Parece que los días sean todos iguales: el puto despertador infernal, la misma ducha a las siete y media, el desayuno estresante con los niños, el trabajo, la comida, las tareas de casa, las miserias de siempre en el telediario, el desmayo en el sofá...
Y vuelta a empezar.
Pero hoy no, hoy mi mundo ha cambiado, porque he abierto los ojos y estás aquí.
Te veo, con tu sonrisa radiante, el brillo de tus ojos y ese garbo al caminar.
Y no puedo creer lo feliz que me siento.
Estás aquí.
No puedo hablar, solamente te miro, embobado.
Y alcanzo a romper la rigidez de mi cuerpo, para conseguir alzar la mano y tocar tu pelo.
¡Tu pelo!
Estás aquí y eso es lo más maravilloso que me ha pasado nunca.
Y te cachondeas de mí, y me dices que si tienes monos en la cara.
Debo estar mirándote como si tuvieras una jungla entera, porque brillas, toda tú, resplandeces, tu risa ha vuelto para llenar el vacío de nuestra casa, y el de mi vida.
Y te abrazo, te apretujo y te siento toda. Y te beso, y te huelo y registro los lunares de tu antebrazo derecho, esos que me gustan tanto porque forman una constelación hermosa, y siguen ahí.
Sin duda, eres tú.
Y lloro, y me deslizo contra la pared hasta llegar al suelo.
¡Ha sido tan duro estar sin ti!
He necesitado aprender a comunicarme con la niña, ya sabes, está en plena pubertad, parece que tiene dudas con su sexualidad, nos ha costado mucho conseguir este grado de intimidad y de confianza.
Y Javi te añora y le ha dado por pegarse con todos los chavales que se atrevan a soplar a su lado.
En estas cosas, tú siempre has sido la Máster del Universo, yo he hecho lo que ha estado en mi mano y hasta lo que no.
Me he convertido en un seguidor de tus maneras de hacer, me obsesiona perpetuarte. Doblar las servilletas como tú, cambiar las sábanas los viernes, hacer croquetas con los restos del pollo asado del domingo, sí, he seguido haciendo tu receta del pollo asado cada domingo.
Y ya van más de cuarenta domingos con sus cuarenta pollos, que te marchaste.
Todavía me cuesta respirar, no se me llenan los pulmones de vida como antes, porque tú te la llevaste contigo.
Mi vida.
Y ahora estás aquí y el tintineo de tus pulseras resuena en mi oído mientras me consuelas y acaricias mi mejilla.
La última vez que hablamos, nos dijimos te amo todo el tiempo, estabas tan pequeña, tan frágil, tan cansada...
¿Quién iba a suponer que tu preciosa constelación nos iba a dar la noticia más amarga de nuestras vidas?
Cáncer.
Eso estaba en ti. Estaba en tu piel de bebé. Y pronto lo invadió todo: tu ser, tu alegría, tus ganas, tu alma.
Y luchaste, mi cielo, y yo contigo, pero al final te fuiste, y yo me quedé aquí sin ti, sin alegría, sin ganas y sin alma.
Viviendo otra etapa en mi vida que me has regalado tú con tu ausencia. Amando a nuestros hijos y a nuestras familias con una intensidad loca, disfrutando de las cosas pequeñas que antes no era capaz de percibir, conectando con la vida de verdad.
Gracias por ello, mi amor.
Y estás aquí y quiero decírtelo: el cáncer ha perdido para siempre, ya nadie morirá por su culpa. La ciencia ha conseguido parar al bicho, y ya no es más peligroso que un resfriado.
Casi lo conseguimos, mi vida. No puedo evitar sentir rabia e impotencia, ¿por qué no pudo pasar esto hace cuarenta domingos? Qué egoísta, ¿verdad?
Simplemente un resfriado, eso me dejó sin el calor de tus manos sobre las mías.
Pero aprovechemos este momento que me regalan los sueños, celebrémoslo, el bicho ha perdido, y aunque cuando despierte tú volverás a no estar, ya no se llevará más vidas.
Ven aquí, abrázame hasta que despierte y espérame donde te quedes tú.
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jueves, 3 de diciembre de 2015
Un resfriado
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jueves, 12 de noviembre de 2015
Experimentación interplanetaria
Hasta hace unos años yo quería morirme todo el rato.
Mis días eran una agonía y en la noche no encontraba alivio a mi sufrimiento.
Mi cabeza no paraba de pensar y pensar. Se solapaban los pensamientos negativos, no daba abasto, tenía mucho trabajo reflexionando sin llegar a ningún lado.
Estos pensamientos destructivos no dejaban sitio a los buenos, ni me permitían operar con normalidad. Algo tan simple como vestirme, qué digo vestirme, simplemente levantarme por la mañana era todo un reto.
Recuerdo la decepción al despertar, por seguir viviendo, por seguir en este mundo.
Me inventé que en realidad esta no era la vida, la vida era otra y era espatarrante. Lo que me pasaba es que formaba parte de un experimento maquinado por seres superiores, que ponían obstáculos constantemente a mis pasos y depositaban un saco de cien quilos sobre mis hombros para dificultarme la tarea.
Y nada me valía. Porque todo era mentira. Yo era mentira.
No se puede construir en base a la mentira y mi experiencia en la vida formaba parte de un estudio interplanetario.
No valía la pena intentar escapar, los SIMS no pueden decidir y yo tampoco podía.
Tenía un chip que reproducía imágenes de momentos traumáticos del pasado de forma constante. Y otro, que me decía al oído que nadie sabía que existía yo y a veces me recordaba que todo ser que yo quisiera, moriría.
Por las noches, si conseguía cerrar los ojos, soñaba estar entre ovillos gigantes de lana que se entrelazaban, estaban enredados y eran eternos, yo trataba de desliarlos pero eran enormes y estaba tan cansada...
A veces, conseguía compañía para dormir y era glorioso. Durante un ratito no tenía miedo. La ventana no se abría y cerraba sola, no habían personas en la habitación con cara de nada, personas que no debían estar.
Un día se me ocurrió tocar las pelotas a los marcianos manipuladores.
No podía cambiar el escenario, pero podía cambiar el personaje.
Decidí ponerme una careta invisible que solamente yo sabía que llevaba. Mi nuevo personaje desoía los mensajes negativos, ponía sentido del humor a todas las situaciones que se le presentaban, pasaba olímpicamente de los problemas terrenales, no solucionaba ninguno, no tenía fuerzas, pero de eso no tenía que darse cuenta nadie o el plan fracasaría.
Mentira, todo mentira.
La vida seguía sin serme grata pero al menos tenía la motivación de joderle el experimento a los psicópatas que me torturaban.
Así estuve unos años, con la máscara de alguien que tampoco era yo. Sobreviviendo y deseando que una certera maceta cayera de una ventana directa a mi cráneo, la maceta liberadora.
Pero la verdad siempre prevalece, sale a flote como el aceite en un vaso de agua.
Y la verdad es que todo seguía siendo una mierda y que ya no me satisfacía boicotear el plan.
Comencé entonces a pensar en desaparecer del escenario, matar al personaje. Ya había constatado que no iban a permitir que eso pasara por azar, tenía que procurarlo yo.
Y así, una noche de tantas, una que precisamente no planeaba hacerlo, lo hice sin más.
Y mi último pensamiento fue para mis niñas, y fue uno bonito, porque yo no iba a estar para ser un mal referente en sus vidas, lo entenderían algún día. Los demás no se darían ni cuenta de mi marcha.
Iba a ser libre y con suerte, iría a la vida de verdad. Donde la mente piensa las cosas de una en una, donde hay amor por todos los lados y nadie tiene miedo de darlo, ni de recibirlo, donde puedes ser de verdad y no hay miedo, ni dolor.
Y volví y me enfadé mucho.
Ahora sí que me la habían jugado pero bien. Se me había acabado el rollo. Ya no valía la careta que llevaba hasta el momento.
Pero eso no era todo. El Karma me tenía preparada una buena lección.
Mi madre tuvo que venir desde lejos para echarme una mano con esto, fuimos a un psiquiatra nuevo, me hizo el mismo apaño que los demás...
Se concluyó que no podía hacerme cargo de mí misma, hablamos de que mi abuelo me tutorizara, fuimos a verlos para contarles lo sucedido y pedirles ayuda.
Y al llegar a casa de mis abuelos, nos recibió su perro, sobreexcitado, como siempre.
Aunque esta vez no pudo soportar tanta emoción.
Mi abuela cayó desmayada en el mismo pasillo donde nos estaba recibiendo, mi abuelo, fuera de sí, trató de hacerle la reanimación cardio-pulmonar, desgraciadamente sin éxito.
El perro de la familia murió, murió de emoción, de felicidad, ¡qué increíble forma de morir!
Y mis abuelos murieron un poco con él. Ya nunca volvieron a ser los mismos, y hoy, después de once años, todavía lloran su pérdida.
Él era su magnífico y fiel compañero, pero era un perro.
Yo soy una persona, soy su nieta.
¿Cómo coño llegué a creer que tenía derecho a hacerles tantísimo daño? ¿con qué licencia me creo yo para pretender acabar con una vida que en parte me han regalado ellos? ¿Cómo pude llegar a sentir claramente que estaba sola en esto, que mis decisiones me repercutían solamente a mí?
No tengo ni puta idea.
Pero con la marcha de Yanko, finalizó el proyecto de experimentación interplanetaria, cogí las riendas de mi vida y empecé a trabajar en mí incansablemente y como no sabía dónde estaba mi eje, decidí que iba a dejarme llevar por el amor que los demás demostraban hacia mí, por sus consejos, iba a ir de su mano y cuando ya pudiera de nuevo volar sola, volaría.
Y eso hice.
Y trabajé y trabajé, y sigo trabajando. Porque la depresión siempre está al acecho, no puedes bajar la guardia, y cada día pongo otra piedra en la trinchera, para cuando lance sus misiles, no me alcancen.
Para que nunca vuelvan los jodidos marcianitos.
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viernes, 16 de octubre de 2015
Martes trece.
Me pregunto qué pensaste al despertar, si te cagaste en el despertador cuando te avisó temprano de que se había terminado el puente y tocaba currar.
Me pregunto si tu cuerpo te había dado algún aviso y no te diste cuenta.
Me pregunto si despertaste pensando en ella.
Yo espero que sí.
...................................................
Tu piedra preciosa me dijo por la mañana que no podía soportar más frío que el que hacía ya ese martes de otoño, no tenía ni idea de que iba a ser el otoño más gélido de su vida, y posiblemente el invierno.
No te preocupes, la vamos a abrigar todo lo que podamos.
Sin darnos cuenta, el destino lanzaba señales de que algo inminente iba a pasar, y no pensábamos que la carta del tarot, que decía que iba a tener que renunciar a algo, se iba a referir a ti.
A ti no hubiese renunciado nunca.
...........................................................
Tu partida me ha hecho pensar.
Deberíamos vivir como si hoy fuera nuestro último día en La Tierra.
Deberíamos planificar menos.
Deberíamos decir más veces TE QUIERO y decirlo de verdad.
Deberíamos lanzarnos más y no esperar a estar completamente seguros de nada.
Porque ya lo ves, no hay nada seguro.
Deberíamos despertar cada mañana agradecidos por respirar.
Deberíamos cuidar nuestro cuerpo para alargar el camino.
Deberíamos disfrutar al máximo, y cuando no, poder echar mano de recuerdos e ilusiones.
Deberíamos acostarnos con la satisfacción de no dejarte nada en el tintero.
Porque ya lo ves, tu corazón se rompe y la clase se queda sin hacer.
Deberíamos sentarnos y dibujar nuestros sueños.
Deberíamos sonreír todo el tiempo, porque tenemos una oportunidad, estamos vivos.
Deberíamos ser fieles a nosotros mismos.
Deberíamos desprogramarnos.
Porque ya lo ves, mueres solo tú, deberías vivir siendo tú y no lo que se espera de ti.
Deberíamos hacer el amor como los locos.
Deberíamos perdonar a los demás y a nosotros mismos y seguir adelante.
Deberíamos trabajar y aprender mejor, pero menos tiempo.
Deberíamos meditar un ratito al día.
Porque ya lo ves, qué frágil es la vida.
.............................................................................
Me pregunto si sabes que ya no estás.
Me pregunto dónde estás.
Me pregunto si sigues siendo.
Si estás cabreado con la vida o si por el contrario, aceptas con serenidad este cambio de planes.
Me pregunto si estás satisfecho o si te faltó algo.
Espero que sientas paz y que no la olvides, porque ella no va a hacerlo nunca.
Gracias por darme una gran lección de vida, en la muerte.
Gracias por tu último domingo.
Me ha encantado conocerte, feliz viaje.
jueves, 8 de octubre de 2015
La vida que se fue de mí.
Aunque parezca imposible, yo cuando nací era muy pequeña.
Creo que por entonces ya era vieja, pero fingí ser bebé para no acojonar a nadie.
Pasaron los años y empecé a interpretar el papel de niña. Y cada vez era más difícil ser y vivir como los demás esperaban que lo hiciera.
Pero yo tenía un plan.
Me gustaba mucho observar situaciones cotidianas.
De cuando mi tía la pequeña se decía cosas al oído con mi tío y se metían mano, creyendo que nadie les miraba, (aunque yo los espiaba de reojo y mi abuelo los miraba como si estuviera a punto de desenfundar la escopeta de su difunto padre) aprendí que las parejas pueden ser cómplices, pueden reír juntos, disfrutan de su tiempo en común y se demuestran cariño.
Yo de eso no tenía ni puta idea.
Siempre tuve la sensación de que a mis padres los habían juntado, con mala leche, un poder superior o algo así.
La sociedad de los cojones, de nuevo, lo que se supone que debemos hacer, eso los unió.
Recuerdo a mi abuela empalmando el desayuno con la elaboración de mil botes de conserva, el arroz con leche de postre para los diecisiete o un rancho de caracoles. Recuerdo entonces, admirarla por su esfuerzo y sentir repelús al mismo tiempo, por echarlo tanto en cara.
Es curioso que, por mucho que me esfuerce, no consiga visualizar una sola cara de satisfacción por tener a todos sus hijos y nietos a su alrededor. Creo que ella no consigue disfrutar de ello.
Creo que, por ella, y por todos aquellos que no pueden, me propuse a mí misma amar a mi familia con toda mi alma y no perderme ni un detalle mientras estemos juntos, ni bonito, ni feo.
Aprendí que querer es mucho más que vestir a tus hijos limpios y sin descosidos, llenar el estómago a tu marido con deliciosos platos o agasajar a los invitados con lo que no sueles poner para los tuyos.
Gracias iaia.
También recuerdo especialmente un momento en el que el salón parecía el Valle de los Caídos, que era lo habitual a la hora de la siesta y mi tía favorita abrazaba a mi prima Raquel en su habitación. Era tan chiquitita... La arrullaba con tanto amor, la acariciaba suave, la olisqueaba. Era su momento, el momento de las dos, y yo lo compartía con ellas sin que se dieran cuenta.
Lo siento, chicas. Pero no me arrepiento de ser testigo de uno de los momentos más bonitos que puedo recordar.
Ahora sé que empecé a reconciliarme con mi faceta de hija cuando comprendí que entre ellas se daban paz, cuando miraba la expresión de mi tía conteniendo la emoción al observar a su bebé.
Sé que mi madre también me ha mirado así, pero yo no me permitía reconocer el amor en sus ojos.
Perdóname, mama.
Y bueno, así iba creciendo, sin interesarme absolutamente nada lo que los niños hacían y fijándome en lo que me gustaba y lo que no, de los mayores.
Tenía que aprender a ser grande. A valerme. A no necesitar. Porque si no necesitas, no te decepcionas.
Y decidí no vivir, decidí prepararme para la vida que había planeado. Pero mientras, la vida se iba.
Y me hice mayor, y me di de hostias hasta en el carné de identidad, y lloré un mar, pero, ¿cómo era eso posible? Me había estado preparando tanto para ese momento...
Entonces me inventé que no podía vivir todavía, porque mi cuerpo no era como debía ser.
Y me destruía desde fuera, pero eso te lo cuento otro día.
Otra vez aplazando, otra vez dejando escapar la vida.
Y llegó el día en que me permití ser madre, y me tocó serlo en la muerte. Y me topé con la realidad.
Cuando pude sacar una lectura, comprendí la más valiosa de mis enseñanzas: Que la vida es frágil pero es un regalo maravilloso.
Más tarde volví a experimentar otra maternidad, esta vez en la vida. Y este aprendizaje complementó al primero y me dije a mí misma "ni un minuto más", no aplazo más vivir, no alargo más la posibilidad de ser feliz, no me quedo en el limbo más por miedo a sufrir.
Y ahora solamente quiero ser yo, no un collage de los demás.
Y ya no se me escapa ni un segundo más de vida.
Creo que por entonces ya era vieja, pero fingí ser bebé para no acojonar a nadie.
Pasaron los años y empecé a interpretar el papel de niña. Y cada vez era más difícil ser y vivir como los demás esperaban que lo hiciera.
Pero yo tenía un plan.
Me gustaba mucho observar situaciones cotidianas.
De cuando mi tía la pequeña se decía cosas al oído con mi tío y se metían mano, creyendo que nadie les miraba, (aunque yo los espiaba de reojo y mi abuelo los miraba como si estuviera a punto de desenfundar la escopeta de su difunto padre) aprendí que las parejas pueden ser cómplices, pueden reír juntos, disfrutan de su tiempo en común y se demuestran cariño.
Yo de eso no tenía ni puta idea.
Siempre tuve la sensación de que a mis padres los habían juntado, con mala leche, un poder superior o algo así.
La sociedad de los cojones, de nuevo, lo que se supone que debemos hacer, eso los unió.
Recuerdo a mi abuela empalmando el desayuno con la elaboración de mil botes de conserva, el arroz con leche de postre para los diecisiete o un rancho de caracoles. Recuerdo entonces, admirarla por su esfuerzo y sentir repelús al mismo tiempo, por echarlo tanto en cara.
Es curioso que, por mucho que me esfuerce, no consiga visualizar una sola cara de satisfacción por tener a todos sus hijos y nietos a su alrededor. Creo que ella no consigue disfrutar de ello.
Creo que, por ella, y por todos aquellos que no pueden, me propuse a mí misma amar a mi familia con toda mi alma y no perderme ni un detalle mientras estemos juntos, ni bonito, ni feo.
Aprendí que querer es mucho más que vestir a tus hijos limpios y sin descosidos, llenar el estómago a tu marido con deliciosos platos o agasajar a los invitados con lo que no sueles poner para los tuyos.
Gracias iaia.
También recuerdo especialmente un momento en el que el salón parecía el Valle de los Caídos, que era lo habitual a la hora de la siesta y mi tía favorita abrazaba a mi prima Raquel en su habitación. Era tan chiquitita... La arrullaba con tanto amor, la acariciaba suave, la olisqueaba. Era su momento, el momento de las dos, y yo lo compartía con ellas sin que se dieran cuenta.
Lo siento, chicas. Pero no me arrepiento de ser testigo de uno de los momentos más bonitos que puedo recordar.
Ahora sé que empecé a reconciliarme con mi faceta de hija cuando comprendí que entre ellas se daban paz, cuando miraba la expresión de mi tía conteniendo la emoción al observar a su bebé.
Sé que mi madre también me ha mirado así, pero yo no me permitía reconocer el amor en sus ojos.
Perdóname, mama.
Y bueno, así iba creciendo, sin interesarme absolutamente nada lo que los niños hacían y fijándome en lo que me gustaba y lo que no, de los mayores.
Tenía que aprender a ser grande. A valerme. A no necesitar. Porque si no necesitas, no te decepcionas.
Y decidí no vivir, decidí prepararme para la vida que había planeado. Pero mientras, la vida se iba.
Y me hice mayor, y me di de hostias hasta en el carné de identidad, y lloré un mar, pero, ¿cómo era eso posible? Me había estado preparando tanto para ese momento...
Entonces me inventé que no podía vivir todavía, porque mi cuerpo no era como debía ser.
Y me destruía desde fuera, pero eso te lo cuento otro día.
Otra vez aplazando, otra vez dejando escapar la vida.
Y llegó el día en que me permití ser madre, y me tocó serlo en la muerte. Y me topé con la realidad.
Cuando pude sacar una lectura, comprendí la más valiosa de mis enseñanzas: Que la vida es frágil pero es un regalo maravilloso.
Más tarde volví a experimentar otra maternidad, esta vez en la vida. Y este aprendizaje complementó al primero y me dije a mí misma "ni un minuto más", no aplazo más vivir, no alargo más la posibilidad de ser feliz, no me quedo en el limbo más por miedo a sufrir.
Y ahora solamente quiero ser yo, no un collage de los demás.
Y ya no se me escapa ni un segundo más de vida.
jueves, 7 de mayo de 2015
Rodrigo.
Ella posó la mano sobre la de él y volcó todo su amor.
Él la recibió como si fuese un manantial en medio del desierto, sediento, ansioso, agradecido.
Rodrigo era un chico guapo, alto, atlético. Sus ojos amarillos, lucían brillantes, llenos de vida.
Rodrigo era feliz.
Vivía en un piso de 70 metros sin ascensor de un barrio obrero de Barcelona. Trabajaba duro en una fábrica de tocadiscos, tras sus horas, hacía extras y tras sus extras, hacía reparaciones en su casa.
En casa tenía todo lo que podía necesitar: Sus aparatejos de genio loco, su pijama planchado, su traje de domingo, sus recuerdos del pueblo del que un día salió en busca de un futuro mejor, su paella de los fines de semana, sus cuatro retoños, su fiel compañera Chispa, que le recibía siempre moviendo el rabito, y Teresa, su amor.
Para Rodrigo su mundo empezaba y terminaba allí, en su hogar, donde tan seguro se sentía, desde donde creía ser capaz de cualquier cosa.
Era en la alfombra de su salón donde subía a sus niños a su espalda y simulaba ser un caballito, donde los sábados por la noche se marcaba unos pasos de baile con su señora y donde después hacían el amor, eran sus siestas después del telediario, donde su madre y su querida suegra pasaron sus últimos días. Su templo.
Y el trabajo era únicamente un medio para conseguir un fin, el bienestar de su familia.
Últimamente Rodrigo prefería trabajar desde casa, tenía suficientes encargos y dedicaba a sus inventos el tiempo que le quedaba libre.
Le gustaba escribir poesía.
Sus niños cada vez pasaban más tiempo en la escuela y Teresa se pasaba el día en la cocina.
Se sentía extraño, pero todo tenía que estar bien porque estaba en casa, en casa nada malo podía pasar. Le dolía un poco el cuerpo pero pronto la gripe mejoraría y podrían salir a merendar con los niños, y Teresa se pondría ese vestido de flores que le volvía loco de amor.
Pronto pasaría este invierno.
Pero ahora esta mujer cogía su mano y le pedía por favor que la mirara a los ojos y dijera su nombre.
Y Rodrigo no tenía ni idea de quién era, ni de qué hacía en su casa, ni de qué le iba a decir a Teresa si les encontraba en medio del salón agarrados de la mano.
"- Abuelo, por favor, mírame."
Y estaban a punto de dar las cinco y media y los niños no habían llegado de sus clases, ¿qué estaba pasando?
"- Abuelo, vuelve, soy Marta. Mar-ta."
Y Teresa debía estar muy disgustada con él, porque hacía días que no le dirigía la palabra. Si les encontraba ahora, iba a disgustarse todavía más.
"- Perdone, creo que se confunde, no sé cómo ha entrado en el salón de mi casa, pero debería irse. Mi señora está al llegar.
- Abuelo, soy tu nieta Marta y la abuela Teresa hace años que ya no está con nosotros.
- ¡Loca! Es usted un demonio que ha venido a mi casa a volverme loco a mí. ¿Qué quiere? ¿dinero? ¡Déjeme en paz o llamo a la policía!
- Abuelo por favor, solo quiero que conozcas a tu bisnieto Hugo, tiene 10 días. Trata de pensar y tranquilizarte."
La cosa es que su cara me resulta familiar, ¿a quién se parece esta chica?
Oh Dios mío, es igual a Teresa.
Pero, ¿dónde se ha metido mi mujer? ¿por qué llora esta muchacha con su bebé en brazos? ¿y mis hijos? ¿por qué me llama abuelo? Yo no soy abuelo, ¡apenas estoy comenzando a ser padre!
Ahora la loca pone algo en un aparato y en el televisor sale un viejo, ¡en color! debe ser un artista veterano, ¡hay que ver lo que me recuerda a mi padre! Pobrecico...
El hombre suelta un discurso, dice llamarse Rodrigo y dice que no hay que tener miedo, que es complicado entender, pero que a veces, la realidad es diferente a como creemos que es, pero que nunca estamos solos. Se mira las manos y las enseña, yo hago lo mismo por imitación.
Mis manos han cambiado mucho en este rato, están arrugadas, blanquecinas y tienen manchas, no son manos fuertes y jóvenes.
Empiezo a entender. No es necesario decir nada, la mujer que está a mi lado, apoya al crío en su pecho con una mano y con la otra alcanza un espejo y me lo presta.
Me miro y no me veo. No soy yo. Sin embargo levanto una ceja y el del espejo hace lo propio. No hay duda, soy yo. Y el del televisor también soy yo.
Pero ya no sé quién, ni dónde estoy, ni qué ha pasado.
Tengo miedo.
Marta me cuenta que Teresa murió hace unos años, también dos de mis hijos, ¡mis niños!.
Comprendo. Lloro. Me quiero morir.
Ha venido a pedirme que vayamos a una residencia, el resto de mi familia espera en una habitación, por lo visto necesito ayuda y ya no me valgo. No pueden soportar devolverme a la realidad todos los días. Verme sufrir así.
Y yo la miro pero por dentro imploro a Dios que me lleve con él.
Accedo. Si me sacan de casa me muero, pero es lo que deseo. Y cojo su mano, la mano de mi nieta mayor, a la que adoro, sin poder comprender cómo he podido olvidarla, y la beso y ella limpia mis lágrimas con sus dedicos.
"- Te quiero, Martita. ¡Qué bonico es Hugo y qué mozo es!"
............................................................................................................................................
Hoy vengo de trabajar más feliz que nunca, me llevan en coche con chófer a la casa nueva, debo ser muy importante, ya verás cuando se lo cuente a Teresa.
Esta tarde salimos los seis de merienda y lo celebramos, a ver si se pone ese vestido de flores, ese que me vuelve loco de amor.
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martes, 7 de abril de 2015
En un instante.
El poder que tiene un momento, lo decisivo que puede llegar a ser.
Todo puede dar un giro radical.
En un instante, se va la luz y el despertador no suena.
En un instante, un orgasmo.
En un instante, hierve la leche en el microondas.
En un instante, un positivo en el test de embarazo.
En un instante, te entra hipo.
En un instante, el cáncer.
En un instante subes al último metro y las puertas se cierran tras de ti.
En un instante, se te dobla el tobillo.
En un instante, aparece el amor.
En un instante, te equivocas de carrera.
En un instante, metes tu elección en una urna.
En un instante, se perdió el respeto.
En un instante, el primer beso.
En un instante, un desahucio.
En un instante, el último abrazo.
En un instante, la inspiración llega.
En un instante, lo pierdes todo.
En un instante, la vida.
En un instante, un quirófano.
En un instante, el carné de conducir.
En un instante pierdes la dignidad.
En un instante, nacer.
En un instante, tu casa arde.
En un instante, su voz.
En un instante, firmas un contrato.
En un instante, se desprenden tus retinas.
En un instante, la tecla "ENVIAR".
En un instante, ese tren en Atocha.
En un instante, un sí quiero.
En un instante, una mancha de tomate.
En un instante, una llamada.
En un instante, NO APTO.
En un instante, la lotería.
En un instante, el miedo.
En un instante, tu bebé lacta por primera vez.
En un instante, rompes la hucha del cerdito.
En un instante, le sonríes.
En un instante, despedido.
En un instante, el arco iris.
En un instante, una mudanza.
En un instante, llega el gol.
En un instante, se muere.
En un instante, la primavera.
En un instante, un ciervo impacta en la luna del coche.
En un instante, el tacto de las manos de tu abuela.
En un instante, se te caga una paloma.
En un instante, te pone a mil.
En un instante, se te acabó el tiempo.
Me propongo atesorar cada instante, a partir de este mismo.
jueves, 19 de marzo de 2015
Son sueños que son de verdad.
Hace tanto que sueño las mismas cosas...
Ni recuerdo cuándo fue la primera vez que soñé que me abría una cremallera vertical, desde la tripa hasta el cuello, y de ahí dentro salía yo, pero una yo de verdad. Sé que vivía en el pueblo por entonces, y del pueblo me mudé con ocho años, así que era un moscorrofio cuando me pillé manía.
Toda una vida buscándome, sabiendo que estoy aquí escondida, pero sin aceptarme ni por dentro ni por fuera.
¿Cómo es eso posible? ¿Cómo una persona no puede aceptarse?
Hoy he leído el blog de una chica transexual y, salvando las distancias, me he identificado con ella.
Y es que yo no es que pensara que había nacido en un cuerpo equivocado, es que sentía equivocado todo mi ser. Me odiaba, me hacía bulling, incluso.
No hace mucho me sorprendí a mí misma en el espejo, después de apañarme para salir a trabajar, diciéndome en voz alta "¡Anda hija, que estás más fea que una mierda!" Lo juro, dije eso.
Me puse a pensar en lo autodestructiva que siempre fui. Es raro eso, porque se supone que uno debe quererse mucho. Pues yo siempre fui de querer a los demás todo lo que no me quise a mí, curioso porque se dice que es preciso quererse uno mismo para poder querer a otro. Puede que quisiera mucho, pero no quisiera bien, no lo sé, si es así, Familia, Amigos, Amor: Lo siento.
Ahora estoy en rehabilitación.
Mi proceso empezó el día que vi partir a una persona que quiero mucho. Me di cuenta de que la vida es efímera y la muerte, caprichosa. Yo había deseado morir tantas veces dentro de mi tormento...
Así que me propuse conocerme, cambiar lo cambiable, aceptarme y tirar con eso para conseguir ser feliz. ¿Eso que te dicen los psicólogos y todos los que te quieren al verte eternamente deprimida y que te entra por un oído y te sale por el otro? Eso mismo.
Le hice un par de promesas a mi tía sin sangre antes de que se marchara, en definitiva me comprometí a cuidar de mí. Y que dedicara un momento de los ratos que le quedaban en este mundo para pedirme aquello (que ya me lo había pedido tantísimas veces antes) lo sentí tan importante... Es la promesa más solemne que he hecho en mi vida y la más trascendental.
¡Muchas gracias, te quiero mucho!
Y en estos dos años me he dado caña. Me he conocido a fondo, me he dado rabia, he procurado cambiar lo que no me convencía, he aceptado lo que no tiene arreglo, ahora incluso adoro mis defectos, porque me conforman a mí, y es que en estos momentos me (como dice mi costilla) superquiero.
Aún tengo recaídas, porque el mundo yonqui es muy así, hay que estar pendiente y no permitirte "un fea" ni de pensamiento. Ahora soy libre, porque ya no me juzgo, ni tampoco juzgo lo que los demás piensen sobre mí, ellos también son libres.
Ahora soy capaz de mirar mi cuerpo, sigue sin gustarme, por eso estamos en proceso de cambio y donde antes veía un motivo para no querer vivir, hoy veo esperanza, esfuerzo, posibilidades. A mi cuerpo le debo el camino que he trazado hasta ahora, el haber dado cobijo amoroso a todos mis hijos, la fortaleza que me da para trabajar en cualquiera de mis proyectos y algún que otro gustirrinín, pa' qué nos vamos a engañar... Así que, gracias cuerpo gigante, te vas a quedar chiquitín y vamos a estar más cómodos los dos, ya verás.
Y creía que mi odio máximo hacia mi físico era de lo peor, pero todavía repelía más a mi interior. Odiaba odiarme, odiaba no poder dejar de pensar, odiaba considerar tanto a los demás, odiaba no tener fuerza de voluntad, odiaba tener tanta empatía que doliera, odiaba pensar que yo en realidad soy estúpida pero que interpreto muy bien, odiaba tener que tirar para adelante por cojones, odiaba empezar algo sabiendo que iba a terminar fatal, odiaba vivir esperando en lugar de ir a por lo que quería, odiaba sentir que no merecía nada, odiaba no ser capaz de reconocer y disfrutar un buen momento, odiaba al payaso que se vestía de mí y salía a la calle cada día a arrancarle sonrisas a los demás, puto payaso de mierda...
Un día positivicé todos mis defectos, comprendí que son útiles si los uso bien y en ello estamos.
Ahora cuando me miro en una foto o en el espejo ya no me digo cosas feas, porque no me veo ni gorda, ni cutre, ni tonta, ni mentirosa, ni penosa, ni insulsa, ni fea, ni nada. Me veo feliz, porque he descubierto el secreto que la vida se negaba a contarme hasta que realmente estuviera preparada. Ahora sé que lo tengo todo, sé que merezco lo bueno y que tengo el mundo a mis pies.
He conseguido salir de la cremallera.
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yo.
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