Es curioso cómo es tan relativo el tiempo.
Recuerdo, en el instituto, ver el minutero retroceder sin parar, en la clase de primera hora de los lunes: Filosofía.
Y yo quería morir antes que seguir escuchando el dichoso tic tac, del reloj colgado encima de la pizarra, ese tic tac que casi atronaba, sobre el silencio de una clase plagada de adolescentes semiinconscientes.
Y juro que veía la aguja retroceder, torturándome, recordándome lo que costaba, para una chica, reina del drama, como yo, superar cada día con éxito.
Es en esos años de estudio, junto con la magnífica etapa del estreno de la maternidad, cuando se pone de moda en tu vida, aquello de "aprovecha ahora, que los años pasan volando" y te falta el canto de un duro para echarte a llorar o escupir a semejantes consejeros en su cara de listos.
Pero es verdad, la vida y el tiempo, como dice Bebe, corre en patines, cuesta abajo y no tiene freno hasta que te das el golpe.
Y ahora mismo estamos en pausa, todos y todas, a nivel mundial, qué fuerte y que aleccionador, ¿no?.
La naturaleza, la guerra silenciosa (teoría de mi abuela), la enfermedad, la irresponsabilidad del ser humano, la teoría de la conspiración, la selección natural, o yo qué coño sé, nos ha obligado a parar en seco y creo que lo más constructivo es tratar de aprovechar este valioso tiempo y, paradójicamente, filosofar, sin medir el tiempo.
El primer día de encierro, tenía sensación de falta de aire, solamente quería estar sola, estaba cabreada, muy cabreada, porque lo que hacía que mis días volaran, que la vida se precipitara a alta velocidad, mi orden, mi milimetrada rutina, se había ido a la mierda sin mi consentimiento.
El segundo, empecé a focalizar mi enfado hacia los políticos, así, sin más. Pero necesitaba redirigir mi mala onda hacia un ente abstracto o me iba a volver loca y/o a cargar a mi familia, que también estaban pasando por su proceso de adaptación.
Durante el tercer día me dio por echarle sentido del humor de forma desmesurada mientras, paralelamente, observaba las décimas en el termómetro y comenzaba a sentirme mal de salud.
Y el cuarto, decidí ignorar a mi cuerpo, para dejar de somatizar, y empezar con mi proceso de imposición de adaptación a las nuevas circunstancias, dejó de importarme todo, solo quería sobrevivir emocionalmente a esto.
E hice listas de tareas, listas de ocio en casa, listas de actividades con los niños, tratando de incluirme en una vorágine nueva, pero igual de intensa y estresante que antes del confinamiento.
Hasta que, mientras hacía las listas, tan excitada que sentía mi corazón palpitar a toda leche, en todo mi ser, me di cuenta de que necesitaba esa organización, estructurar el tiempo para que pasase, sin importar vivirlo en sí mismo.
Pero, ¿qué coño?
Menudo golpe de realidad. Menudo colocón de perspectiva.
Conté hasta 10 y me abrí.
Me abrí al sentir popular, a la solidaridad, a la empatía, al cuidar a la sociedad en conjunto, a mi responsabilidad como ciudadana.
Y me paré.
Me paré, casi me petrifico cuando mi hija se acercó lo suficiente a mí como para que el olor de su pelo lo impregnara todo, me asusté al pensar que no recordaba su aroma de bebé y no por no haberla tenido cerca antes, ni dedicarle momentos, simplemente no me había parado a olerla hacía mucho y eso da miedo, porque es lo que verdaderamente importa, con lo que nos vamos a quedar, las sensaciones.
Y eso no te lo devuelve el tiempo, o lo atesoras, o perdiste tu oportunidad.
Desconozco el motivo real por el cual estamos todos y todas en este punto, pero quiero pensar que es una lección kármica, una oportunidad para hacer un reset y encontrar lo que para ti debe ser esencial en tu vida, y veo preciso, urgente, que dediquemos tiempo a meditar, a encontrarnos.
Yo no pienso desaprovechar esta pausa, ni malgastarla soñando con volver a "la normalidad", voy a cuidar de mí, a enfocarme y a tratar de darle sentido a todo.
También voy a cuidar de ti, porque si algo nos ha enseñado esta pandemia, es que todos y todas contamos, que un pequeño gesto puede ser grandioso y que la vida es maravillosa.
Haz que tus minutos, tus horas, tus días, sumen, te aporten, te crezcan.
Haz que cuenten.
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miércoles, 18 de marzo de 2020
martes, 21 de junio de 2016
No sos vos, soy yo
Hoy me hablaste feo.
No es lo que dices es el cómo me lo dices a mí.
Me dio por rebobinar y me di cuenta de que hace tiempo que no me respeto, pero a través de ti.
¿Te chirría lo que hago y lo que no? ¿te molestan mis comentarios o mis cambios de humor?
Ese "tonito" despectivo con el que me hablas... quizá tienes algo que decirme y no te atreves.
Pero ese es tu problema.
Yo tengo otro bien grande.
Te voy a decir algo, amor.
He vuelto y mi consciencia ha vuelto conmigo, también me he traído fuerza, seguridad y un par de ovarios y, ¿sabes qué, vida mía? No estamos dispuestos a castigarnos más.
No merezco malas palabras, no merezco malos tonos, ni sentirme ninguneada, ni golpes en la mesa.
Y como sé que no los merezco, eso va a ser algo que no va a volver a repetirse jamás.
Tampoco voy a volverme a conformar con menos de lo que necesito y, ¿sabes qué, miarma? Esta que está aquí necesita mucho, mucho, mucho más de lo que representas tú.
Pero sobretodo, me necesito a mí, toda entera, y no en pedacitos, como estoy ahora.
Te pido perdón, cariño, porque cambié, porque me fui, porque no debes saber dónde está esa chica que conociste un día.
La vida me dio unos golpes, y no supe curarme bien las heridas. Algunas se quedaron ahí, expuestas, abiertas en canal y tú, que también tienes las tuyas, empezaste a hurgar con tu dedito en mi dolor.
Y yo me dejé, porque pensé que contigo las cosas eran así, y que, con tal de compartir mi pena, no me importaba que fueras tú el que hiciera que escociese.
Te pido perdón porque no lo supe hacer bien, porque me castigué a través de ti, porque te dejé perder al mismo tiempo que me perdía a mí.
Y ya es tarde, rey mío. Ya estoy aquí, he vuelto y me he encontrado el mundo roto, ya no es ideal. Y en este mundo yo no quiero vivir, pero si lo hiciera, ya no sería contigo.
Gracias, por todo, lo malo también me lo llevo, algo construiré con eso también.
Te quise, pero no bien, a mí tampoco, discúlpame y, si puedes, soluciona tus mierdas, y así este ciclo no se repetirá ya más.
Yo me voy a juntar los pedazos, a aprender a quererme, a reconocer quién soy, a descubrir lo que quiero, a bailar bajo la lluvia sola o acompañada, a volver a reír a carcajadas hasta que me duela la tripa, a no preocuparme de si mis actos avergüenzan a alguien, a estar orgullosa de mí y de cada paso que doy, a darle sentido a todo esto de la vida.
Corazón, me voy a VIVIR.
jueves, 3 de diciembre de 2015
Un resfriado
Parece que los días sean todos iguales: el puto despertador infernal, la misma ducha a las siete y media, el desayuno estresante con los niños, el trabajo, la comida, las tareas de casa, las miserias de siempre en el telediario, el desmayo en el sofá...
Y vuelta a empezar.
Pero hoy no, hoy mi mundo ha cambiado, porque he abierto los ojos y estás aquí.
Te veo, con tu sonrisa radiante, el brillo de tus ojos y ese garbo al caminar.
Y no puedo creer lo feliz que me siento.
Estás aquí.
No puedo hablar, solamente te miro, embobado.
Y alcanzo a romper la rigidez de mi cuerpo, para conseguir alzar la mano y tocar tu pelo.
¡Tu pelo!
Estás aquí y eso es lo más maravilloso que me ha pasado nunca.
Y te cachondeas de mí, y me dices que si tienes monos en la cara.
Debo estar mirándote como si tuvieras una jungla entera, porque brillas, toda tú, resplandeces, tu risa ha vuelto para llenar el vacío de nuestra casa, y el de mi vida.
Y te abrazo, te apretujo y te siento toda. Y te beso, y te huelo y registro los lunares de tu antebrazo derecho, esos que me gustan tanto porque forman una constelación hermosa, y siguen ahí.
Sin duda, eres tú.
Y lloro, y me deslizo contra la pared hasta llegar al suelo.
¡Ha sido tan duro estar sin ti!
He necesitado aprender a comunicarme con la niña, ya sabes, está en plena pubertad, parece que tiene dudas con su sexualidad, nos ha costado mucho conseguir este grado de intimidad y de confianza.
Y Javi te añora y le ha dado por pegarse con todos los chavales que se atrevan a soplar a su lado.
En estas cosas, tú siempre has sido la Máster del Universo, yo he hecho lo que ha estado en mi mano y hasta lo que no.
Me he convertido en un seguidor de tus maneras de hacer, me obsesiona perpetuarte. Doblar las servilletas como tú, cambiar las sábanas los viernes, hacer croquetas con los restos del pollo asado del domingo, sí, he seguido haciendo tu receta del pollo asado cada domingo.
Y ya van más de cuarenta domingos con sus cuarenta pollos, que te marchaste.
Todavía me cuesta respirar, no se me llenan los pulmones de vida como antes, porque tú te la llevaste contigo.
Mi vida.
Y ahora estás aquí y el tintineo de tus pulseras resuena en mi oído mientras me consuelas y acaricias mi mejilla.
La última vez que hablamos, nos dijimos te amo todo el tiempo, estabas tan pequeña, tan frágil, tan cansada...
¿Quién iba a suponer que tu preciosa constelación nos iba a dar la noticia más amarga de nuestras vidas?
Cáncer.
Eso estaba en ti. Estaba en tu piel de bebé. Y pronto lo invadió todo: tu ser, tu alegría, tus ganas, tu alma.
Y luchaste, mi cielo, y yo contigo, pero al final te fuiste, y yo me quedé aquí sin ti, sin alegría, sin ganas y sin alma.
Viviendo otra etapa en mi vida que me has regalado tú con tu ausencia. Amando a nuestros hijos y a nuestras familias con una intensidad loca, disfrutando de las cosas pequeñas que antes no era capaz de percibir, conectando con la vida de verdad.
Gracias por ello, mi amor.
Y estás aquí y quiero decírtelo: el cáncer ha perdido para siempre, ya nadie morirá por su culpa. La ciencia ha conseguido parar al bicho, y ya no es más peligroso que un resfriado.
Casi lo conseguimos, mi vida. No puedo evitar sentir rabia e impotencia, ¿por qué no pudo pasar esto hace cuarenta domingos? Qué egoísta, ¿verdad?
Simplemente un resfriado, eso me dejó sin el calor de tus manos sobre las mías.
Pero aprovechemos este momento que me regalan los sueños, celebrémoslo, el bicho ha perdido, y aunque cuando despierte tú volverás a no estar, ya no se llevará más vidas.
Ven aquí, abrázame hasta que despierte y espérame donde te quedes tú.
Y vuelta a empezar.
Pero hoy no, hoy mi mundo ha cambiado, porque he abierto los ojos y estás aquí.
Te veo, con tu sonrisa radiante, el brillo de tus ojos y ese garbo al caminar.
Y no puedo creer lo feliz que me siento.
Estás aquí.
No puedo hablar, solamente te miro, embobado.
Y alcanzo a romper la rigidez de mi cuerpo, para conseguir alzar la mano y tocar tu pelo.
¡Tu pelo!
Estás aquí y eso es lo más maravilloso que me ha pasado nunca.
Y te cachondeas de mí, y me dices que si tienes monos en la cara.
Debo estar mirándote como si tuvieras una jungla entera, porque brillas, toda tú, resplandeces, tu risa ha vuelto para llenar el vacío de nuestra casa, y el de mi vida.
Y te abrazo, te apretujo y te siento toda. Y te beso, y te huelo y registro los lunares de tu antebrazo derecho, esos que me gustan tanto porque forman una constelación hermosa, y siguen ahí.
Sin duda, eres tú.
Y lloro, y me deslizo contra la pared hasta llegar al suelo.
¡Ha sido tan duro estar sin ti!
He necesitado aprender a comunicarme con la niña, ya sabes, está en plena pubertad, parece que tiene dudas con su sexualidad, nos ha costado mucho conseguir este grado de intimidad y de confianza.
Y Javi te añora y le ha dado por pegarse con todos los chavales que se atrevan a soplar a su lado.
En estas cosas, tú siempre has sido la Máster del Universo, yo he hecho lo que ha estado en mi mano y hasta lo que no.
Me he convertido en un seguidor de tus maneras de hacer, me obsesiona perpetuarte. Doblar las servilletas como tú, cambiar las sábanas los viernes, hacer croquetas con los restos del pollo asado del domingo, sí, he seguido haciendo tu receta del pollo asado cada domingo.
Y ya van más de cuarenta domingos con sus cuarenta pollos, que te marchaste.
Todavía me cuesta respirar, no se me llenan los pulmones de vida como antes, porque tú te la llevaste contigo.
Mi vida.
Y ahora estás aquí y el tintineo de tus pulseras resuena en mi oído mientras me consuelas y acaricias mi mejilla.
La última vez que hablamos, nos dijimos te amo todo el tiempo, estabas tan pequeña, tan frágil, tan cansada...
¿Quién iba a suponer que tu preciosa constelación nos iba a dar la noticia más amarga de nuestras vidas?
Cáncer.
Eso estaba en ti. Estaba en tu piel de bebé. Y pronto lo invadió todo: tu ser, tu alegría, tus ganas, tu alma.
Y luchaste, mi cielo, y yo contigo, pero al final te fuiste, y yo me quedé aquí sin ti, sin alegría, sin ganas y sin alma.
Viviendo otra etapa en mi vida que me has regalado tú con tu ausencia. Amando a nuestros hijos y a nuestras familias con una intensidad loca, disfrutando de las cosas pequeñas que antes no era capaz de percibir, conectando con la vida de verdad.
Gracias por ello, mi amor.
Y estás aquí y quiero decírtelo: el cáncer ha perdido para siempre, ya nadie morirá por su culpa. La ciencia ha conseguido parar al bicho, y ya no es más peligroso que un resfriado.
Casi lo conseguimos, mi vida. No puedo evitar sentir rabia e impotencia, ¿por qué no pudo pasar esto hace cuarenta domingos? Qué egoísta, ¿verdad?
Simplemente un resfriado, eso me dejó sin el calor de tus manos sobre las mías.
Pero aprovechemos este momento que me regalan los sueños, celebrémoslo, el bicho ha perdido, y aunque cuando despierte tú volverás a no estar, ya no se llevará más vidas.
Ven aquí, abrázame hasta que despierte y espérame donde te quedes tú.
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miércoles, 18 de noviembre de 2015
Para ti
Hoy te he visto, de pronto, en la pantalla del ordenador y se me ha arrugado el corazón.
He podido sentir la contracción en mis entrañas. Tú siempre me remueves, aunque no deba ser así.
Me dueles.
¿Por qué? ¿por qué? ¿por qué?
Yo sé la respuesta.
Junto a ti he sido más yo que nunca, junto a ti he aprendido, he crecido, he mejorado.
He vivido las sensaciones más intensas de toda mi vida.
Tú me has vuelto loca.
Y ¿qué es esto? ¿dónde estamos? ¿qué cojones estamos haciendo?
No te pregunto dónde estás, porque lo sé. Estás en mí, enquistado. Estás en mi mente cuando desayuno con mi preciosa familia, cuando trabajo con ganas y me siento eficaz, cada vez que comparto datos con otro ser humano.
¿Eso fue lo que nos pasó? ¿Esa era toda la información que debíamos compartir?
No lo creo.
Nos cortaron la línea las circunstancias.
¿Piensas en mí alguna vez? Estoy segura que sí. Y que te preguntas qué es esto, dónde estamos y qué cojones estamos haciendo.
Somos idiotas.
Y hoy, que consigo todo lo que me propongo, que soy lo que siempre quise ser, que por fin creo en mí, también te recuerdo. Porque tú siempre lo hiciste, siempre me veías cuando ni yo misma lo hacía.
Gracias por eso.
Gracias por enseñarme el pensamiento práctico, por compartir mis ideas de bombero, por divertirnos tanto, por esos pitis compartidos, por permitirme quererte tanto y por quererme tú a mí.
La vida nos tiene preparados distintos caminos ahora, aprovechemos para recopilar información, porque en esta misma vida nos volveremos a encontrar y deberemos compartirla y ya no se acabará nunca.
Nos veremos pronto, nos daremos un abrazo apretao y no nos acordaremos de que ha pasado el tiempo, ¡tengo tantas cosas que contarte!
Hasta entonces, cuídate mucho y sé muy feliz.
He podido sentir la contracción en mis entrañas. Tú siempre me remueves, aunque no deba ser así.
Me dueles.
¿Por qué? ¿por qué? ¿por qué?
Yo sé la respuesta.
Junto a ti he sido más yo que nunca, junto a ti he aprendido, he crecido, he mejorado.
He vivido las sensaciones más intensas de toda mi vida.
Tú me has vuelto loca.
Y ¿qué es esto? ¿dónde estamos? ¿qué cojones estamos haciendo?
No te pregunto dónde estás, porque lo sé. Estás en mí, enquistado. Estás en mi mente cuando desayuno con mi preciosa familia, cuando trabajo con ganas y me siento eficaz, cada vez que comparto datos con otro ser humano.
¿Eso fue lo que nos pasó? ¿Esa era toda la información que debíamos compartir?
No lo creo.
Nos cortaron la línea las circunstancias.
¿Piensas en mí alguna vez? Estoy segura que sí. Y que te preguntas qué es esto, dónde estamos y qué cojones estamos haciendo.
Somos idiotas.
Y hoy, que consigo todo lo que me propongo, que soy lo que siempre quise ser, que por fin creo en mí, también te recuerdo. Porque tú siempre lo hiciste, siempre me veías cuando ni yo misma lo hacía.
Gracias por eso.
Gracias por enseñarme el pensamiento práctico, por compartir mis ideas de bombero, por divertirnos tanto, por esos pitis compartidos, por permitirme quererte tanto y por quererme tú a mí.
La vida nos tiene preparados distintos caminos ahora, aprovechemos para recopilar información, porque en esta misma vida nos volveremos a encontrar y deberemos compartirla y ya no se acabará nunca.
Nos veremos pronto, nos daremos un abrazo apretao y no nos acordaremos de que ha pasado el tiempo, ¡tengo tantas cosas que contarte!
Hasta entonces, cuídate mucho y sé muy feliz.
Tu amiga que te añora y te quiere con todo el corazón.
jueves, 12 de noviembre de 2015
Experimentación interplanetaria
Hasta hace unos años yo quería morirme todo el rato.
Mis días eran una agonía y en la noche no encontraba alivio a mi sufrimiento.
Mi cabeza no paraba de pensar y pensar. Se solapaban los pensamientos negativos, no daba abasto, tenía mucho trabajo reflexionando sin llegar a ningún lado.
Estos pensamientos destructivos no dejaban sitio a los buenos, ni me permitían operar con normalidad. Algo tan simple como vestirme, qué digo vestirme, simplemente levantarme por la mañana era todo un reto.
Recuerdo la decepción al despertar, por seguir viviendo, por seguir en este mundo.
Me inventé que en realidad esta no era la vida, la vida era otra y era espatarrante. Lo que me pasaba es que formaba parte de un experimento maquinado por seres superiores, que ponían obstáculos constantemente a mis pasos y depositaban un saco de cien quilos sobre mis hombros para dificultarme la tarea.
Y nada me valía. Porque todo era mentira. Yo era mentira.
No se puede construir en base a la mentira y mi experiencia en la vida formaba parte de un estudio interplanetario.
No valía la pena intentar escapar, los SIMS no pueden decidir y yo tampoco podía.
Tenía un chip que reproducía imágenes de momentos traumáticos del pasado de forma constante. Y otro, que me decía al oído que nadie sabía que existía yo y a veces me recordaba que todo ser que yo quisiera, moriría.
Por las noches, si conseguía cerrar los ojos, soñaba estar entre ovillos gigantes de lana que se entrelazaban, estaban enredados y eran eternos, yo trataba de desliarlos pero eran enormes y estaba tan cansada...
A veces, conseguía compañía para dormir y era glorioso. Durante un ratito no tenía miedo. La ventana no se abría y cerraba sola, no habían personas en la habitación con cara de nada, personas que no debían estar.
Un día se me ocurrió tocar las pelotas a los marcianos manipuladores.
No podía cambiar el escenario, pero podía cambiar el personaje.
Decidí ponerme una careta invisible que solamente yo sabía que llevaba. Mi nuevo personaje desoía los mensajes negativos, ponía sentido del humor a todas las situaciones que se le presentaban, pasaba olímpicamente de los problemas terrenales, no solucionaba ninguno, no tenía fuerzas, pero de eso no tenía que darse cuenta nadie o el plan fracasaría.
Mentira, todo mentira.
La vida seguía sin serme grata pero al menos tenía la motivación de joderle el experimento a los psicópatas que me torturaban.
Así estuve unos años, con la máscara de alguien que tampoco era yo. Sobreviviendo y deseando que una certera maceta cayera de una ventana directa a mi cráneo, la maceta liberadora.
Pero la verdad siempre prevalece, sale a flote como el aceite en un vaso de agua.
Y la verdad es que todo seguía siendo una mierda y que ya no me satisfacía boicotear el plan.
Comencé entonces a pensar en desaparecer del escenario, matar al personaje. Ya había constatado que no iban a permitir que eso pasara por azar, tenía que procurarlo yo.
Y así, una noche de tantas, una que precisamente no planeaba hacerlo, lo hice sin más.
Y mi último pensamiento fue para mis niñas, y fue uno bonito, porque yo no iba a estar para ser un mal referente en sus vidas, lo entenderían algún día. Los demás no se darían ni cuenta de mi marcha.
Iba a ser libre y con suerte, iría a la vida de verdad. Donde la mente piensa las cosas de una en una, donde hay amor por todos los lados y nadie tiene miedo de darlo, ni de recibirlo, donde puedes ser de verdad y no hay miedo, ni dolor.
Y volví y me enfadé mucho.
Ahora sí que me la habían jugado pero bien. Se me había acabado el rollo. Ya no valía la careta que llevaba hasta el momento.
Pero eso no era todo. El Karma me tenía preparada una buena lección.
Mi madre tuvo que venir desde lejos para echarme una mano con esto, fuimos a un psiquiatra nuevo, me hizo el mismo apaño que los demás...
Se concluyó que no podía hacerme cargo de mí misma, hablamos de que mi abuelo me tutorizara, fuimos a verlos para contarles lo sucedido y pedirles ayuda.
Y al llegar a casa de mis abuelos, nos recibió su perro, sobreexcitado, como siempre.
Aunque esta vez no pudo soportar tanta emoción.
Mi abuela cayó desmayada en el mismo pasillo donde nos estaba recibiendo, mi abuelo, fuera de sí, trató de hacerle la reanimación cardio-pulmonar, desgraciadamente sin éxito.
El perro de la familia murió, murió de emoción, de felicidad, ¡qué increíble forma de morir!
Y mis abuelos murieron un poco con él. Ya nunca volvieron a ser los mismos, y hoy, después de once años, todavía lloran su pérdida.
Él era su magnífico y fiel compañero, pero era un perro.
Yo soy una persona, soy su nieta.
¿Cómo coño llegué a creer que tenía derecho a hacerles tantísimo daño? ¿con qué licencia me creo yo para pretender acabar con una vida que en parte me han regalado ellos? ¿Cómo pude llegar a sentir claramente que estaba sola en esto, que mis decisiones me repercutían solamente a mí?
No tengo ni puta idea.
Pero con la marcha de Yanko, finalizó el proyecto de experimentación interplanetaria, cogí las riendas de mi vida y empecé a trabajar en mí incansablemente y como no sabía dónde estaba mi eje, decidí que iba a dejarme llevar por el amor que los demás demostraban hacia mí, por sus consejos, iba a ir de su mano y cuando ya pudiera de nuevo volar sola, volaría.
Y eso hice.
Y trabajé y trabajé, y sigo trabajando. Porque la depresión siempre está al acecho, no puedes bajar la guardia, y cada día pongo otra piedra en la trinchera, para cuando lance sus misiles, no me alcancen.
Para que nunca vuelvan los jodidos marcianitos.
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viernes, 16 de octubre de 2015
Martes trece.
Me pregunto qué pensaste al despertar, si te cagaste en el despertador cuando te avisó temprano de que se había terminado el puente y tocaba currar.
Me pregunto si tu cuerpo te había dado algún aviso y no te diste cuenta.
Me pregunto si despertaste pensando en ella.
Yo espero que sí.
...................................................
Tu piedra preciosa me dijo por la mañana que no podía soportar más frío que el que hacía ya ese martes de otoño, no tenía ni idea de que iba a ser el otoño más gélido de su vida, y posiblemente el invierno.
No te preocupes, la vamos a abrigar todo lo que podamos.
Sin darnos cuenta, el destino lanzaba señales de que algo inminente iba a pasar, y no pensábamos que la carta del tarot, que decía que iba a tener que renunciar a algo, se iba a referir a ti.
A ti no hubiese renunciado nunca.
...........................................................
Tu partida me ha hecho pensar.
Deberíamos vivir como si hoy fuera nuestro último día en La Tierra.
Deberíamos planificar menos.
Deberíamos decir más veces TE QUIERO y decirlo de verdad.
Deberíamos lanzarnos más y no esperar a estar completamente seguros de nada.
Porque ya lo ves, no hay nada seguro.
Deberíamos despertar cada mañana agradecidos por respirar.
Deberíamos cuidar nuestro cuerpo para alargar el camino.
Deberíamos disfrutar al máximo, y cuando no, poder echar mano de recuerdos e ilusiones.
Deberíamos acostarnos con la satisfacción de no dejarte nada en el tintero.
Porque ya lo ves, tu corazón se rompe y la clase se queda sin hacer.
Deberíamos sentarnos y dibujar nuestros sueños.
Deberíamos sonreír todo el tiempo, porque tenemos una oportunidad, estamos vivos.
Deberíamos ser fieles a nosotros mismos.
Deberíamos desprogramarnos.
Porque ya lo ves, mueres solo tú, deberías vivir siendo tú y no lo que se espera de ti.
Deberíamos hacer el amor como los locos.
Deberíamos perdonar a los demás y a nosotros mismos y seguir adelante.
Deberíamos trabajar y aprender mejor, pero menos tiempo.
Deberíamos meditar un ratito al día.
Porque ya lo ves, qué frágil es la vida.
.............................................................................
Me pregunto si sabes que ya no estás.
Me pregunto dónde estás.
Me pregunto si sigues siendo.
Si estás cabreado con la vida o si por el contrario, aceptas con serenidad este cambio de planes.
Me pregunto si estás satisfecho o si te faltó algo.
Espero que sientas paz y que no la olvides, porque ella no va a hacerlo nunca.
Gracias por darme una gran lección de vida, en la muerte.
Gracias por tu último domingo.
Me ha encantado conocerte, feliz viaje.
jueves, 8 de octubre de 2015
La vida que se fue de mí.
Aunque parezca imposible, yo cuando nací era muy pequeña.
Creo que por entonces ya era vieja, pero fingí ser bebé para no acojonar a nadie.
Pasaron los años y empecé a interpretar el papel de niña. Y cada vez era más difícil ser y vivir como los demás esperaban que lo hiciera.
Pero yo tenía un plan.
Me gustaba mucho observar situaciones cotidianas.
De cuando mi tía la pequeña se decía cosas al oído con mi tío y se metían mano, creyendo que nadie les miraba, (aunque yo los espiaba de reojo y mi abuelo los miraba como si estuviera a punto de desenfundar la escopeta de su difunto padre) aprendí que las parejas pueden ser cómplices, pueden reír juntos, disfrutan de su tiempo en común y se demuestran cariño.
Yo de eso no tenía ni puta idea.
Siempre tuve la sensación de que a mis padres los habían juntado, con mala leche, un poder superior o algo así.
La sociedad de los cojones, de nuevo, lo que se supone que debemos hacer, eso los unió.
Recuerdo a mi abuela empalmando el desayuno con la elaboración de mil botes de conserva, el arroz con leche de postre para los diecisiete o un rancho de caracoles. Recuerdo entonces, admirarla por su esfuerzo y sentir repelús al mismo tiempo, por echarlo tanto en cara.
Es curioso que, por mucho que me esfuerce, no consiga visualizar una sola cara de satisfacción por tener a todos sus hijos y nietos a su alrededor. Creo que ella no consigue disfrutar de ello.
Creo que, por ella, y por todos aquellos que no pueden, me propuse a mí misma amar a mi familia con toda mi alma y no perderme ni un detalle mientras estemos juntos, ni bonito, ni feo.
Aprendí que querer es mucho más que vestir a tus hijos limpios y sin descosidos, llenar el estómago a tu marido con deliciosos platos o agasajar a los invitados con lo que no sueles poner para los tuyos.
Gracias iaia.
También recuerdo especialmente un momento en el que el salón parecía el Valle de los Caídos, que era lo habitual a la hora de la siesta y mi tía favorita abrazaba a mi prima Raquel en su habitación. Era tan chiquitita... La arrullaba con tanto amor, la acariciaba suave, la olisqueaba. Era su momento, el momento de las dos, y yo lo compartía con ellas sin que se dieran cuenta.
Lo siento, chicas. Pero no me arrepiento de ser testigo de uno de los momentos más bonitos que puedo recordar.
Ahora sé que empecé a reconciliarme con mi faceta de hija cuando comprendí que entre ellas se daban paz, cuando miraba la expresión de mi tía conteniendo la emoción al observar a su bebé.
Sé que mi madre también me ha mirado así, pero yo no me permitía reconocer el amor en sus ojos.
Perdóname, mama.
Y bueno, así iba creciendo, sin interesarme absolutamente nada lo que los niños hacían y fijándome en lo que me gustaba y lo que no, de los mayores.
Tenía que aprender a ser grande. A valerme. A no necesitar. Porque si no necesitas, no te decepcionas.
Y decidí no vivir, decidí prepararme para la vida que había planeado. Pero mientras, la vida se iba.
Y me hice mayor, y me di de hostias hasta en el carné de identidad, y lloré un mar, pero, ¿cómo era eso posible? Me había estado preparando tanto para ese momento...
Entonces me inventé que no podía vivir todavía, porque mi cuerpo no era como debía ser.
Y me destruía desde fuera, pero eso te lo cuento otro día.
Otra vez aplazando, otra vez dejando escapar la vida.
Y llegó el día en que me permití ser madre, y me tocó serlo en la muerte. Y me topé con la realidad.
Cuando pude sacar una lectura, comprendí la más valiosa de mis enseñanzas: Que la vida es frágil pero es un regalo maravilloso.
Más tarde volví a experimentar otra maternidad, esta vez en la vida. Y este aprendizaje complementó al primero y me dije a mí misma "ni un minuto más", no aplazo más vivir, no alargo más la posibilidad de ser feliz, no me quedo en el limbo más por miedo a sufrir.
Y ahora solamente quiero ser yo, no un collage de los demás.
Y ya no se me escapa ni un segundo más de vida.
Creo que por entonces ya era vieja, pero fingí ser bebé para no acojonar a nadie.
Pasaron los años y empecé a interpretar el papel de niña. Y cada vez era más difícil ser y vivir como los demás esperaban que lo hiciera.
Pero yo tenía un plan.
Me gustaba mucho observar situaciones cotidianas.
De cuando mi tía la pequeña se decía cosas al oído con mi tío y se metían mano, creyendo que nadie les miraba, (aunque yo los espiaba de reojo y mi abuelo los miraba como si estuviera a punto de desenfundar la escopeta de su difunto padre) aprendí que las parejas pueden ser cómplices, pueden reír juntos, disfrutan de su tiempo en común y se demuestran cariño.
Yo de eso no tenía ni puta idea.
Siempre tuve la sensación de que a mis padres los habían juntado, con mala leche, un poder superior o algo así.
La sociedad de los cojones, de nuevo, lo que se supone que debemos hacer, eso los unió.
Recuerdo a mi abuela empalmando el desayuno con la elaboración de mil botes de conserva, el arroz con leche de postre para los diecisiete o un rancho de caracoles. Recuerdo entonces, admirarla por su esfuerzo y sentir repelús al mismo tiempo, por echarlo tanto en cara.
Es curioso que, por mucho que me esfuerce, no consiga visualizar una sola cara de satisfacción por tener a todos sus hijos y nietos a su alrededor. Creo que ella no consigue disfrutar de ello.
Creo que, por ella, y por todos aquellos que no pueden, me propuse a mí misma amar a mi familia con toda mi alma y no perderme ni un detalle mientras estemos juntos, ni bonito, ni feo.
Aprendí que querer es mucho más que vestir a tus hijos limpios y sin descosidos, llenar el estómago a tu marido con deliciosos platos o agasajar a los invitados con lo que no sueles poner para los tuyos.
Gracias iaia.
También recuerdo especialmente un momento en el que el salón parecía el Valle de los Caídos, que era lo habitual a la hora de la siesta y mi tía favorita abrazaba a mi prima Raquel en su habitación. Era tan chiquitita... La arrullaba con tanto amor, la acariciaba suave, la olisqueaba. Era su momento, el momento de las dos, y yo lo compartía con ellas sin que se dieran cuenta.
Lo siento, chicas. Pero no me arrepiento de ser testigo de uno de los momentos más bonitos que puedo recordar.
Ahora sé que empecé a reconciliarme con mi faceta de hija cuando comprendí que entre ellas se daban paz, cuando miraba la expresión de mi tía conteniendo la emoción al observar a su bebé.
Sé que mi madre también me ha mirado así, pero yo no me permitía reconocer el amor en sus ojos.
Perdóname, mama.
Y bueno, así iba creciendo, sin interesarme absolutamente nada lo que los niños hacían y fijándome en lo que me gustaba y lo que no, de los mayores.
Tenía que aprender a ser grande. A valerme. A no necesitar. Porque si no necesitas, no te decepcionas.
Y decidí no vivir, decidí prepararme para la vida que había planeado. Pero mientras, la vida se iba.
Y me hice mayor, y me di de hostias hasta en el carné de identidad, y lloré un mar, pero, ¿cómo era eso posible? Me había estado preparando tanto para ese momento...
Entonces me inventé que no podía vivir todavía, porque mi cuerpo no era como debía ser.
Y me destruía desde fuera, pero eso te lo cuento otro día.
Otra vez aplazando, otra vez dejando escapar la vida.
Y llegó el día en que me permití ser madre, y me tocó serlo en la muerte. Y me topé con la realidad.
Cuando pude sacar una lectura, comprendí la más valiosa de mis enseñanzas: Que la vida es frágil pero es un regalo maravilloso.
Más tarde volví a experimentar otra maternidad, esta vez en la vida. Y este aprendizaje complementó al primero y me dije a mí misma "ni un minuto más", no aplazo más vivir, no alargo más la posibilidad de ser feliz, no me quedo en el limbo más por miedo a sufrir.
Y ahora solamente quiero ser yo, no un collage de los demás.
Y ya no se me escapa ni un segundo más de vida.
lunes, 20 de abril de 2015
Los lunes sin Sol.
Es lunes y llueve.
Y sonrío. Y sonrío. Y sonrío.
Es la leche ser feliz.
En una ocasión alguien me dijo que la felicidad no existía, que lo que más se le acercaba eran los acontecimientos bonitos y los orgasmos.
¡Y llegué a creerlo y ya me parecía la leche!
Anhelaba tanto ser feliz, aunque fuera por un ratito... Pero tenía la certeza de que nunca sabría lo que es eso.
¡Cómo me equivocaba!
Pasé la infancia con cara de culo, la adolescencia con cara de culo y parte de mis años de adulta con cara de culo, ¿cómo iba la vida a sonreírme si no le sonreía yo a ella?
Desde la canijura de uno, se aprenden cosas tipo "ante estos estímulos debes sonreír y lo haces porque te hacen feliz"
Rollo:
- Verano.
- Vacaciones.
- Bonanza económica.
- Nacimientos varios.
- Sol.
- Celebraciones de sacramentos absurdos.
- Fin de semana.
- Buenas notas.
- Tu cumpleaños.
Estas son las bases de la felicidad que mamamos desde chicos.
Y bueno, a tope con ello pero, ¿no sería más interesante que nos enseñaran a disfrutar de cada momento? ¿que supiéramos que se puede ser feliz en cualquier época del año? ¿que los lunes están cargados de magníficas oportunidades? ¿que cuando llueve es una genial ocasión para sacar tu paraguas favorito a la calle?
Nadie nos dice que la felicidad no son cosas, ni ocasiones, ni estímulos, que la felicidad está en ti. Eres tú.
Yo me he propuesto hacerme feliz.
Un día me dije que iba a experimentar a ver qué pasaba si me olvidaba del mundo, para bien y para mal y me centraba en lo que yo misma me pudiera procurar.
Me cansé de excusas. De decirme "estoy deprimida por las cosas que me pasan". Decidí conocerme, aceptarme y aprender a gestionar las situaciones que me pasan en mi propio beneficio.
Me forcé a sonreír delante del espejo. Recuerdo cómo se me torcían los labios, me costaba aquello lo que no está escrito, parecían una barra de hierro...
Pero todo se educa, el optimismo también es plástico y cuando tu mente te dice sí, eres capaz de cualquier cosa.
¿Y si lo pruebas? ¿y si te abres a la vida? ¿ y si te quieres y lo proyectas? ¿y si empiezas a disfrutar el camino y no solamente la meta? ¿y si no te pierdes nada? ¿y si sonríes?
De nada. :)
jueves, 9 de abril de 2015
Viernes, 9 de abril de 2010.
Hoy se cumplen cinco años.
Papi y yo te dimos la vida, lo que quizá no sabes es que tú hiciste lo mismo con nosotros.
Y te miro. Y estás tan mayor, tienes salud, eres tan inteligente, tan bonito, y tienes tanto amor siempre dispuesto a regalar... que por un momento creo en Dios.
Porque que estés con nosotros me parece un milagro, una bendición, si me pongo más solemne.
Seguro que si te cuento esto me preguntarás qué es Dios, y yo no sabré muy bien qué decirte pero te explicaré el cuento de ese chico que murió en la cruz, ese que te conté un día en que fuimos a una iglesia porque te apetecía entrar, el mismo que te emocionaste mirando una imagen de Jesús sangrando en brazos de su madre, y me dijiste:
- Y, ¿por qué no le pone una tirita su mami?
- Porque lo que le han hecho no se cura con tiritas.
- Y, ¿por qué su mamá ha dejado que se haga pupa?
- Porque las madres no podemos proteger a nuestros hijos de todo.
- Y, ¿por qué lloran esos bebés gorditos?
- Se llaman querubines y lloran porque Jesús está muriendo.
- ¿Como el iaio de Nicolás?
- ...
Y hacía más de seis meses que el abuelo de tu primo Nicolás ya no estaba, y yo pensaba que no, pero lo habías entendido perfectamente.
Hablamos de las estrellas, de que hay más personas que queremos en ellas, que nos iluminan y que están felices. Me preguntaste tantas cosas que necesité llamar a la Padrina para que me echara un cable cuando la cosa se puso tan densa que no supe por dónde tirar.
Así que si te digo que a veces me siento tan afortunada por tenerte que me da por creer en Dios, seguramente me digas que mejor crea en los alienígenas o en los Minions, que por lo menos no permiten que sus hijos sufran y les salga sangre, que es lo más impresionante del mundo para ti.
Algunas noches, cuando me acuesto contigo y te espachurro, me dices que me quieres.
No puedes imaginar lo que esas palabras me hacen sentir. Me llenan más que cualquier otra cosa en el mundo. Solo las igualan cuando dices: "Mama, qué feliz soy."
Se suponía que no exteriorizarías nunca, que no identificarías nunca tus sentimientos, pero lo haces.
- Mami, te quiero.
- Ah, ¿sí? Y, ¿cómo lo sabes?
- Porque me duele aquí - y tocas el centro de tu pecho.
- Pues entonces no es amor, porque el amor no duele, eso es que te has dado un golpe- Y me río.
- Es que no me duele de llorar, me duele de que se me sale el amor cuando estoy contigo.
- Ah, ¡vale! porque no me gusta que te duela nada, ¿sabes lo que me gusta, tete?
- ¿el qué? - Me preguntas, pícaro, sabiendo perfectamente la respuesta.
- ¡Tú!
Y te como a besos hasta que te agobio, y me llamas pesada pero te partes de risa.
Y así quiero que las cosas sean siempre entre tú y yo. Que se nos salga el amor del pecho cuando estemos juntos, incluso cuando no.
Es que no puedes ser más zalamero, hijo. Hace unos días te fuiste con papi al cine y nos dijiste mil veces que nos ibas a echar de menos muchísimo a tu hermana y a mí. En la guardería de M, donde te has quedado unos días a jugar, dicen no haber visto nunca dos hermanos echando la siesta allí, abrazados, dicen que acompañaste a tu cuchi dándole besitos en las manos hasta que se quedó dormida.
¿Cómo no voy a pensar que eres una bendición?
Por fin encontré a mi compañero de andanzas, hecho a medida. Me encanta tu mirada cómplice cuando propongo un plan excéntrico de los nuestros o una merienda en familia en el suelo de tu cuarto, un entreno mami-tete un domingo por la mañana, un desayuno perrete en la cama, un juego en el que yo soy tu sombra y te persigo hasta que muero de agotamiento...
Siempre me secundas, deseando vivir aventuras, exprimiendo los momentos. Tú te comes la vida, mi amor, y estás ayudándome a cerrar etapas que no viví bien cuando tocaban y enseñándome a vivir la que ahora sí toca. Tú me muestras cada día la magia en la que yo nunca creí, ni siendo más pequeña de lo que hoy eres tú.
Por eso siempre te estaré agradecida, mi vida. Por darme una oportunidad para reconducirlo todo, por mostrarme el amor más grande que existe, por abrirme la mente a tu fantasía y a tu peculiaridad, ahora tolero más y mejor al resto de las personas, por darme un motivo para querer ser mejor cada día, porque desde tus ojos he aprendido a quererme y por recordarme que la vida no ha de pasar, hay que devorarla.
Gracias, príncipe azul que yo soñé, porque tú me regalaste la vida el día que yo te di la tuya. Y aunque parezca un buen trato, papi y yo salimos ganando, te lo aseguro.
Mira lo grande que eres, hijo. No olvides nunca la magia que obraste con tan sólo 5 añitos y tu metro catorce. Nunca creas que no eres capaz, ni que el mundo es el cuadrado donde nos intentan meter a todos/as a presión. Que tengas una larga y feliz vida, huevote.
Te quiere y siempre creerá en ti,
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martes, 7 de abril de 2015
En un instante.
El poder que tiene un momento, lo decisivo que puede llegar a ser.
Todo puede dar un giro radical.
En un instante, se va la luz y el despertador no suena.
En un instante, un orgasmo.
En un instante, hierve la leche en el microondas.
En un instante, un positivo en el test de embarazo.
En un instante, te entra hipo.
En un instante, el cáncer.
En un instante subes al último metro y las puertas se cierran tras de ti.
En un instante, se te dobla el tobillo.
En un instante, aparece el amor.
En un instante, te equivocas de carrera.
En un instante, metes tu elección en una urna.
En un instante, se perdió el respeto.
En un instante, el primer beso.
En un instante, un desahucio.
En un instante, el último abrazo.
En un instante, la inspiración llega.
En un instante, lo pierdes todo.
En un instante, la vida.
En un instante, un quirófano.
En un instante, el carné de conducir.
En un instante pierdes la dignidad.
En un instante, nacer.
En un instante, tu casa arde.
En un instante, su voz.
En un instante, firmas un contrato.
En un instante, se desprenden tus retinas.
En un instante, la tecla "ENVIAR".
En un instante, ese tren en Atocha.
En un instante, un sí quiero.
En un instante, una mancha de tomate.
En un instante, una llamada.
En un instante, NO APTO.
En un instante, la lotería.
En un instante, el miedo.
En un instante, tu bebé lacta por primera vez.
En un instante, rompes la hucha del cerdito.
En un instante, le sonríes.
En un instante, despedido.
En un instante, el arco iris.
En un instante, una mudanza.
En un instante, llega el gol.
En un instante, se muere.
En un instante, la primavera.
En un instante, un ciervo impacta en la luna del coche.
En un instante, el tacto de las manos de tu abuela.
En un instante, se te caga una paloma.
En un instante, te pone a mil.
En un instante, se te acabó el tiempo.
Me propongo atesorar cada instante, a partir de este mismo.
jueves, 19 de marzo de 2015
Son sueños que son de verdad.
Hace tanto que sueño las mismas cosas...
Ni recuerdo cuándo fue la primera vez que soñé que me abría una cremallera vertical, desde la tripa hasta el cuello, y de ahí dentro salía yo, pero una yo de verdad. Sé que vivía en el pueblo por entonces, y del pueblo me mudé con ocho años, así que era un moscorrofio cuando me pillé manía.
Toda una vida buscándome, sabiendo que estoy aquí escondida, pero sin aceptarme ni por dentro ni por fuera.
¿Cómo es eso posible? ¿Cómo una persona no puede aceptarse?
Hoy he leído el blog de una chica transexual y, salvando las distancias, me he identificado con ella.
Y es que yo no es que pensara que había nacido en un cuerpo equivocado, es que sentía equivocado todo mi ser. Me odiaba, me hacía bulling, incluso.
No hace mucho me sorprendí a mí misma en el espejo, después de apañarme para salir a trabajar, diciéndome en voz alta "¡Anda hija, que estás más fea que una mierda!" Lo juro, dije eso.
Me puse a pensar en lo autodestructiva que siempre fui. Es raro eso, porque se supone que uno debe quererse mucho. Pues yo siempre fui de querer a los demás todo lo que no me quise a mí, curioso porque se dice que es preciso quererse uno mismo para poder querer a otro. Puede que quisiera mucho, pero no quisiera bien, no lo sé, si es así, Familia, Amigos, Amor: Lo siento.
Ahora estoy en rehabilitación.
Mi proceso empezó el día que vi partir a una persona que quiero mucho. Me di cuenta de que la vida es efímera y la muerte, caprichosa. Yo había deseado morir tantas veces dentro de mi tormento...
Así que me propuse conocerme, cambiar lo cambiable, aceptarme y tirar con eso para conseguir ser feliz. ¿Eso que te dicen los psicólogos y todos los que te quieren al verte eternamente deprimida y que te entra por un oído y te sale por el otro? Eso mismo.
Le hice un par de promesas a mi tía sin sangre antes de que se marchara, en definitiva me comprometí a cuidar de mí. Y que dedicara un momento de los ratos que le quedaban en este mundo para pedirme aquello (que ya me lo había pedido tantísimas veces antes) lo sentí tan importante... Es la promesa más solemne que he hecho en mi vida y la más trascendental.
¡Muchas gracias, te quiero mucho!
Y en estos dos años me he dado caña. Me he conocido a fondo, me he dado rabia, he procurado cambiar lo que no me convencía, he aceptado lo que no tiene arreglo, ahora incluso adoro mis defectos, porque me conforman a mí, y es que en estos momentos me (como dice mi costilla) superquiero.
Aún tengo recaídas, porque el mundo yonqui es muy así, hay que estar pendiente y no permitirte "un fea" ni de pensamiento. Ahora soy libre, porque ya no me juzgo, ni tampoco juzgo lo que los demás piensen sobre mí, ellos también son libres.
Ahora soy capaz de mirar mi cuerpo, sigue sin gustarme, por eso estamos en proceso de cambio y donde antes veía un motivo para no querer vivir, hoy veo esperanza, esfuerzo, posibilidades. A mi cuerpo le debo el camino que he trazado hasta ahora, el haber dado cobijo amoroso a todos mis hijos, la fortaleza que me da para trabajar en cualquiera de mis proyectos y algún que otro gustirrinín, pa' qué nos vamos a engañar... Así que, gracias cuerpo gigante, te vas a quedar chiquitín y vamos a estar más cómodos los dos, ya verás.
Y creía que mi odio máximo hacia mi físico era de lo peor, pero todavía repelía más a mi interior. Odiaba odiarme, odiaba no poder dejar de pensar, odiaba considerar tanto a los demás, odiaba no tener fuerza de voluntad, odiaba tener tanta empatía que doliera, odiaba pensar que yo en realidad soy estúpida pero que interpreto muy bien, odiaba tener que tirar para adelante por cojones, odiaba empezar algo sabiendo que iba a terminar fatal, odiaba vivir esperando en lugar de ir a por lo que quería, odiaba sentir que no merecía nada, odiaba no ser capaz de reconocer y disfrutar un buen momento, odiaba al payaso que se vestía de mí y salía a la calle cada día a arrancarle sonrisas a los demás, puto payaso de mierda...
Un día positivicé todos mis defectos, comprendí que son útiles si los uso bien y en ello estamos.
Ahora cuando me miro en una foto o en el espejo ya no me digo cosas feas, porque no me veo ni gorda, ni cutre, ni tonta, ni mentirosa, ni penosa, ni insulsa, ni fea, ni nada. Me veo feliz, porque he descubierto el secreto que la vida se negaba a contarme hasta que realmente estuviera preparada. Ahora sé que lo tengo todo, sé que merezco lo bueno y que tengo el mundo a mis pies.
He conseguido salir de la cremallera.
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