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jueves, 3 de diciembre de 2015

Un resfriado

Parece que los días sean todos iguales: el puto despertador infernal, la misma ducha a las siete y media, el desayuno estresante con los niños, el trabajo, la comida, las tareas de casa, las miserias de siempre en el telediario, el desmayo en el sofá...

Y vuelta a empezar.

Pero hoy no, hoy mi mundo ha cambiado, porque he abierto los ojos y estás aquí.

Te veo,  con tu sonrisa radiante, el brillo de tus ojos y ese garbo al caminar.

Y no puedo creer lo feliz que me siento.

Estás aquí.

No puedo hablar, solamente te miro, embobado.

Y alcanzo a romper la rigidez de mi cuerpo, para conseguir alzar la mano y tocar tu pelo.

¡Tu pelo!

Estás aquí y eso es lo más maravilloso que me ha pasado nunca.

Y te cachondeas de mí, y me dices que si tienes monos en la cara.
Debo estar mirándote como si tuvieras una jungla entera, porque brillas, toda tú, resplandeces, tu risa ha vuelto para llenar el vacío de nuestra casa, y el de mi vida.

Y te abrazo, te apretujo y te siento toda. Y te beso, y te huelo y registro los lunares de tu antebrazo derecho, esos que me gustan tanto porque forman una constelación hermosa, y siguen ahí.

Sin duda, eres tú.

Y lloro, y me deslizo contra la pared hasta llegar al suelo.

¡Ha sido tan duro estar sin ti!

He necesitado aprender a comunicarme con la niña, ya sabes, está en plena pubertad, parece que tiene dudas con su sexualidad, nos ha costado mucho conseguir este grado de intimidad y de confianza.

Y Javi te añora y le ha dado por pegarse con todos los chavales que se atrevan a soplar a su lado.

En estas cosas, tú siempre has sido la Máster del Universo, yo he hecho lo que ha estado en mi mano y hasta lo que no.

Me he convertido en un seguidor de tus maneras de hacer, me obsesiona perpetuarte. Doblar las servilletas como tú, cambiar las sábanas los viernes, hacer croquetas con los restos del pollo asado del domingo, sí, he seguido haciendo tu receta del pollo asado cada domingo.

Y ya van más de cuarenta domingos con sus cuarenta pollos, que te marchaste.

Todavía me cuesta respirar, no se me llenan los pulmones de vida como antes, porque tú te la llevaste contigo.

Mi vida.

Y ahora estás aquí y el tintineo de tus pulseras resuena en mi oído mientras me consuelas y acaricias mi mejilla.

La última vez que hablamos, nos dijimos te amo todo el tiempo, estabas tan pequeña, tan frágil, tan cansada...

¿Quién iba a suponer que tu preciosa constelación nos iba a dar la noticia más amarga de nuestras vidas?

Cáncer.

Eso estaba en ti. Estaba en tu piel de bebé. Y pronto lo invadió todo: tu ser, tu alegría, tus ganas, tu alma.

Y luchaste, mi cielo, y yo contigo, pero al final te fuiste, y yo me quedé aquí sin ti, sin alegría, sin ganas y sin alma.

Viviendo otra etapa en mi vida que me has regalado tú con tu ausencia. Amando a nuestros hijos y a nuestras familias con una intensidad loca, disfrutando de las cosas pequeñas que antes no era capaz de percibir, conectando con la vida de verdad.

Gracias por ello, mi amor.

Y estás aquí y quiero decírtelo: el cáncer ha perdido para siempre, ya nadie morirá por su culpa. La ciencia ha conseguido parar al bicho, y ya no es más peligroso que un resfriado.

Casi lo conseguimos, mi vida. No puedo evitar sentir rabia e impotencia, ¿por qué no pudo pasar esto hace cuarenta domingos? Qué egoísta, ¿verdad?

Simplemente un resfriado, eso me dejó sin el calor de tus manos sobre las mías.

Pero aprovechemos este momento que me regalan los sueños, celebrémoslo, el bicho ha perdido, y aunque cuando despierte tú volverás a no estar, ya no se llevará más vidas.

Ven aquí, abrázame hasta que despierte y espérame donde te quedes tú.



jueves, 8 de octubre de 2015

La vida que se fue de mí.

Aunque parezca imposible, yo cuando nací era muy pequeña.

Creo que por entonces ya era vieja, pero fingí ser bebé para no acojonar a nadie.

Pasaron los años y empecé a interpretar el papel de niña. Y cada vez era más difícil ser y vivir como los demás esperaban que lo hiciera.

Pero yo tenía un plan.

Me gustaba mucho observar situaciones cotidianas.

De cuando mi tía la pequeña se decía cosas al oído con mi tío y se metían mano, creyendo que nadie les miraba, (aunque yo los espiaba de reojo y mi abuelo los miraba como si estuviera a punto de desenfundar la escopeta de su difunto padre) aprendí que las parejas pueden ser cómplices, pueden reír juntos, disfrutan de su tiempo en común y se demuestran cariño.

Yo de eso no tenía ni puta idea.

Siempre tuve la sensación de que a mis padres los habían juntado, con mala leche, un poder superior o algo así.

La sociedad de los cojones, de nuevo, lo que se supone que debemos hacer, eso los unió.

Recuerdo a mi abuela empalmando el desayuno con la elaboración de mil botes de conserva, el arroz con leche de postre para los diecisiete o un rancho de caracoles. Recuerdo entonces, admirarla por su esfuerzo y sentir repelús al mismo tiempo,  por echarlo tanto en cara.
Es curioso que, por mucho que me esfuerce, no consiga visualizar una sola cara de satisfacción por tener a todos sus hijos y nietos a su alrededor. Creo que ella no consigue disfrutar de ello.

Creo que, por ella, y por todos aquellos que  no pueden, me propuse a mí misma amar a mi familia con toda mi alma y no perderme ni un detalle mientras estemos juntos, ni bonito, ni feo.
Aprendí que querer es mucho más que vestir a tus hijos limpios y sin descosidos, llenar el estómago a tu marido con deliciosos platos o agasajar a los invitados con lo que no sueles poner para los tuyos.

Gracias iaia.

También recuerdo especialmente un momento en el que el salón parecía el Valle de los Caídos, que era lo habitual a la hora de la siesta y mi tía favorita abrazaba a mi prima Raquel en su habitación. Era tan chiquitita... La arrullaba con tanto amor, la acariciaba suave, la olisqueaba. Era su momento, el momento de las dos, y yo lo compartía con ellas sin que se dieran cuenta.

Lo siento, chicas. Pero no me arrepiento de ser testigo de uno de los momentos más bonitos que puedo recordar.

Ahora sé que empecé a reconciliarme con mi faceta de hija cuando comprendí que entre ellas se daban paz, cuando miraba la expresión de mi tía conteniendo la emoción al observar a su bebé.

Sé que mi madre también me ha mirado así, pero yo no me permitía reconocer el amor en sus ojos.

Perdóname, mama.

Y bueno, así iba creciendo, sin interesarme absolutamente nada lo que los niños hacían y fijándome en lo que me gustaba y lo que no, de los mayores.

Tenía que aprender a ser grande. A valerme. A no necesitar. Porque si no necesitas, no te decepcionas.

Y decidí no vivir, decidí prepararme para la vida que había planeado. Pero mientras, la vida se iba.

Y me hice mayor, y me di de hostias hasta en el carné de identidad, y lloré un mar, pero, ¿cómo era eso posible? Me había estado preparando tanto para ese momento...

Entonces me inventé que no podía vivir todavía, porque mi cuerpo no era como debía ser.

Y me destruía desde fuera, pero eso te lo cuento otro día.

Otra vez aplazando, otra vez dejando escapar la vida.

Y llegó el día en que me permití ser madre, y me tocó serlo en la muerte. Y me topé con la realidad.
Cuando pude sacar una lectura, comprendí la más valiosa de mis enseñanzas: Que la vida es frágil pero es un regalo maravilloso.

Más tarde volví a experimentar otra maternidad, esta vez en la vida. Y este aprendizaje complementó al primero y me dije a mí misma "ni un minuto más", no aplazo más vivir, no alargo más la posibilidad de ser feliz, no me quedo en el limbo más por miedo a sufrir.


Y ahora solamente quiero ser yo, no un collage de los demás.

Y ya no se me escapa ni un segundo más de vida.




jueves, 16 de julio de 2015

Gatita.



Y entonces cierro  los ojos y puedo verme a mí, en esa habitación tenue, tranquilita. Arropada por él, por su amor, por su fuerza. Embriagada de emoción, de orgullo por la grandiosidad del momento, por la intensidad de las sensaciones.

Concentrada en mí, en ti y en la magia.

Puedo verme porque estoy en otro plano, otro infinitamente superior que el que nos proporciona la vida terrenal.

Y me observo. Estoy en una cama, concentrada, abriéndome, disfrutando, absorbiendo cada segundo para no olvidarlo, comunicándome contigo para hacerlo juntas, conociendo de verdad a mi cuerpo, su fortaleza, admirándolo, reconciliándome con él.

Y soy tan pequeña, tan poco capaz. Necesito a mi madre, yo sola no voy a poder hacer algo tan importante, nunca hago nada bien, ni nada hasta el final. 

Sin embargo, con mis propios ojos estoy constatando cómo sí lo estoy haciendo, cómo puedo.

Tú mereces todo mi empeño, mereces ser bienvenida como el milagro que eres, mereces que yo me inspire en ti para recuperar las ganas de vivir.

Todos deberíamos ser tan amados como para formar parte de la inspiración vital de otro.

Pero es que yo también soy pequeña, como tú. Siempre he sido una pequeña haciendo cosas de grandes, me tienes que ayudar con esto.

No sé por qué estoy aquí, cómo es posible que yo vea todo lo que está pasando y nadie me vea a mí, ni por qué yo soy una niña pero me puedo ver en esa cama con un cuerpo tan grande, sonriendo y llorando al mismo tiempo, ¿estaré loca?

Esa es otra. Estoy loca.

Pero esta vez no son las normas sociales o los consejos de los demás lo que me empuja, eres tú, son tus ganas, tu entusiasmo por empezar ya una vida que a mí me aterra.

No tienes ni idea de lo que hay aquí, yo todavía me sorprendo a diario. No va a ser fácil.

Y luego está EL TEMA, ¿te has pensado bien hacer esto conmigo? Es fundamental elegir un buen compañero de camino. Yo no soy buena en esto, antes de que te encabezonaras en aparecer yo ya perdí tres veces esta partida.

Soy una niña y no me entiende nadie. Y ahora me veo  en esa cama y no sé qué puedo hacer para ayudarte, para ayudarnos.

Se me ocurren unas ideas muy locas: ¿y si dejo de ser una espectadora? ¿y si participo de mí? ¿y si yo decido cómo recibirte? ¿y si respeto mis tiempos y a mi cuerpo?

Voy a volver, me tumbaré en esa cama, me abrazaré a mí misma, me daré fuerza, aliento, entusiasmo y ganas, y entonces creceré,  pero nunca me iré del todo.

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Has nacido de mí, gatita, he podido. 

Mi cuerpo ha dejado de ser mi enemigo y le estaré eternamente agradecida, he planeado cada detalle de tu nacimiento y lo han respetado. 

Me he sentido querida, realizada como mujer, inteligente, fuerte, valiosa y ¡viva!

Ya nunca nadie podrá decirme que no puedo, ni yo tampoco, porque he podido sin la ayuda de nadie más que la tuya.
Gracias, porque me has ayudado a curar a la niña herida que malvivía en mí. Ahora es feliz.
Trataré de devolverte el favor,  acompañándote con todo mi amor, descubriendo juntas lo maravilloso que es vivir.

“Gracias por ese día en el que mi mente hizo click, gracias por estos dos años, han sido los más felices para mí.
Sigue divirtiéndote, gatita.

Te quiere con el alma, mami.”


La cama volando. Frida Kahlo. 1932.

jueves, 2 de abril de 2015

Mi bolita de coco.


Sara es como cuando te despiertas pensando que llegas tarde y descubres que es domingo.

Es mi mejor amiga.

Tengo mucha suerte, no me lo explico.

Hoy pensaba que mira que hay personas en el mundo, que ha habido eras en la humanidad y rincones en este planeta y hemos ido a coincidir las dos en espacio y tiempo.

Una potra que no veas.

Y me alucina que aparentemente no tengamos nada que ver, pero lo tengamos todo. Me encanta no quererla por inercia, quererla porque cada día descubro un nuevo detalle de su personalidad que me encandila todavía más.

Sara es un paquete de pipas y un remigio en una terraza de pueblo a las tres de la mañana. Es el fresquito en tu cara cuando le das la vuelta a la almohada en agosto. Es lo más confortable del mundo.

Ella siempre "va tirando, con la calma", yo soy de las que llegan antes que la calma. Sara recuerda su nacimiento, yo odio recordar. Ella es improvisación, yo me debo a la previsión.

En fin, la extraña pareja. 

Nos unen el hipotiroidismo, nuestras preciosas familias, 16 años llenos de momentos juntas (momentos que sí quiero recordar), que somos hembras humanas y por supuesto, el amor.

A menudo pienso en qué podré yo aportarle a ella. Y no es que me menosprecie, es que creo firmemente que las relaciones son un intercambio de información, sea del tipo que sea, y me acojona pensar que un día se nos acabe. 
El dueño de Telefónica lo debe estar deseando...

Sara es artista. En todas las facetas en las que se puede hacer arte, menos en el caminar. 

Sara y sus pausas dramáticas. Sus ideas de bombero, superlógicas para ella solita.

Sara es un genio.

Sus cuadros te transportan, te emocionan, te llenan por dentro ¡qué increíble!.
Sara también es actriz. Consigue marcar una huella imborrable haga lo que haga. Es su sello de calidad.

Sara canta como un gato atropellao, agonizando, muy fuerte... Duele. Pero hasta eso lo encuentro adorable, eso, sus pies de campesino y sus "me niego".

Adora la cultura francesa, le encanta chafardear en Pinterest hasta las cuatro de la madrugada y los libros con títulos extraños, los cantantes siniestros totalmente desconocidos para el resto de la humanidad y  las camisas de cuadros de su padre.

A Sara hace casi un año se le partió el corazón y está pegando los pedacitos como puede y creciendo por el camino. Se fueron dos personas del mundo para instalarse en su alma para siempre, y con Aquilino, ya son tres.
"No me extraña que te duela la espalda, Amiga."
Y ella ahora es mejor persona si cabe, lo sé, lo noto; parece que ha vuelto, y le hablo pero no es ella, es su versión mejorada.

"Todo irá bien, Amiga. Te deparan tantas cosas buenas..."

Sara es especial.

Sara te regala una sonrisa ancha y abre grandes sus preciosos ojos aleteando las pestañas si le dices algo bonito mientras te pregunta coqueta " ¿sí? "

"Sí, Amiga, sabes que sí, y si no lo sabes, te lo recuerdo yo."

Sí a que tu sensibilidad es de lo más hermoso que he conocido nunca. Sí a que tu mente tiene tantos recovecos misteriosos, tan impresionantes... 
Sí a que tu generosidad, tu capacidad de asombro, tu bondad, tu empatía y tu curiosidad no conoce límites. Sí a tu originalidad, tu autenticidad, tu verdad. Sí a tu espiritualidad y a tu sensitividad. 

Y un SÍ gigante a que haces muchas cosas bien, porque les pones amor, pero lo que mejor se te da es ser.

Y eres, Sara, para esta amiga loca que tienes, el contrapunto que necesito para mantener el equilibrio, la mano eterna que se me ofrece cuando aún así caigo, los oídos en los que me refugio con absoluta confianza, es tu abrazo y sus poderes mágicos lo que más me reconforta.

Hemos vivido de todo juntas, los momentos más importantes de nuestras vidas. Queramos o no, nos hacemos mayores y aunque nos aguardan muchos momentos felices, también hay y habrá alguno más complicado. Pero vamos a poder con todo.Y estaremos juntas, porque aunque estemos lejos, nuestra amistad está por encima de la distancia física.

Gracias, Amiga. Es un honor para mí estar a tu lado. 
Te quiero más cada día, mi bolita de coco.