos en ellas, que nos iluminan y que están felices. Me preguntaste tantas cosas que necesité llamar a la Padrina para que me echara un cable cuando la cosa se puso tan densa que no supe por dónde tirar.

Así que si te digo que a veces me siento tan afortunada por tenerte que me da por creer en Dios, seguramente me digas que mejor crea en los alienígenas o en los Minions, que por lo menos no permiten que sus hijos sufran y les salga sangre, que es lo más impresionante del mundo para ti.

Algunas noches, cuando me acuesto contigo y te espachurro, me dices que me quieres.

No puedes imaginar lo que esas palabras me hacen sentir. Me llenan más que cualquier otra cosa en el mundo. Solo las igualan cuando dices: "Mama, qué feliz soy."
Se suponía que no exteriorizarías nunca, que no identificarías nunca tus sentimientos, pero lo haces.

- Mami, te quiero.
- Ah, ¿sí? Y, ¿cómo lo sabes?
- Porque me duele aquí - y tocas el centro de tu pecho.
- Pues entonces no es amor, porque el amor no duele, eso es que te has dado un golpe- Y me río.
- Es que no me duele de llorar, me duele de que se me sale el amor cuando estoy contigo.
- Ah, ¡vale! porque no me gusta que te duela nada, ¿sabes lo que me gusta, tete?
- ¿el qué? - Me preguntas, pícaro, sabiendo perfectamente la respuesta.
- ¡Tú!

Y te como a besos hasta que te agobio, y me llamas pesada pero te partes de risa.

Y así quiero que las cosas sean siempre entre tú y yo. Que se nos salga el amor del pecho cuando estemos juntos, incluso cuando no.

Es que no puedes ser más zalamero, hijo. Hace unos días te fuiste con papi al cine y nos dijiste mil veces que nos ibas a echar de menos muchísimo a tu hermana y a mí. En la guardería de M, donde te has quedado unos días a jugar, dicen no haber visto nunca dos hermanos echando la siesta allí, abrazados, dicen que acompañaste a tu cuchi dándole besitos en las manos hasta que se quedó dormida.

¿Cómo no voy a pensar que eres una bendición?

Por fin encontré a mi compañero de andanzas, hecho a medida. Me encanta tu mirada cómplice cuando propongo un plan excéntrico de los nuestros o una merienda en familia en el suelo de tu cuarto, un entreno mami-tete un domingo por la mañana,  un desayuno perrete en la cama, un juego en el que yo soy tu sombra y te persigo hasta que muero de agotamiento...
Siempre me secundas, deseando vivir aventuras, exprimiendo los momentos. Tú te comes la vida, mi amor, y estás ayudándome a cerrar etapas que no viví bien cuando tocaban y enseñándome a vivir la que ahora sí toca. Tú me muestras cada día la magia en la que yo nunca creí, ni siendo más pequeña de lo que hoy eres tú.

Por eso siempre te estaré agradecida, mi vida. Por darme una oportunidad para reconducirlo todo, por mostrarme el amor más grande que existe, por abrirme la mente a tu fantasía y a tu peculiaridad, ahora tolero más y mejor al resto de las personas, por darme un motivo para querer ser mejor cada día, porque desde tus ojos he aprendido a quererme y por recordarme que la vida no ha de pasar, hay que devorarla.

Gracias, príncipe azul que yo soñé, porque tú me regalaste la vida el día que yo te di la tuya. Y aunque parezca un buen trato, papi y yo salimos ganando, te lo aseguro.

Mira lo grande que eres, hijo. No olvides nunca la magia que obraste con tan sólo 5 añitos y tu metro catorce. Nunca creas que no eres capaz, ni que el mundo es el cuadrado donde nos intentan meter a todos/as a presión. Que tengas una larga y feliz vida, huevote.

                                                                               Te quiere y siempre creerá en ti,

MAMI






martes, 7 de abril de 2015

En un instante.



El poder que tiene un momento, lo decisivo que puede llegar a ser.
Todo puede dar un giro radical.


En un instante, se va la luz  y el despertador no suena.
En un instante, un orgasmo.
En un instante, hierve la leche en el microondas.
En un instante, un positivo en el test de embarazo.
En un instante, te entra hipo.
En un instante, el cáncer.

En un instante subes al último metro y las puertas se cierran tras de ti.
En un instante, se te dobla el tobillo.
En un instante, aparece el amor.
En un instante, te equivocas de carrera.
En un instante, metes tu elección en una urna.
En un instante, se perdió el respeto.


En un instante, el primer beso.
En un instante, un desahucio.
En un instante, el último abrazo.
En un instante, la inspiración llega. 
En un instante, lo pierdes todo.
En un instante, la vida.

En un instante, un quirófano.
En un instante, el carné de conducir.
En un instante pierdes la dignidad.
En un instante, nacer.
En un instante, tu casa arde.
En un instante, su voz.


En un instante, firmas un contrato.
En un instante, se desprenden tus retinas.
En un instante, la tecla "ENVIAR".
En un instante, ese tren en Atocha.
En un instante, un sí quiero.
En un instante, una mancha de tomate. 


En un instante, una llamada.
En un instante, NO APTO.
En un instante, la lotería.
En un instante, el miedo.
En un instante, tu bebé lacta por primera vez.
En un instante, rompes la hucha del cerdito.


En un instante, le sonríes.
En un instante, despedido.
En un instante, el arco iris.
En un instante, una mudanza.
En un instante, llega el gol.
En un instante, se muere.


En un instante, la primavera.
En un instante, un ciervo impacta en la luna del coche. 
En un instante, el tacto de las manos de tu abuela.
En un instante, se te caga una paloma.
En un instante, te pone a mil.
En un instante, se te acabó el tiempo. 


Me propongo atesorar cada instante, a partir de este mismo.






 

 

jueves, 2 de abril de 2015

Mi bolita de coco.


Sara es como cuando te despiertas pensando que llegas tarde y descubres que es domingo.

Es mi mejor amiga.

Tengo mucha suerte, no me lo explico.

Hoy pensaba que mira que hay personas en el mundo, que ha habido eras en la humanidad y rincones en este planeta y hemos ido a coincidir las dos en espacio y tiempo.

Una potra que no veas.

Y me alucina que aparentemente no tengamos nada que ver, pero lo tengamos todo. Me encanta no quererla por inercia, quererla porque cada día descubro un nuevo detalle de su personalidad que me encandila todavía más.

Sara es un paquete de pipas y un remigio en una terraza de pueblo a las tres de la mañana. Es el fresquito en tu cara cuando le das la vuelta a la almohada en agosto. Es lo más confortable del mundo.

Ella siempre "va tirando, con la calma", yo soy de las que llegan antes que la calma. Sara recuerda su nacimiento, yo odio recordar. Ella es improvisación, yo me debo a la previsión.

En fin, la extraña pareja. 

Nos unen el hipotiroidismo, nuestras preciosas familias, 16 años llenos de momentos juntas (momentos que sí quiero recordar), que somos hembras humanas y por supuesto, el amor.

A menudo pienso en qué podré yo aportarle a ella. Y no es que me menosprecie, es que creo firmemente que las relaciones son un intercambio de información, sea del tipo que sea, y me acojona pensar que un día se nos acabe. 
El dueño de Telefónica lo debe estar deseando...

Sara es artista. En todas las facetas en las que se puede hacer arte, menos en el caminar. 

Sara y sus pausas dramáticas. Sus ideas de bombero, superlógicas para ella solita.

Sara es un genio.

Sus cuadros te transportan, te emocionan, te llenan por dentro ¡qué increíble!.
Sara también es actriz. Consigue marcar una huella imborrable haga lo que haga. Es su sello de calidad.

Sara canta como un gato atropellao, agonizando, muy fuerte... Duele. Pero hasta eso lo encuentro adorable, eso, sus pies de campesino y sus "me niego".

Adora la cultura francesa, le encanta chafardear en Pinterest hasta las cuatro de la madrugada y los libros con títulos extraños, los cantantes siniestros totalmente desconocidos para el resto de la humanidad y  las camisas de cuadros de su padre.

A Sara hace casi un año se le partió el corazón y está pegando los pedacitos como puede y creciendo por el camino. Se fueron dos personas del mundo para instalarse en su alma para siempre, y con Aquilino, ya son tres.
"No me extraña que te duela la espalda, Amiga."
Y ella ahora es mejor persona si cabe, lo sé, lo noto; parece que ha vuelto, y le hablo pero no es ella, es su versión mejorada.

"Todo irá bien, Amiga. Te deparan tantas cosas buenas..."

Sara es especial.

Sara te regala una sonrisa ancha y abre grandes sus preciosos ojos aleteando las pestañas si le dices algo bonito mientras te pregunta coqueta " ¿sí? "

"Sí, Amiga, sabes que sí, y si no lo sabes, te lo recuerdo yo."

Sí a que tu sensibilidad es de lo más hermoso que he conocido nunca. Sí a que tu mente tiene tantos recovecos misteriosos, tan impresionantes... 
Sí a que tu generosidad, tu capacidad de asombro, tu bondad, tu empatía y tu curiosidad no conoce límites. Sí a tu originalidad, tu autenticidad, tu verdad. Sí a tu espiritualidad y a tu sensitividad. 

Y un SÍ gigante a que haces muchas cosas bien, porque les pones amor, pero lo que mejor se te da es ser.

Y eres, Sara, para esta amiga loca que tienes, el contrapunto que necesito para mantener el equilibrio, la mano eterna que se me ofrece cuando aún así caigo, los oídos en los que me refugio con absoluta confianza, es tu abrazo y sus poderes mágicos lo que más me reconforta.

Hemos vivido de todo juntas, los momentos más importantes de nuestras vidas. Queramos o no, nos hacemos mayores y aunque nos aguardan muchos momentos felices, también hay y habrá alguno más complicado. Pero vamos a poder con todo.Y estaremos juntas, porque aunque estemos lejos, nuestra amistad está por encima de la distancia física.

Gracias, Amiga. Es un honor para mí estar a tu lado. 
Te quiero más cada día, mi bolita de coco.




lunes, 30 de marzo de 2015

Desastres naturales.


Crees que todo va bien hasta que algo verdaderamente chungo se acciona dentro de ti.


Y un nudo se instala en tu garganta. Y el malestar lo inunda todo.

Y te pasas el día llorando como una perra.

Y te molesta que te hablen, que te miren y por supuesto, que te toquen.

Y tú no quieres, pero estás trabajando y los lagrimones caen solos sobre tu mesa y te salpican.

Pero, ¿qué mierda me salpica en realidad?


No dejas de darle vueltas, haciendo inventario de cómo están las cosas en tu vida, y claro, todo está mal, porque las cosas están bien y mal al mismo tiempo, todo va en función del cristal con que se mira.

En los momentos de lucidez, relativizas. Te sientes ridícula. Desproporcionada. Sin derecho a estar tan mal. Pero duran poco.

Venga pa' arriba y pa' abajo, en la montaña rusa emocional Davínia.

Y tu bebé te reclama y en lugar de ir a comértela a besos, huyes como si estuviera recubierta de ácido, pobre...

Y tu hijo mayor te pregunta si estás enfadada y le dices que no y te hace saber que verte mutar en Úrsula de La Sirenita no le parece nada divertido.

Y lo ves todo hecho una mierda y te quejas, y lloras más. Porque hace diez horas que te fuiste a trabajar, después te has quedado tirada con el coche, tienes los ojos como dos pimientos morrones y te duelen las lumbares mortalmente.

Tu pareja, que se hace cargo de que tienes un día del cual podrían inspirarse para hacer toda  una saga de pelis de terror, trata de conciliar. Les pide a los nenes que te dejen espacio, los entretiene, pone orden  y te da mimos.

Lo matarías. 

Te mira con amor. Tú ves suficiencia, chulería y cachondeo a tu costa.

Y venga a llorar...

Le dices que te estás replanteando la vida, la relación, tu futuro.

Te mira con cara de "¡Ay, Dios! Vamos a la cama y vuelve en ti." Pero como se está volviendo un máquina en cuanto a tu manual de instrucciones, se pone en modo escuchador y... ¡Alucina! También en modo hablador.

Hablas, hablas, hablas.

Escucha, escucha, escucha y por fin suelta  su veredicto de hombre práctico,  su propuesta de solución de diez segundos.

Te quedas con tu poker face mítica, que ya tiene hasta denominación de origen, y como estás en la treintena, te bajas del carro del orgullo y te pones en plan dialogante. Sabes que tiene razón en un trescientos por cien, pero antes muerta que no pelear un poco.

Te comprometes a cosas, se compromete él también.

Y como los pensamientos que te rondaban no se sostienen ni un poquito, te acurrucas en su amoroso pecho, esnifas despacio su olor, recuerdas que así es como quieres que huela todo tu mundo hasta que te mueras y empieza a descender poco a poco tu nivel de ansiedad. 
Te sientes  menos esquizo cada segundo que te refugias ahí, en tu rincón paradisíaco.


...Y eso es lo que pasa cuando te viene la regla después de 31 meses, un lunes de pérdida, por la mañana.


Putas hormonas.  Puta naturaleza.